lunes, 26 de septiembre de 2016

AUTOHAGIOGRAFÍA (2007-2016)



I. VIDA Y MILAGROS


“Igual que la vaca es considerada productora de leche,
aunque sólo la ubre la produzca,
así la humanidad es productora de santidad.”
Simone Weil











CALLA AHORA O DILO PARA SIEMPRE

Y es que no dejo de pensar en ella,
sobre todo estos días interminables
en los que la tele se aburre a sí misma
y el recuerdo de su risa
es como el enfrenón de dos tráileres
a punto de estrellarse.

Me asomo a la ventana para asegurarme
de que no hubo pérdidas que lamentar:
en la avenida, los semáforos me retan
a seguir intentándolo. Y en este cuarto,
donde cualquier movimiento se transforma
al instante en adrenalina acumulada;
sudores fríos que se encharcan y empantanan bajo la espalda;
venenos que no encuentran salida y surten efecto en mí.

Vuelve la fiebre entonces,
el paludismo inconsciente de las horas.
Pienso en sus pecas, que eran puntos extra,
y en esos brillantes ojos verdes
que por si fuera poco le servían para ver.
(Ahora ni siquiera estoy seguro que no fueran pupilentes—
Ahora no estoy seguro de casi nada, en realidad.)

Pero los músculos se acalambran igual
por la acción o la desidia.
Desnudo en el epicentro,
los recuerdos son preservativos ajenos
que regresan en secuencia
para atormentarme con su perfección...
Rasgar sus medias.
Estallar en su talle.
Incubar mis detritos en su ombligo.

Ella, que aún no llega a su segunda década,
y yo, que de la mía ya no pienso salir ni a patadas.

Ella, que todo lo olvida fácil y sin remordimientos,
como a su cena de anteantier, y yo, que de cara al sol
sólo sé acumular legañas y perrillas,
accesorios para mi ceguera.

Ella, que gira con un aro de fuego en su cintura, sonriéndole
a algún nuevo idiota con esos dientes que tal vez eran postizos,
mientras aquí adentro caen las últimas hojas marchitas del verano
y vuelve la prehistoria a marcar sus límites.






NI HABLAR

Aprendí a mentir antes que a decir ‘mamá’.
Aprendí a traicionar antes que a inteligir.
A impostar, a despistar con el cuerpo entero
aun cuando el cerebro era esponja vacía de lenguaje.
Supe cómo sobrevivir y dejarlo todo atrás,
desarrollé el no siempre visto talento
de engañar sin engañarme, antes, mucho antes,
de siquiera poder incorporarme y caminar.
La primera víctima fue mi madre:
rodeado de peluches, en yuntaje,
pretendí dormir dentro de aquel corral.
Esperé a que ella se fuera
para que con la potencia de mis encías delanteras
rompiera el cerco que me impedía salir,
destrozando mis cadenas, mi lugar de anclaje.
¿Adónde iba? Ya no puedo saberlo.
Entre más pasan los años menos me acuerdo.
A gatas, por el hueco de una escalera
por donde estaba seguro nadie estaba viendo,
me alcancé a escabullir hasta alcanzar la calle;
fue ahí, supongo, más allá del rugir de autos en carrera,
donde pude vislumbrar la promesa
de una verdad, el brillo de algo nuevo.
Avancé con paso reptante
hasta que un buen vecino, algún cobarde,
no se tragó mi famosa imitación de una piedra
y me llevó de vuelta a las temblorosas manos de mi madre.
A partir de entonces comenzaron
a vigilar mis movimientos.
Reforzaron mi prisión con alambres.
Me obligaron a memorizar los rudimentos,
los códigos necesarios
para balbucir mis secretos y delatarme.
Aprendí a huir, juro que es verdad,
pero de eso ya ha pasado bastante…
Ahora, desdentado como al comienzo,
doy vueltas en este corral más grande,
diseño métodos de escape y demás estrategias,
pero sigo sin poder cruzar
lo que solía ser antes
el marco de una puerta.











EL MÁRTIR

No tuve de otra: era eso
o acabar como el doble de acción
en la película de bajo presupuesto
que se convirtió mi vida.

Sellado el contrato con manitas de puerco,
fatigué el abyecto devenir entre tianguis y vicisitudes.
Miríadas de miradas me traspasaron,
rostro en ristre se estrellaron conmigo.

