sábado, 25 de febrero de 2017

MIXTAPE: LONG DARK TWENTIES

20 
"He venido al mundo con veinte años, furioso por la repetición, es decir, furioso contra la vida. Levantarse, vestirse, comer, defecar, acostarse. Y siempre esas estaciones, esos astros. ¡Y la Historia! Sabida de memoria, hasta la locura."- Paul Valéry

“En aquel tiempo yo tenía veinte años y estaba loco…”- Roberto Bolaño



. Botas Locas- Sui Géneris
. Volver- Carlos Gardel
. Veinte años- Buena Vista Social Club
. Outlaw- Cast King
. Long Dark Twenties- Nadja



21
“-Tengo veinte años y soy más viejo que muchos que han muerto ya -dijo Quentin.
-Y han muerto muchos más de los que llegaron a los veintiún años -repuso Shreve.”
¡Absalón, Absalón!, William Faulkner



. No, your product- The Saints
. My way- Sid Vicious (†)
. Mannish boy- Muddy Waters
. Galveston- Sparklehorse
. Goodbye Lucille # 1- Prefab Sprout
. Animal nitrate- Suede
. Run boy run- Lee Hazlewood




22
“Chica lista, no hay nada como tener veintidós años…”
Sunset Boulevard



. 1969- Iggy Pop & The Stooges
. New England- Billy Bragg
. Desolation Row- Bob Dylan
. Landlocked Blues- Bright Eyes
. Love is lost- David Bowie
. Hold On- Alamaba Shakes
. I Am a Baby (In My Universe)- Daniel Johnston
. She's 22- Norah Jones
. 22- Babes in Toyland
. Who Do You Love?- Bo Diddley
. California- EMA
. Veintidós- Airbag
. Twenty Two Fourteen- The Album Leaf
. 22, the Death of All Romance- The Dears
. Fell in love at 22- Starflyer 59
. Twenty Two- These Ghosts
. Twenty Two Days- Roy Orbison
. Not fade away- Buddy Holly (†) 
. Simple as it should be- Tristan Prettyman
. Mis veintidós años- Elena Burke (Cover Pablo Milanés)
. When Yer Twenty Two- The Flaming Lips





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“Pero a los veintitrés años yo era esa clase de muchacho que responde a todo daño en público de su persona, salvo en caso de fractura de cráneo, lanzando una carcajada que suena a hueca, de subnormal.”
Levantad carpinteros la viga maestra, J. D. Salinger



. What's my age again?- Blink 182
. Ulcerative Colitis- Hank Green
. Bleed- Twenty Three
. Best Friend- The Drums
. 23- Blonde Redhead
. 23- California Wives
. Twenty Three- Four Tet
. Hay fuego en el 23- Arsenio Rodríguez & Su Conjunto
. 23- Faunts
. Atmosphere- Joy Division (Ian Curtis †)





24
“Vive rápido, muere joven, deja un hermoso cuerpo.”
James Dean (†)



. My life is starting again- Daniel Johnston
. No hope- The Vaccines
. Even in his youth- Nirvana
. Twenty four- Mudhoney
. 24,900 Miles Per Hour- Seven Year Bitch
. Looking down the barrel of a gun- Beastie Boys
. Twenty four hours- Joy Division
. Twenty four- Redhouse Painters
. Twenty four- Emmy the Great
. Maggie's Farm- Rage Against The Machine (Bob Dylan Cover)
. Big Iron- Marty Robbins
. Four and Twenty- Crosby, Still, Nash & Young
. Old man- Neil Young
. No buses- Arctic Monkeys
. Treadneedle Street- Blur
. It could have been a brilliant carrer- Belle and Sebastian
. My Career As A Homewrecker- Jonathan Richman & The Modern Lovers
. Twenty for hour party people- Happy Mondays
. When you're young- The Jam
. Twenty four years living next door Alice- Smokie
. Lost weekend- Lloyd Cole and The Commotions
. Roundabout- Yes
. Twenty four robbers- Fats Weller
. Twenty four hours a day- Billie Holiday




25
“Entretenerse significa pasar el tiempo. El tiempo ya pasa acelerado en exceso; no necesita de impulsos. Los hombres deberían buscar entretener al tiempo, y no entretenerse a sí mismos… Eso es lo que yo hago.”
Locura, Mário de Sá-Carneiro (†)



