Simplemente despiertas de esas
minuciosas introspecciones con un fuerte gusto a vómito, el cabello enmarañado
y la consciencia desconcertada y asustada durante unos cinco segundos hasta que
el collage mental encaja todas las situaciones anteriores que te hicieron
terminar en ese asiento trasero de un pequeño taxi de base.
-Joven. ¿Usted sabe cómo sería la
mujer perfecta?
-Mmm. No tengo idea. ¿Cómo?
-Con la cabeza plana para poder
poner ahí la chela mientras te la chupa.
Hago un pequeño gesto de gracia
mientras se me escapa un “Ja” tan falso como yo puedo serlo en ese momento, la
verdad me siento un tanto irritado con la barata comedia machista del
conductor, siempre me he sentido tan falso al entablar una obligada
conversación con el chofer, prefiero tomar esos minutos para meditar o procurar
dejar la mente en blanco y tener un poco de paz. Llegamos al sitio de la cita,
el taxímetro marca 47, le dejo uno de 50. Salgo del vehículo con esfuerzo, casi
a rastras mientras jalo mi bajo para liberarlo de su prisión en el compacto
asiento trasero del Volkswagen.
Echo un vistazo al sitio, parece
un bar enorme, muy pretensioso y nauseabundo, con el valet parking retacado de
autos lujosos, mujeres hermosas en vestidos provocativos entran de la mano de gorilones
rubios en camisas entalladas y ridículas. Me siento un rato en la banqueta a
disfrutar de un Delicado con filtro mientras me preparo para entrar. El humo
que se escurre por mis fosas nasales me sumerge en mis cavilaciones una vez
más: lo grotesco y caricaturesco que se ha vuelto el artista, necesita ser
plástico para tener una oportunidad, hacer lo que todos piensan que harás, se
acabó la sorpresa, la sinceridad murió, el artista sólo se vuelve un ente de
respeto y fama cuando se muestra dispuesto a entrar en el juego, a estar en
contacto con los medios masivos, no mucha política, nunca mencionar la palabra
suicidio… yo los he visto a todos, corrompidos, zombies, vendiendo su ética, su
cosmogonía al mejor postor, la empresa que te ofrece el salario de cinco
cifras, la que tiene más comerciales de medicamentos milagrosos, la que difunde
al candidato de ultraderecha como el nuevo Jesucristo. Piso la colilla y me
dispongo a entrar.
-Tu identificación, no puedes
entrar usando esa ropa. Estás sucio y pareces drogado.
-Soy de la puta banda, déjame
pasar.
-¿De qué banda?¿Cómo te llamas?
-
De Banana Spleen, soy el Chicastuercas.
- Pásale, tus amigos ya están armando el
equipo, siguen ustedes.
Me siento increíblemente idiota
tocando en éste sitio, no pertenezco aquí, estos estúpidos burgueses que vienen
a pagar covers de 200 varos y cervezas chicas de 50, vergonzosamente pensándose
rockeros para impresionar a esas suculentas mamacitas con 32 neuronas,
escuchando esta mierda de música increíblemente adulterada y empaquetada,
filtrada de cualquier mínimo indicio subversivo. Pero aquí me encuentro yo,
revolcándome y tragando la misma porquería de la que me quejo, cobrando esos cheques por tocar estas lindas
cancioncitas verso-coro-verso, dando estos mensajes positivos a la gente,
hablando de puto amor, apegado fielmente a la pentatónica y a compases de 4/4, quizá variemos a 8/8 para sentirnos
rudos. Soy parte de esto, doy entrevistas con mi mejor sonrisa a esos monitos
de corbata, a aquellos que dejaron a un lado toda su poesía personal y sus
camisetas del Che Guevara, los que sepultaron el sueño de alfabetizar Chiapas
en su empleo de publicista político, Los que crucificaron al buen Charles
Manson vendiéndolo como un homicida satánico y lunático sin juzgar ni
cuestionar, los que despellejan viva su propia realidad por un Martini, hotel
cinco estrellas y cocaína. Pero aquí estoy, hundiéndome en éstas inevitables y
elaboradas arenas movedizas. Cuando el arte es hecha en conjunto y con el fin
común de vender, la esencia primordial se pudre ignominiosamente, tienes que
pensar por todos los participantes y por ese fantasma grotesco: “el
consumidor”. Los caprichos personales se van desechados como berrinche de
quinceañera, dotando al producto de una plasticidad total, aceptémoslo: esos
pequeños caprichos son los que representan el espíritu del artista, los que
dotan de vitalidad, estilo, esencia, humanidad, moralidad; los que te dan un
recorrido por los anhelos, las neurosis y el inconsciente bellamente trastornado
de ese bicho raro llamado artista. Pero no, en el consumismo no hay espacio
para nada de eso, simplemente es su más pura y refinada antítesis. El bajo,
debe de tomar su papel de bajo, adiós experimentación, adiós feedbacks, adiós
solos, adiós desentonaciones, adiós a ese ejército de notas trasteadas y de
slides chillantes, adiós a la opacidad que brindan los torpeza de los dedos, me
despido del detuner, adiós al romance, bienvenida frialdad técnica. ¿estilo?
Amasa los estilos de todos esos dobles
platinos y ¡voilá! Hay que pensar en el sonido del bajo como ese contundente
¡bom, bom, bom, bom! Que sonará en el buffer del Ferrari del hijo del senador,
para él se dirige el “arte” moderno después de todo. Y cuando lo hagas voltea
la cubierta de esos álbumes de Eno, Crimson y Can, no les rompas el corazón
El show comienza, abro el case de
mi Ibáñez para darme cuenta que la cuarta cuerda está rota, salimos en 5
minutos, no tengo repuesto, aunque lo tuviera estoy tan mareado como para
intentarlo.
Fui el camello, fui el camello
condenado a sus estereotipos, todos se enojarán y me odiarán mientras disfruto
el festín de sus reminiscentes horas de trabajo y práctica. Me elevo una vez
más, con las alas todavía entumidas y la vista reacostumbrándose a la
oscuridad; me regocijo en sus orgías,
hermanos. El sabor de la objetivación primitiva. Soy el bebé que nació libre
del pecado original, estoy tan vivo; soy tan bello, dulce y único como la
poesía de una prostituta. Lo rechazo todo. Matar, matar, matar para poder
resucitar.
Hasta el punto en que la foto del
ultrasonido paulatina y únicamente para tu propia vista se transforma en el
champiñón atómico que te quema lentamente junto a toda la humanidad mientras
las caras se derriten y las prendas en llamas se fusionan a los cuerpos
burbujeantes.