Di la cara.
Puse la otra mejilla.
Revestí mis piernas de hematomas.
Justifiqué esfuerzos con pruebas antidopaje.

Ya sin esperanzas ni rencores, sonreí
a la multitud que me cerraba el paso.

Sonreír fue mi última forma de apretar los dientes.















OUT OF THE BLUE

No supimos qué hacer cuando la caries alcanzó al hueso,
si temblar ante el taladro o comenzar de nuevo.

Un universo entero listo para surgir de la nada;
con su flora y con su fauna,
con sus párpados bañados en sangre como totopos en un dip.

Fue la promesa que hicimos:
mantenernos juntos por siempre,
sin correr,        sin gritar,         sin empujarnos.

Juntos en las malas y en las malas que parecen buenas;
juntos incluso cuando externar en voz alta
impresiones sobre el clima deje de ser banal y se vuelva inevitable.
Cuando el primer gemido involuntario escape de tu boca.





FÉRULA

No sólo soltaste mi mano con repentina brusquedad,
sino que fue en pleno balanceo, cuando el impulso
toma mayores alcances y la inercia disloca hombros
con la presteza de un chasquido...

Inevitablemente
tuve que recordar la primera vez
que me caí del columpio,
muchos años antes de conocerte.







HAGIOGRAFÍA

Resistió con el corazón llagado
los furiosos embistes del Maligno,
boxeando con su Sombra hasta que el Signo
se abrió para sus ojos, revelado.

“Disfruta tu victoria, mi estigmado
–le dijo el Diablo, en la derrota digno–,
¿por qué no vas a climas más benignos
y disfrutas cual campeón retirado?”

Pero el santo no cayó en tentaciones;
no tenía tiempo para vacaciones
ni mucho menos para firmar autógrafos.

Murió poco después y, al elevarse,
halló Satán modo de desquitarse:
con lodo del infierno creó sus biógrafos.








CUPIO DISSOLVI

En medio de la calle desierta grité:
“Partidarios de la muerte del Yo, levanten la mano”.

La realidad –esa otra droga–
me recibió con su contacto de metales fríos.

Fueron las estrías de otra ficción, una ajena
al parpadeo de los días, a risas convulsas
y gritos de ira como variantes de la sorpresa.

¿Cuándo supe que no era el hecho de estar vivo
sino de estar viviendo lo que provoca este pánico escénico?

Me detuve a preguntar,
demasiado inmerso en mi época como para ver claro,
demasiado lejos del Origen.

Con puños quebradizos toqué a tu puerta.

Sediento en el torrente que desborda mis venas,
cité tu fuente de memoria.













PECES

Somos seres acuáticos,
nuestra aureola es una nube negra.
Por eso dejamos de bañarnos hace tiempo:
sabemos que el mal olor, dentro de todos los males
del mundo moderno, es un mal menor.
A fin de cuentas, cualquier pez que llega a la superficie
tiene que acostumbrase a ser discriminado por la peste.
Pero a nosotros nos gusta vivir entre los humanos.
Es decir, nos gusta que estén ahí, estorbando,
rémoras a la entrada de los bancos,
musgo en los vagones de metro,
donde a nosotros nos gusta abrazarnos en algún rincón,
besuquearnos y a veces desgarrarnos,
Helostoma temminckii en época de apareamiento,
mientras ellos, los humanos anfibios y de ojos saltones,
nos aplastan, suben y bajan, transbordan,
se fabrican una combinación de líneas y estaciones
y la llaman "destino".
Nos gusta esquivarlos, dejarlos atrás.
Es divertido superarlos y oír sus protestas,
brincarlos, darles la vuelta y volvernos a encontrar
entre la multitud, ella y yo, restregando nuestras escamas
en un abrazo más fuerte que el anterior.
No nos gusta que los humanos nos juzguen mal,
por eso disimulamos la pestilencia
fumando tres cajetillas de cigarros diarios:
algún día moriremos de cáncer de branquias, pero no nos importa.
Afuera está nublado y la gente choca sus paraguas,
pide perdón y llora amargamente por sus calcetas nuevas.
Algo les cae del cielo y no es lluvia:
la ectoplasma escurre por sus cuerpos
y los hace brillar en la oscuridad, como plancton.
El tiempo se les vino encima
pero no tuvo la delicadeza de avisarles,
y ellos no cuentan a la mano siquiera
con un pañuelo para poder limpiarse.
Llegan a sus casas, se desnudan,
beben algo caliente mientras miran
en sus teles planas a la señorita del clima
advertirles que el Diluvio durará otro rato,
que mejor tomen precauciones.