. All the young dudes- David Bowie (Mott the Hoople)
. Kozmic blues- Janis Joplin
. Help yourself- Amy Winehouse
. Swing to bop- Charlie Christian (†)
. This night has opened my eyes- The Smiths
. Down on me- The Jesus & Mary Chain
. How are you?- Wavves
. New love grows on trees- Pete Doherty
. Winter- U2
. Strange form of life- Bonnie Prince Billy
. 24-25- Kings of Convenience
. Sleep Tonight- The Maccabees
. Soma- The Strokes
. Lessons- Beach Fossils
. Watch the tapes- LCD Soundsystem
. Veintinco años- Charlie Monttana
. No tan distintos- Sumo
. Julie's been working for the Drug Squad- The Clash
. Young- Frankie Lymon & The Teenagers (†)
. Smoke gets in your eyes- Clifford Brown (†)
. Pledging my love- Johnny Ace (†)
. Veinticinco rosas- Joan Sebastian
. Twenty five years- Pantera
. Sludge factory- Alice in Chains
. Old age- Nirvana
. Like a soldier- Johnny Cash
. Vein of stars- Flaming Lips





26
“¿Vida o teatro?”
Charlotte Salomon (†)



. From the morning- Nick Drake (†)
. Another year- Amand Palmer
. Music in a foreign language- Lloyd Cole
. Chalkboard James- Alison's Halo
. Bicycle- St. Vincent
. Olv 26- Stereolab
. Robyn Turns 26- Pavement
. Waiting for the man- The Velvet Underground
. Nostalgia- Fats Navarro (†)
. Jean Harlow (†)- Leadbelly
. Wish- Nine Inch Nails
. My Eating Disorder- Titus Andronicus
. Bleach Boys- The Dead Milkmen
. Doing Time- Bad Religion
. Boomin' Granny- Beastie Boys
. 26 Ghosts III- Nine Inch Nails
. No- Shakira ft. Gustavo Cerati
. A song for you- Gram Parsons (†)
. Sitting on the dock of the bay- Otis Redding (†)
. Here We Go Again- James Blunt
. The biggest lie- Elliott Smith
. Place to be- Nick Drake (†)
. Albur de amor- Guti Cárdenas (†)
. My Death- David Bowie





27
“Arañas buscan mi corazón/ Una luz se apaga en mi boca…”
Georg Trakl (†)


. Volver a los 17- Violeta Parra
. Andar- Cecilia (†)
. A mis enemigos- Valentín Elizalde (†)
. Cristal- Cheíto González (†)
. La mano de Dios- Rodrigo el Potro (†)
. Tango brasileiro- Alexandre Levy (†)
. Heliotrope bouquet- Louis Chauvin (†)
. Pretty- J. Montrose sextet ft. Bob Gordon (†)
. Me and the devil- Robert Johnson (†)
. I had a woman- Jimi Hendrix (†)
. I who have nothing- Linda Jones (†)
. Back to black- Amy Winehouse (†)
. Piece of my heart- Janis Joplin (†)
. Goodnight my love- Jesse Belvin (†)
. Please stay- The Drifters (Rudy Lewis †)
. Paint it black- The Rolling Stones (Brian Jones †)
. Crystal ship- The Doors (Jim Morrison †)
. The killing moon- Echo and the Bunnymen (Pete de Freitas †)
. Thirteen- Big Star (Chris Bell †)
. I wanna go back- Gray (Jean Michel Basquiat †)
. So dead- Manic Street Preachers (Richey Edwards ¿†?)
. Second skin- The Gits (Mia Zapata †)
. Corona- Minutemen (D. Boon †)
. Violet- Hole (Kristen Pfaff †)
. You know you're right- Nirvana (Kurt Cobain †)
. Dirt -The Stooges (Dave Alexander †)
. Tengo una pistola- Christina y Los Subterráneos
. Came blue- Smog




28
“–Bueno, ¿y qué edad tienes, entonces? –George interrumpió mi ensoñación metafísica–. ¿Veintisiete, veintiocho?
Tuve que pensarlo un momento.
–Cumpliré veintiocho dentro de un mes.
George asintió como si aquella información confirmase una convicción suya interna.
–Ya, es la edad que tenía yo cuando me volví loco e hice el peregrinaje.”
Not fade away, Jim Dodge



. The clock- The Big Bopper (†)
. It’s all over now- The Valentinos (Harry Womack †)
. Santeria- Sublime (Bradley Nowell †)
. Cartas amarillas- Nino Bravo (†) 
. Burn- The Cure (canción de la película The Crow, protagonizada por Brandon Lee †)
. “I carry your heart”, poema de e. e. cummings, recitado por Heath Ledger (†) en la película Candy.
. Song to the siren- Tim Buckley (†)









(¿Continuará...?)

martes, 13 de diciembre de 2016

EL ARROJANOMBRES (2008-2016)

Name-dropper: literalmente, arrojanombres. Calificativo en inglés para el sujeto que recurre a citas y nombres ajenos, además de narrar hechos de otras personas (famosas o no, vivas o muertas, reales o ficticias) a fin de enfatizar su conversación, antes que hablar de sí mismo o de sus propias opiniones.  














Le procédé de Raymundo Rosas

Aunque los obituarios hablen de una obstrucción de las arterias carótidas, de paros cardíacos fulminantes o de una sobredosis con cápsulas de omeprazol, yo sé que lo que en realidad mató a Raymundo Rosas fue el bloqueo del escritor.

En definitiva no fue un suicidio. Dejando de lado unos hábitos alimenticios poco saludables, el Gordo era tan cobarde acerca de la muerte que una vez, durante una de sus repentinas crisis existenciales, me ofreció una importante suma de su fortuna –a mí, un humilde sirviente y pinche de cocina– a cambio de cortarle las venas con un cuchillo cebollero y asegurarme de que no fuera enterrado vivo clavándole un tenedor en el corazón, a manera de estaca para vampiros. Le aterraba la idea de despertar de pronto y descubrirse encerrado en un ataúd.

Por lo demás, es bien sabido que Don Raymundo fue un hombre infeliz y depresivo. Estos problemas le llevaron a tratarse con más de un psiquiatra y, al parecer, se volvieron insoportables durante sus últimos meses, cuando comenzó a sufrir el bloqueo creativo que le impidió escribir más de sus inconfundibles fórmulas culinarias. Acabó solitario y recluido, incomprendido por el público y la crítica especializada, quienes consideraban nauseabundos a sus platillos, y a él, un simple millonario excéntrico con ínfulas de chef. Para mí y varios más de sus fieles discípulos, sin embargo, Rosas era la viva imagen del genio, un héroe que se enfrentó al establishment gastronómico sin miedo ni complejos: con las agallas propias de los gallos de pelea; con el valor de un volador de Papantla asomado al abismo.

No es un secreto que el maestro tenía una inusual fascinación por las palabras, más propia de un poeta que de un cocinero. Tampoco era desconocida su devoción por Raymond Roussel, ese extraño escritor francés del que afirmaba ser una reencarnación o alma gemela. Si alguna vez se sintió cercano a algún ser humano, ciertamente fue a él. Durante una visita a la región de Catemaco, convenció incluso a un brujo para que le entregara una constancia de metempsicosis. Y en la cocina del Locus Solus, su lujoso restaurante de Polanco, el Gordo mandó enmarcar unos versos del  autor, los cuales recitaba como himnos órficos, mientras preparaba sus minuciosos guisos:

“Mi alma es una extraña fábrica
donde bullen el fuego, las aguas,
sabe Dios la cocina fantástica
que elaboran sus inmensas fraguas…”.

No obstante, Raymundo Rosas detestaba Polanco, principalmente porque en una colonia cuyas calles tenían nombres de escritores, Roussel no contaba con la suya propia. Además, a pesar de los precios exorbitantes y lo exclusivo del rumbo, Rosas siempre catalogó a los escasos clientes (no más de dos o tres por semana) como “demasiado vulgares para apreciar el valor de estas obras”. Cada mañana, un chófer lo conducía al trabajo desde su mansión en Las Lomas, a bordo de la roulotte-cuisine con aire acondicionado que mandó a construir a la medida, y en la cual se comentaba que había recorrido buena parte de los cinco continentes, muchas veces sin bajarse del vehículo e inmerso en una nueva invención.

Haber trabajado para él es mi mayor orgullo. Era un jefe demandante y obsesivo, pero sólo en el Locus Solus pude haber tenido acceso a máquinas tan sorprendentes como el horno para pan conectado a un pararrayos, al gallo profético que escribía escupiendo sangre los postres que iban a pedir los clientes, al caldero aerostático conectado con hilos de fibra óptica, a la guillotina para nabos y zanahorias, al molde para hacer galletas de estrella de Camille Flammarion, a la espada de ilota para cortar raíles de bofe de ternera o a demás magníficos artilugios surgidos de la mente siempre activa del maestro. Si al aprender a usarlas sufrí por descuido una que otra cortada o quemadura de segundo grado, hoy llevo las cicatrices como trofeos.

Sin lugar a dudas, lo más exigente era seguir sus instrucciones para cada plato, que nunca nos repetía más de dos veces, así como conseguir los ingredientes más impensados. Salubridad intentó cerrar el restaurante en más de una ocasión, pero nunca encontraron nada anti-higiénico en nuestra elaboración, más allá de lo poco comestible de varios alimentos. 