SUSCRIPCIÓN

Llegan noticias como rumores,
y me hablan de masacres,
me hablan de temblores.
Escalan como hormigas
sobre restos de mi lengua.
Sobre huesos de recuerdos esguinzales.
Sobre platos reventados por mi ayuno.

Y ojalá fuera sordo o imbécil;
o de perdis no compartir contigo el mismo idioma.
Para no entenderte.
Para no tener que interpretarte.
Para morir sin humildad: cargando bultos,
escondiendo corcholatas en el lodo.

Disfrutar del ocaso
y de mi Vidas de los Santos
entre risitas escépticas,
aunque, de vez en cuando,
mis lágrimas de payaso
fustiguen dialécticas.













RONCHAS DE JOB

A la diestra del calambre
intentamos dilucidar nuestra sombra
en un café con leche.

Nos rociamos con alcohol para no expirar.

Nubes en contrasentido te alejaron de mí;
alguien bajó mis tenis del cable;
creo que me rasqué más de la cuenta.

El enigma precedió al disparo
y éste a su vez al tedio.

Volaste de mi vista, Señor,
como una pestaña con orzuela.





LA LEY DE TEXAS

Tenías nombre y yo te esperaba.

Acunado en tus ojos aljibe, desbarato el rosario de mis dedos.
Regreso a los mismos sitios, deshojo las mismas flores siempre impares.
Camino con la sensación de estar adentro
de una maqueta de la ciudad auténtica.

Sólo me quedan los restos de esta canción ranchera,
las ganas de poseerte de nuevo en el Hotel Santa Teresa,
donde tu voz, eco equidistante, pobló la noche de murmullos espirales.

Un anacoreta chimuelo (lo apodan el Trident,
vive en un coche abandonado) me lo dijo:
"Joven, cada cabeza es un mundo... pero la vida inteligente
es un don aún más escaso que el oxígeno".

Tenías cuerpo y yo a veces lo olvidaba:
¡bonita forma de ignorar al tiempo y sus plantas rodadoras!
Pero me descuidé, bajé la guardia, cerré los ojos
al besarte, confiando que tú también lo harías.

Me dejaste viendo estrellas, nena,
y uno que otro planeta en la distancia.











BROMA

Te intuí
pésima actriz
al borde del llanto
lágrimas al borde de tus ojos.

No sabes qué de insultos,
de no ser por la mordaza.

Víctima del cúter en tus manos
mi guante de box
mi cojín pedorro
lenta, tristemente
desangrándose en saliva.



FRESA

Me enfermo a propósito
porque aunque hace años que no crezco
mis pantalones siguen guangos.

Entre ramajes oscuros avanzo:
duele reconocerse en los otros
mas creerse distinto.

A veces
siento que
como la fresa
sobresalgo del tallo
sin llegar a ser fruto.



ACTEÓN

Perros rabiosos me destazaron.
Yo los acaricié,
les puse nombre,
les conté la historia de un tal Acteón.
No parecían interesados en lo que les decía,
pero aún así hablé, mientras esos cachorritos,
no estoy seguro de qué raza eran
–supongo que pugs o algo así–,
clavaban sus colmillos en mi cuello
y rebanaban poco a poco
mis miembros ensangrentados.
Les conté cómo Acteón se enamoró de Diana
cuando la vio bañándose en el río
junto con un grupo de ninfas,
y cómo ésta lo convirtió en ciervo por andar de mirón,
para que sus propios perros de caza lo devoraran.
Y les conté cómo, a pesar de ese brutal castigo,
Acteón no dejó ni por un momento
de admirar la belleza de la Diosa,
cegado por la visión de su desnudez divina,
e incluso la rabia que sus perros le contagiaron
no provocó en su organismo el típico caso de hidrofobia,
todo lo contrario: a partir de ese momento
adoró más que nunca el agua donde ella se bañó,
y logró sobrevivir y escapar al ataque
sólo para más tarde poder beber del precioso líquido
y sanar ahí sus múltiples heridas.
Así es el amor, les dije.
Así es como trabaja día y noche Cupido,
hijo de Venus y Marte,
esparciendo sus flechazos a lo loco,
sin importarle cuántos refuerzos tengas
ni cuántos tachones lleves en tu cartilla de vacunación.
Pero todo eso a los perros les tenía sin cuidado.
Les dije que se relajaran,
que guardaran un poco para la cena,
ya que a fin de cuentas yo no pensaba huir.
Creo que no entendieron una sola palabra de lo que les dije.
En todo el tiempo que duró el banquete,
ni por un instante dejaron de apretar mis labios con sus dientes finos.