Continuamente, durante la época más creativa del maestro, frente a nuestras puertas se manifestaron varios grupos defensores de animales, ya que cuando a Rosas se le ocurría una nueva receta no se detenía por la minucia de averiguar primero si alguno de los ingredientes que necesitaba estaba protegido o en peligro de extinción.

Hoy todos sabemos que la polémica que generaban sus creaciones no era gratuita: obedecía a un estricto procedimiento que el propio Raymundo Rosas explicó en un breve opúsculo publicado póstumamente, titulado Cómo escribí algunas de mis recetas de cocina, con lo cual esperaba obtener el reconocimiento que no conoció en vida. En este documento, Rosas contaba cómo a los diecinueve años, después de experimentar una profunda epifanía de su propia gloria, creó su primer platillo, “La Tuna Rellena de Atún”, siguiendo su propia interpretación del procedimiento de Raymond Roussel de palabras homófonas y deconstrucción fonética de oraciones. Con la sensación de haber inventado algo único e inmortal, dio a conocer su obra en la siguiente fiesta palaciega a la que acudió, pero o bien nadie quiso probarla o bien los invitados terminaron escupiéndola con asco.

Así comenzó la larga cadena de frustraciones en la vida del Gordo Rosas, que no se curaron ni abriendo su restaurante Locus Solus en Polanco ni heredando el cuantioso patrimonio familiar ni viajando por medio mundo con todas las comodidades posibles. La única manera en que se sentía medianamente feliz era cocinando. Pero tampoco sus siguientes platillos tuvieron la respuesta que esperaba: “La Ensalada de Sal Asada” fue calificada como vomitiva, “La Lechuga Dorada con Leche de Oruga” causó intoxicación en un par de niños, “Los esquites con Skittles” y “Las Alubias a la Uva” tuvieron cierto auge entre la comunidad vegana, pero “Las Ronchas de Chicharrón Chino” y la “Barbacoa de Coatí con Barba” fueron consideradas una afrenta a las papilas gustativas, por no hablar del “Pozole Aguado con Agua del Pozo”, según algunos una burla a la comida mexicana; tampoco sus bebidas y cócteles atrajeron a demasiados comensales, ni el refrescante “Tarro de Horchata con Chatarra” ni el nutritivo “Champurrado de Champiñones y Piñón” ni el espeso “Té de Nutella untada” o su misterioso “Le café fécal”.

El propio Rosas, a pesar de amar sus platillos, no era capaz de alimentarse con ellos. Prefería seguir la dieta de su idolatrado Raymond Roussel, la cual consistía en una sola sesión de dos horas que englobaba desayuno, comida y cena, para no perder tiempo que podía aprovechar en cosas más relevantes. Rosas siempre fue una de esas personas que se tomaban la palabra Buffet como un reto personal. Varias veces me tocó el honor de servirle el menú, empezando con hot-cakes con mermelada, cereal con fruta de temporada, seguido de tostadas con queso neufchâtel, mariscos, guarniciones, codornices, filetes de casi todos los pasajeros del Arca de Noé, litros de champaña, baguettes, croissants y unos cinco o seis helados de sabores distintos.  Acompañado únicamente por Fasfud, su inseparable perro pekinés, el Gordo comía voraz pero elegantemente, cuidando que la grasa no manchara su retorcido mostacho negro y que sobre su colosal estómago no quedaran migajas que pudieran manchar sus trajes de dandy hechos a medida. Trajes que, por lo demás, sólo utilizaba máximo un par de veces.

Por eso, cuando fue encerrado por última vez en aquel sanatorio mental, su simple visión me destrozaba. Estaba irreconocible, había perdido el apetito y las ganas de cocinar. Yo trataba de animarlo, iba dos veces al día a asear su celda acolchada, a lavar sus uniformes de manicomio hechos a medida y a tratar de hacerle plática para que no se sintiera solo. Algunas veces incluso le llevaba a Fasfud, quien lamía sus bigotes enmarañados sin que éste reaccionara. El maestro estaba ya en otro mundo, la mayor parte del tiempo sedado con las cantidades inhumanas de pastillas para sus problemas de gastritis y trastorno de personalidad. Cuando le informé que habían clausurado el Locus Solus y que ya pensaban demolerlo para construir una sucursal de hamburguesas, me pareció ver que escapaba una gota por sus enrojecidos lagrimales, pero no dijo nada al respecto.