CRÍPTICA

En mis huesos hechos trizas
ya las leyes de la estática
borran su existencia errática
y los peinan con ceniza;
de esta muerte primeriza
que me invade como embudo,
hoy me ves llegar desnudo
como el día prenacimiento:
vine a decirte al momento
lo que mi carne no pudo.






CONVERSIÓN FORZADA

Estoy visiblemente cansado.
Estoy cansado de ser visible.
Pienso que volverse loco es fácil:
basta actuar como tal.
Aprender que todo esto es permeable,
incluso mi reducto de cascajo y tiniebla,
donde la tierra se transforma en lodo
al contacto con mis lagrimales.
En la otra península del sueño,
cobijados por las olas del Pacífico,
liberamos las últimas lágrimas de provisión.
Era Sábado de Gloria, un derroche justificado
por las ansias de juego. 
La sequía duró meses y paralizó mis manos:
no nos pudimos despedir como era debido.
Y hoy, que la lluvia ha desbordado los cárcamos
y que un aire rancio agita las banderas,
sé que las palabras poco o nada importan
cuando la energía que las impulsa queda oculta.  
Digo adiós y casi percibo el cambio,
aunque el paisaje se esfuerce
por llevarme la contraria.
A-Dios...
Esa palabra que conocimos demasiado pronto,
cuando la fiesta apenas comenzaba
y el movimiento telúrico sincronizaba nuestras mentes.
Esa palabra que, en verdad, nunca dijimos ni diremos.
Acá, en el laberinto de flores que recorrimos juntos,
los charcos y raíces siguen ganado su batalla;
estas calles y avenidas que un día fueron ríos y canales
reclaman para el agua el espacio que siempre fue suyo.
Por eso llueve y digo adiós, pero no se escucha.
Por eso agito mis manos, tratando de nadar y salir a flote.
Por eso digo adiós y mi pubis se llena de canas.
En los hoyuelos de tu rostro encontré mi playa...
Un viento fresco que esculpe piedras en el desierto,
una caja de herramientas oxidada por el fracaso...
En los hoyuelos de tu rostro encontré el reposo.
No dije adiós: apagué la luz y me dormí contento.













II.
DESPERTARES


“Señor, dame castidad y templanza... pero no ahora.”
San Agustín












*

Despierto
y me da hambre.

Como
y me da sueño.

Creo haber descubierto
un atajo definitivo
a la cadena alimenticia,
una máquina del tiempo
(oculta)
en los anaqueles del refri.




*

Despierto
y eres lo primero que pienso,
incluso antes que en mí mismo.

El día se desbarata en mi desierto:
cada dato es un grano de arena,
una pista que me ayuda a reconstruir
la conciencia refleja.

(O como aquella mañana
que llamaron del Banco
preguntando eso de “¿Con quién tengo el gusto?”.
Y no supe qué decirles.
Y colgaron.)


*

Despierto pensando en ti,
pensando en ti dormida:
en tu boca entreabierta;
en tu cabello a lo Maria Schneider en The Passenger;
en tus manos, también dormidas, encima de la almohada.

(Pero hoy otra mano invisible nos filma:
hay un cadáver sobre la cama.)




*

Despierto y me pregunto:
¿cuánto tiempo llevo así?
Es difícil saberlo.
En el sueño y la vigilia el tiempo no existe,
sólo el movimiento.
Y el movimiento, dentro del sueño,
se siente a veces tan real
que es una triste decepción despertar
para descubrirte inmóvil en el mismo sitio
donde caíste herido la noche anterior.

(En resumen, el movimiento tampoco existe:
todo se reduce a una cadena interminable
de recuerdos y olvidos.)


*

Despierto y el ayer se transformó ya en recuerdo,
el recuerdo en sueño y el sueño en olvido, inevitablemente.

Si por mí fuera me quedaría todo el día encerrado en mi jaula,
pero sufro de claustrofobia.

Si por mí fuera me pasaría todo el día vagando sin rumbo,
pero también sufro de agorafobia.