Tal vez el procedimiento del Gordo Raymundo Rosas ya había dado todo de sí, como un frasco de mayonesa al que era imposible rascarle más. Sea como fuere, hasta el final guardé la esperanza de que un día me pidiera papel y pluma e iluminara al mundo con una nueva muestra de genialidad. La tarde lluviosa que lo encontraron con los ojos abiertos y un rastro de saliva fría en los labios, fui yo quien me encargué del cuerpo. Con un tenedor oculto en el bolsillo, entré por última vez a su celda, mientras en la azotea ondeaban con la tormenta un par de camisas de fuerza recién lavadas.






Ecos de un grito: la trascendencia del Loco Valdés en el pensamiento latinoamericano (un ensayo fallido)

Coleccionaba temas para ensayos que nunca iba a escribir: la superioridad eleática y estoica del punk sobre el heavy-metal; la simbología del Tarot oculta en la canción “Baraja de oro” de Chalino Sánchez; la crítica al capitalismo de Walter Benjamin desde la interpretación astrológica de Walter Mercado; el por qué de mi necesidad enfermiza de husmear en lo que la gente lee en el transporte público, al grado de a veces tirarme al suelo para fingir que recojo algo o pararme de puntitas sobre sus hombros como si fuera un maldito acosador.

A fin de cuentas, ¿qué sé yo sobre ensayística? A Montaigne apenas lo he hojeado. Y aunque respeto a algunos buenos autores y clásicos del género, siempre supuse que todo se reduce a una cuestión de estilo, más que de contenido. El ensayo, salvo afortunadas excepciones, pertenece a ese tipo de lecturas que Roberto Bolaño consideraba ideales para gente mesurada, tranquila. Algo que yo, por supuesto, no soy.

Por eso, cuando me pidieron un proyecto de estructura sólida para una maestría que dudosamente me otorgarían, mi mente se quedó en blanco. Amontonar palabras, de eso sí era capaz. De divagar, también. Pero que no me hablen de metodología y justificación temática porque no sé qué es lo que buscan leer o cómo esperan que les mienta. En esos momento me pasa lo mismo que a César Vallejo: “Quiero escribir, pero me sale espuma; quiero decir muchísimo y me atollo…”

*

Hilar frases. Darles coherencia. No perder de vista el objetivo central… Ojalá todo fuera tan fácil como poder abortar una idea malograda con un simple asterisco y pasar a otra cosa. Así:

*

A diferencia de sus poemas y cuentos, los ensayos de César Vallejo son aburridos y en ocasiones ilegibles; quizá esto se deba a que cambia su estilo poético por uno mucho más monótono, más prosaico. La reflexión pura y llana no es su mayor virtud. Es casi como si uno no pudiera imaginárselo más que en un estado de desesperación continua, de tristeza sorda, de odio melancólico o felicidad rabiosa. O sea, justo en los momentos cuando uno menos puede pensar con claridad.

Pedirle a César Vallejo, el mejor y más original poeta latinoamericano, así como el más grande profeta de los perdedores, que se ponga en el lugar de un académico gris, sabelotodo y argumentativo, es casi tan absurdo como pedirle un minuto de seriedad a Manuel el Loco Valdés.

La comparación, al principio cien por ciento fortuita, terminó siendo el germen de otro ensayo inacabado que agregué a la lista.

*

Las chaquetas Nehru, llamadas así en honor al tipo de prendas que usaba el primer ministro indio Jawaharlal Nehru, se pusieron de moda a mediados de los años 60; hasta los mismísimos Beatles utilizaron un diseño similar durante su primera época uniformada.

Por esas fechas, años de revolución cultural y agitación política, comenzaron a proliferar las elegantes camisas de cuello Mao, inspiradas en el guardarropa del presidente (y poeta) chino Mao Tsé-Tung.

Actualmente, es común ver a los jóvenes llamados chakas, además de a decenas de futbolistas famosos, realizarse cortes de pelo con rapadas laterales y largos copetes al frente, a la manera del líder norcoreano Kim Jong-un.

Ahí hay otro tema inquietante, el cual nadie ha estudiado a fondo: los gobernantes asiáticos como dictadores fashion de su tiempo.  

*

Husmeé en el periódico de un anciano en busca de inspiración. Dos breves líneas en las páginas de deportes captaron mi ojo: el equipo de futbol César Vallejo, de la ciudad peruana de Trujillo, había sido eliminado de la ronda previa de la Copa Libertadores, sumando un fracaso más a lo largo de su breve existencia.

*

“Belano vuelve a bajar las escaleras. Cerca, en la misma colonia Cuauhtémoc, encuentra un hotel.  Durante mucho rato permanece sentado en la cama, mirando la televisión mexicana y sin pensar en nada. Ya no reconoce ningún programa, pero de alguna manera los viejos programas se infiltran en los nuevos y así Belano ve en la pantalla el rostro del Loco Valdés o cree oír su  voz.  Más  tarde,  mientras  cambia  de  canal,  encuentra  una película de Tin-Tan y la deja hasta el  final. Tin-Tan era el hermano mayor del Loco Valdés. Tin-Tan ya estaba muerto cuando él se vino a vivir a México. Posiblemente el Loco Valdés haya muerto también.”

Fragmento del cuento Muerte de Ulises, de Roberto Bolaño, muerto en 2003.

*

Aunque interesante como objeto de estudio, resultaba inviable para sustentarlo. ¿Tenía alguna relación identitaria el hecho de que el equipo de futbol César Vallejo, a quien apodan Los Poetas, sea un equipo históricamente perdedor, marcado por el infortunio, que sólo ha ganado trofeos menores en veinte años de existencia? ¿O se trataba de otra simple asociación mental sin bases, en mi afán de querer encontrar conexiones donde no había más que coincidencia?

Aun así, el tema no dejaba de ser curioso por sí mismo: ¿existe otro caso en el mundo de un equipo de futbol con nombre de poeta o escritor? Después descubrí que sí, y que juega también en Perú: el Atlético Garcilaso.
El Loco Valdés, por su parte, siempre ha sido aficionado del club más ganador de México: el Club América.

*

Corría el año de 1964. En la ciudad de Lima se rodaba la película peruana-mexicana Bromas S. A., dirigida por Alberto Mariscal.

En una de las escenas principales del film, Mauricio Garcés, líder de una especie de pandilla juvenil que trabaja a sueldo para el millonario farmacéutico Elías Arnoff, recita unos extraños versos de César Vallejo, al pie de su monumento –uno de los tantos que hay en honor al poeta en aquel país– en el parque Lince de Lima: “¡Amado sea el niño que cae y aún llora, y amado sea el hombre que cae y ya no llora!”.

En esta película, el Loco  Valdés interpreta a Benjamín, mayordomo de la excéntrica señora Arnoff, quien exige silencio absoluto dentro de su mansión, molesta incluso por el sonido de una pastilla efervescente en un vaso de agua, y quien llegó incluso a enmudecer por medio de una operación de cuerdas vocales a su pastor alemán para que sus ladridos no la fastidiaran. En una escena memorable, Benjamín aprovecha su día libre para ir a la cima de una montaña y gritar todo lo que en la semana tuvo que reprimir y tragarse en forma de susurros. Harto de la seriedad a la que lo obliga su empleo, la cual desde luego no va con su estilo, se desquita en lo alto del monte con aullidos demenciales que nadie va a oír de todas formas.

Como dato curioso, en esa escena el Loco va vestido con una elegante chaqueta Nehru de color marrón.     

*

El Atlético Garcilaso, originario de la ciudad de Cuzco, tampoco ha ganado nada importante; no obstante, sólo lleva cuatro años en la Primera División y, a diferencia del César Vallejo, al menos ya estuvo en dos copas Libertadores. Su nombre deriva del historiador Inca Garcilaso de la Vega, sobrino-nieto del poeta español del Siglo de Oro, Garcilaso de la Vega. La obra más conocida del Inca fue Comentarios Reales de los Incas, publicada en 1609 y prohibida luego del levantamiento anticolonialista e indigenista de Túpac Amaru II, descendiente directo de Túpac Amaru I, sacerdote inca y el último de los nobles rebeldes que se negaron a adoptar el cristianismo a la llegada de los españoles.

Túpac I fue decapitado en la plaza central de Cuzco en 1572, frente a decenas de indígenas que lloraban la caída de su líder.               
Túpac II fue torturado, arrastrado por caballos y desmembrado vivo en la plaza de Cuzco en 1781.

Túpac III, nacido Tupac Shakur, fue baleado en Las Vegas por alguno de sus múltiples enemigos, en 1996, pero su alma regresó en forma de holograma en el 2012.

A todos los Túpac los hermanaba la Thug Life.

*

Bolaño tiene también una novela corta sobre los últimos días de César Vallejo antes de su muerte en París: Monsieur Pain. Según esta narración trágico-cómica, Vallejo murió por la complicación de un ataque de hipo que un médico francés negligente intentó curar con técnicas de mesmerismo... Es decir, un médico brujo, como el de la canción del Loco Valdés. 