Mejor dormir.






*

Pero despierto, siempre despierto.
Y despierto pensando en ti, en tus propias manías
que de alguna forma combinaban tan bien con las mías.

En tu tripofobia,
perfectamente justificada.

En tus bostezos
y mi somnofilia.

En tus lunares y todas sus fases
iluminando mis noches.    




*

(SUEÑO:
Las piernas sin viento corren
cortando fragmentos angulados de la noche
como aspas de un ventilador que se juntan.
Aquél beso es el nexo lógico, el sustento de la trama.
La sangre cobarde busca escapes,
enciende hogueras en tus mejillas, palpita en tus senos…
Creo que me despiertan los flashes
y el eco de mis propios gritos.)







*

Despierto y las rejas me recuerdan
mi condición de santo en cautiverio,
de estilita a medio abismo entre literas.

Desde el cuenco roto de mis rezos,
despierto cada noche con las manos vacías.
Por eso duermo cada día como método de autodefensa.

(Y los recuerdos, me pregunto, ¿para qué sirven?
Tal vez el chiste sea juntar tantos como sea posible,
para intercambiarlos al final,
como corcholatas más monedas en la tienda de la esquina,
por algo más útil y divertido.)



*

Y si otra vez despierto
es sólo con hambre y con sueño.
Siempre es así, desde que estás lejos.

¿Qué más puedo hacer?
Comer y soñarte.
Ayunar y pensar en ti.

Tengo tanta hambre
que podría comerme un caballo entero.

Tengo tanto sueño
que podría dormir encima de un corcel en llamas,
corriendo desbocado rumbo al mar…


*

Despierto en una hoguera de textos canónicos,
mis cuadernos a doble raya
de la adolescencia.

Las llamas me ciegan,
los párpados se desprenden como pétalos marchitos.

(Sin embargo sé, por primera vez,
que estoy despierto,
o no estaría escribiendo esto.)

Con la memoria de los ciegos,
con el equilibrio de los ebrios, 
asisto una vez más, puntual,
con mi traje de lujo (mi pijama),
a otra fascinante jornada de vuelo.



*

Lo que el fuego no quiso
volveré a pasarlo en claro.

Lo que el fuego no quiso,
el corazón de mi agrura transformará en poemas.

Con el hambre en el vientre por motor,
el deseo mutuo nos dormirá,
nos despertará,
nos dormirá de nuevo
y volverá a despertarnos                    en camas                    separadas,
igual que a perros diuréticos
enarbolando sueños.

Lo que el fuego no quiso
alimentará el descanso de los muertos.







III.
BALNEARIOS


“Las aureolas de los santos son balnearios de altura para los ángeles.”
Walter Benjamin












SACRIFICIO, SCI-FI

En el instante priápico
renuncié al programa
y tiré de los cables
igual que de las faldas
de mi madre.

Desprecié a mis amigos
(selectivo en la esquizofrenia)
arengando en secreto
con mi boca de disco
con mis manos de DJ.

Me hice fisicoculturista del silencio
y sorteé un millón de bolsitas de catsup
esparcidas por el suelo.

Nada quedó de mi archivo primero,
de mi interno fuselaje.

Al final me oxidé como todos los santos:
con las palmas extendidas bajo el secador automático.













DESEMPLEADO DEL MES

Con una mano sopesé
mi cheque de liquidación.

Mi bolsillo lo regurgitó,
quiso darme de comer
por última vez.

Ayer,
un anuncio llamó mi atención:
“Inútil presentarse sin papeles”.

No lo dudé:
tiré mi currículum a la basura
y entré decidido a quedarme con el puesto.



 AHORA ME DAS IGUAL, PERO IGUAL TE DABA...

Hembras jóvenes regalan besos breves.
Abren sus camas, sus senos.
Arrojan cáscaras a los monos.

Llego tarde y perfumado, sin la conciencia del cuerpo,
al lugar donde predecir el futuro es tarea fácil: "despertaré crudísimo".

Bailar es caminar hacia ninguna parte.
Y sé que es inútil, pero dicen que el interés tiene pies
(además de buena pierna), y yo hoy me siento
como Sísifo con tenis nuevos.

Pienso en ella y el espasmo vuelve en oleadas de deseo,
como un separador que hubiera sobrevivido al propio Libro,
intacto entre páginas de las que ya sólo queda polvo.