*

Mi ensayo de posgrado nunca terminó por cuajar, pero los elementos volvían a mi mente y se conectaban entre sí como si quisieran decirme algo. El tema me atormentaba sobre todo en mis recorridos a bordo del transporte público, en combis abarrotadas y rodeado de chakas de peinados chistosos.

Actualmente, a casi 80 años de su muerte, César Vallejo le da nombre a un equipo de futbol, a una Universidad, a varias calles y a no pocas plazas públicas en todo Perú. También contó en su momento con su propio billete de diez mil intis, ahora descontinuados. El detalle no deja de ser chusco, pues mientras su cara adornaba toneladas de papel-moneda, Vallejo murió en 1938 en verdaderas condiciones de miseria, al interior de un sórdido sanatorio parisino.

Al parecer es un fenómeno propio de los gobiernos latinoamericanos eso de apropiarse de poetas después de su muerte y usar su imagen indiscriminadamente para fines bancarios. En México, Nezahualcóyotl y Sor Juana tienen sus propios billetes. En Colombia, José Asunción Silva, quien también acabó pobre y orillado al suicidio, por culpa del propio gobierno que ahora lo imprime en serie. Incluso el Inca Garcilaso tiene su billete. Y Túpac Amaru II.
          
No es que a los Estados les interese en realidad la poesía o rendir homenaje a su obra, pero como hay tantas denominaciones distintas y tan pocos héroes que merezcan ser llamados así, casi cualquiera tiene chance de aparecer en uno.

¡Y qué mejor que un poeta como César Vallejo, alguien que durante toda su vida denunció lo absurdo de la economía y la desigualdad social! Apropiarse de un poeta no para enaltecer su recuerdo sino para rebajarlo al nivel de lo material, de lo que ensucia los dedos, de lo que fácilmente se devalúa. Como dijo Walter Benjamin: “El capitalismo es quizás el único caso de un culto no expiatorio sino culpabilizador. Una monstruosa conciencia culpable que no conoce la redención se convierte en culto, no para expiar en éste su culpa sino para hacerla universal, y para atrapar al final a Dios mismo en la culpa. Dios no ha muerto, sino que se ha incorporado al destino del hombre”. 

O como dijo Walter Mercado en esa revista TVyNovelas que una señora sentada a mi lado leía sin inmutarse por mis persistentes vistazos: “¡No dejes que el dinero controle tus actos! La familia, el amor y el éxito te están esperando. Ponle poesía a tu vida. Números de la suerte: 3, 4, 12 y 27”.