CONTRAORDEN

Vé con él, ahora que no llueve tanto
y que el camino escarpado que te acerca a su casa
dejó de ser peligroso para ti, guerra de antemano
perdida, lo mismo que para mí, asceta sedado
en el tumulto y la ingravidez de los actos,
limando asperezas con la pereza, siguiendo
los pasos anteriores a una sombra sin principio
ni fin, histéricos, beatíficos, ansiosos por nuevos labios,
por nuevas pieles, arrancando en un striptease
nuestras costras en común.






CÓMO CONVERTIRSE EN SANTO

No busques la novedad en el periódico.
No preguntes si el gargajo en el charco
toma la forma de un yin o un yang.
No rehúyas del terror, del aburrimiento.
Recuérdalo todo: los balnearios, las paperas,
la Flos Sanctorum del desempleo,
las jornadas sin transporte público,
los aviones suspendidos en el aire,
las estúpidas aulas donde te volviste viejo.
Fabrica un remolino de tristeza
conectado a tus huellas dactilares.
Míralo todo hasta que el asco
sea el nudo Windsor
que adorna tu sucio cuello,
hasta que todo lo mirado
aumente su tamaño.
Contempla de lleno el sol:
cierra entonces los ojos
y encuentra ya dos soles,
uno por cada párpado...
Puede ser que entonces, como un clavo
que encuentra su sitio entre otros clavos,
aparezca en tus manos el acorde que no esperas.
Para que seas caricia y seas coito y seas legrado.
Para que la poesía sola no se pierda en el vacío.









LAGRIMEO MÍSTICO

Tuve que acarrear este cuerpo
por largos pasillos de carnicerías abstractas,
esquivando a medio mundo para llegar a ti.
La curiosidad seguirá matando gatos sin motivo,
mientras tréboles deformes maldicen su suerte
y un joven escritor tira al caño, por entregas,
su primera novela. Caerá la noche: único aliciente
para tortícolis de girasoles que, como yo,
te buscan con la mirada y al acto la pierden.







HUESITOS, PELUSAS, GELATINA

Lo intentó cientos de veces, sin éxito.
Cerró los ojos con todas sus fuerzas.
Abrió la boca como forzando un grito que nunca llegaba,
un bostezo inútil y desesperado.
Se concentró en lograrlo, pero nada pasó.
Lo que obtuvo fue oídos tapados por el esfuerzo
y un dolor de cabeza que las píldoras no calmaban.
Quizá por eso, anoche lo agarró tan por sorpresa:
estaba acostado en su cama, leyendo a Artaud,
cuando de pronto un escalofrío de pánico
descendió por su columna vertebral.
Un zumbido que creyó haber escuchado antes,
en una canción de Sonic Youth, lo alertó.
De golpe lo comprendió, lo supo..., iba a suceder.
Quiso incorporarse y no pudo.
Su corazón se desbocó.
Su cuerpo era un mapa de venas y arterias palpitantes.
El sudor caía en forma de escarcha sobre sus brazos inmóviles,
se filtraba por debajo de su espalda.
Trató de gritar y pedir ayuda, pero fue igualmente en vano.
El libro resbaló de sus extremidades
y se estrelló contra el piso, inerte.
Lo primero en reventar fueron sus ojos.
Las órbitas se desprendieron con facilidad,
volaron lejos de su alcance,
como si fueran cartuchos quemados.
No lo podía creer:
estaba ciego y confundido,
trastornado como nunca antes.
Las cuencas de sus ojos eran dos agujeros negros
absorbiendo sin remordimiento un cosmos completo,
el único que había conocido en su vida,
el que le resultaba más familiar.
Con ese par de globos oculares se iban
sus visiones marca Hildegard von Bingen,
todos sus sueños sin cumplir,
sus fobias, sus debilidades,
el conocimiento adquirido de una raza.
Dentro de su asombro prosiguió la explosión interna.
Estallaron sus vísceras.
Palpitaba su pleura.
No pudo reprimir dos o tres gases.
Los huesos se ensanchaban y se fragmentaban en mil pedazos,
tirando al olvido años enteros de tomar leche Nido
y otros productos ricos en calcio...
Rictus, graznidos, puñetas, espasmos...
El proceso de descomposición corporal
avanzaba a un ritmo endemoniado.
Él era ahí, encima de ese colchón individual,
una simple bolsa de carne y cabello
descosiéndose por los bordes.
Un manojo de tripas ensangrentadas
en cuyo vocabulario no cabía la palabra fisiología.
Era para morirse de risa.
Pensaba en un montón de cosas banales,
y a cada pensamiento –como si su cuerpo
fuera un campo minado conectado al cerebro–
sobrevenía un nuevo estruendo.
De pronto añoró la rutina profiláctica,
esa vida profana tan similar
a la de cualquier hijo de vecino.
Recordó que ese día se estrenaba un capítulo
de la nueva temporada de Los Simpson;
le dio tristeza comprender que él ya no lo vería.
Quiso llorar y no pudo (por razones lógicas);
en cierto punto, incluso creyó haberse resignado.
Se preguntó qué pasaría con su alma después de que todo acabara.
¿Se perdería acaso con su cuerpo y sus recuerdos?
¿Se convertiría en algo más que luz?
Fue en ese momento cuando estalló su cráneo.
Reventó en un millón de huesitos, pelusas y gelatina.
Floreció como un montón de juegos pirotécnicos;
como una bomba atómica de ideas centelleantes,
de asociaciones fortuitas e innecesarias.
Tomó aire por uno de sus hoyos.
Gritó o creyó gritar.
Jaló la última bocanada de vida.
Y explotó al fin, tal como cuenta el milagro.










DISNEYLANDIA

¡Presente! grita el tiempo mientras paso lista al día
con un ábaco de dientes de leche.

Hoy viene a ser que más te ansío,
pero las mismas ascuas, la eclosión del tedio,
el corazón de mi agrura clamando por sorpresa.

Multiplicados como peces y panes están mis deseos.
Confundido mi cuerpo, que reacciona como si aquí estuvieras.
Y la piel y la fricción, y el túnel subterráneo
donde aguantamos el oxígeno adentro de nuestros pulmones:
peces globo, globos de agua, un acuario luminoso
que vive del recuerdo y se alimenta de horas muertas.

Dicen que el cuerpo tiene memoria.
Me lo dijeron apenas hace rato, cuando mis vértebras
cedían ante el peso de cuatro pares de calzado americano;
cuando los juegos mecánicos comenzaban a subir por el riel
de una sutura próxima a existir y las botargas
cumplían su venganza con paciencia metódica.

Hoy viene a ser que más te extraño,
pero el corsé del lenguaje nos está asfixiando,
aísla mi ternura de la tuya, y no hay escape…
Esta es la venganza de las botargas.
Noches que se pliegan como sillas.
Ecos que son reumas en los labios.
Y nuestro amor congelado, como el cuerpo de Walt Disney,
en espera de que juntos le encontremos una cura.

Hemos estado aquí antes, sin Visas ni guías de turista.
Una vez más, déjame acompañarte en este viaje.



FE

Debajo de esta piel
crece otra piel
adentro de esta sangre
corre otra sangre
silente
y luminosa
sin positivos
ni negativos
como los alambres
en el cable
como las fibras
del mecate
donde cuelga su ropa
el que esto escribe.



ÚLTIMA COMUNIÓN

Barrió la calle un grito contenido en las entrañas del rezo;
era tiempo de cosecha y de pérdidas, era tiempo de volver.

Cantó el pájaro la razón de la vida:
no hablábamos su idioma.

En la danza de tus velos quedé ciego;
con el braille de tu cuerpo seguí aprendiendo.

Ahora llueven flores en los ojos y tu mano en la mía,
desbaratados los días, incendiadas las distancias.
Llueven flores como plagas en tu cielo cerrado.
Llueve así todo el tiempo en las entrañas del bostezo.

Pero a este marzo inmarcesible/ lo deshojamos juntos.



ORACIÓN

Pisa el acelerador. Saca el freno de mano.
Y el de pie. El de cuello. El de alma.

Dime qué propulsión me limita,
ahora que la piel está sensible
y los leones tienen catarro.

Drógame.
Embriágame.
Haz que trabaje el hígado.
Que los labios se derritan como cirios.
Que mueran al instante complejos y parásitos.

Pon la muesca, el tatuaje intemporal:
márcame como a un buey con tu espada láser
y mantenme aparte de la fatigosa yunta,
de su confianza ciega en la cinética,
de cerebros que se apilan
hasta heder moscas transparentes
y formar estructuras de pensamiento.

Enrosca tu boca en mi oreja:
deletréame el Misterio.

Dame a chupar helio:
ayúdame a encontrar mi voz.