El Perro Vagabundo

Iba sin falta cada noche. Daba igual que lloviera, relampaguease o cayeran meteoritos del cielo. A veces mi trabajo de tiempo completo en la farmacia de la Dvortsovaya Ploshchad me dejaba exhausto, pero todo lo curaban una buena jarra de vodka y la compañía de mis viejos amigos. A pesar de que yo no pertenecía a su grupo, porque no era artista ni pintaba retratos ni escribía poemas, ellos me aceptaron desde un principio en sus tertulias, y me trataban de tú a tú, como uno más, si bien es cierto que a veces se burlaban de mi ignorancia y me llamaban, medio en broma y medio despectivamente, el Farmaceuta, algo que yo no quise tomar a mal. El simple hecho de poder estar en el Perro Vagabundo, junto a los jóvenes creadores e intelectuales de Rusia, la sangre nueva de nuestra querida patria, era ya de por sí un privilegio. Sólo unos cuantos borrachos teníamos la dicha de entrar al Perro, pero no porque fuera un lugar ostentoso o elitista; al contrario, lo recuerdo como un sitio humilde y poco ordenado, con dibujos de pájaros y arlequines en las paredes, mesitas de paja, lámparas de petróleo y un piano destartalado donde a veces Osip Mandelstam, totalmente ebrio, nos deleitaba con alguna sonata. El olor a humedad, combinado con las nubes de tabaco y el vapor de tanto vómito de poeta derramado sobre el suelo, era lo que daba ese sello tan característico al ambiente. A mí me encantaba. Igual que me encantaba la sensación de embriaguez envolviendo mi cuerpo como si fuera una cálida parka en invierno, y las risas estruendosas de Maiakovski, que siempre llegaba ya ebrio de otras fiestas, vestido con colores chillones y declamando extrañísimos poemas que hablaban sobre nubes con pantalones, sillas eléctricas y chinches con peluca. Me encantaba también ver a Anna Ajmátova, que se sentaba siempre en un rincón, fumando y platicando con la primera persona que se le acercara. Al principio yo creía que era lesbiana, por esa actitud enérgica y a la vez distraída con la que se desenvolvía, y porque se la pasaba abrazándose y besuqueándose con las actrices, las vedettes de moda y las damas de alta sociedad. Después supe que así era su carácter, algo que espantaba a muchos hombres, incluyéndome a mí. La verdad es que se veía hermosa con sus ojeras, su nariz afilada, su cabello oscuro y esos profundos ojos que te miraban fijamente, sin emoción. Siempre elegante, siempre inalcanzable. Yo me conformaba con verla de lejos, brindar de vez en cuando con mi tarro en alto, cruzar una o dos palabras de cortesía, pero nada más. Sabía que Anna había viajado, a pesar de su juventud, por casi toda Europa, y que estaba a punto de publicar su primer libro de poesía, cuyo nombre no podía ser más afín con su personalidad: Atardecer. Por esos días yo mismo comencé a escribir mis propios poemas. Confieso que eran realmente malos, carentes de ritmo e imaginación, pero los escribía con lo más profundo de mi ser, en los escasos tiempos libres que tenía entre consulta y consulta en la farmacia. Más que versos, parecían ladridos de desesperación traducidos (de manera inexacta) al idioma de los humanos. Ahí hablaba de mi desesperación ante la vida, de mis borracheras por la Nevski Propspekt, del odio ciego que sentía por los criminales que nos gobernaban, y de una forma cursi y bastante explícita, casi infantil, de mis sentimientos por Anna. Una noche que estaba más intoxicado que de costumbre, me armé de valor y me le acerqué con un montón de papeles en la mano. Se los di y le pedí que los leyera, para que luego me diera su opinión sincera. Me los regresó al día siguiente con una sonrisa cómplice que me hizo enrojecer de vergüenza, y grande fue mi sorpresa cuando descubrí que junto a mis hojas arrugadas había anexado un poema de su puño y letra, que en cierta manera contestaba a mi declaración abierta de amor. No podía sentirme más feliz. Comenzamos a salir juntos, a caminar a la orilla del Neva y a besarnos a escondidas detrás de los portales. En una ocasión nuestros paseos nos llevaron hasta el bosque Jimki de Moscú, donde Anna me retó a comer bayas que bien podrían haber sido venenosas, y donde hicimos el amor un par de veces. Pero lo que más me descontrolaba era que dentro del Perro ella volvía a ser igual de fría que antes, con una indiferencia olímpica hacia mí y el resto de los hombres; un aire de aburrimiento que, entonces yo no lo sabía, era una forma de disimular su tristeza. Y fue esa la causa que me obligó a cometer el error más grande de mi vida, justo la noche de mi cumpleaños veintitrés. Yo estaba ya harto de las burlas hacia mi persona, así como de la continua repetición de los apodos el Farmaceuta y el Mujik de boca de Kuzmin y del odioso de Jlébnikov, de modo que los dejé hablando solos, me levanté de mi asiento y crucé el salón para besar a Anna frente a todos, pensando quizá que si los demás se enteraban de que tenía algo que ver con la mejor artista de nuestra generación, la joya de la poesía rusa, la inalcanzable Anna Ajmátova, aquellos bribones me respetarían de una vez por todas. Tristemente ella no sólo rechazó mi beso, sino que además me abofeteó y me escupió en el ojo. Boris Pronin, dueño del Perro Vagabundo, y tres de sus gorilas, me arrastraron hacia afuera de la taberna, entre codazos y patadas. Nunca más volví a ver a Anna. Poco tiempo después me enteré que se casó con su novio oficial, uno de los peces gordos del acmeísmo, y que estaba embarazada. Yo por mi parte renuncié a la farmacia, dejé la poesía y me dediqué a vagar por el país, del Daguestán a Siberia, de los Urales al Mar Caspio, y luego de vuelta a San Petersburgo. La guerra estalló a los pocos meses, sumergiéndonos en un clima de oscuridad que no tiene caso describir aquí. Se murió el amor y se hicieron más fuertes los deseos. La ciudad dejó de ser lo que era, y todos mis amigos se fueron dispersando. Había veces que ya ni siquiera podía reconocerme a mí mismo reflejado en el espejo. De tanto observar paisajes veloces por la ventanilla de un tren, mi rostro también terminó por cambiar.











Dialéctica interplanetaria

Es la historia de un marciano. Un marciano que cierto día, motivado por deseos colonizadores  y ansias de poder, decidió viajar a la Tierra con el fin de estudiar más de cerca a la peculiar especie humana, y así comprender mejor su comportamiento, para más tarde organizar una expedición de sometimiento armado que conociera de antemano sus puntos débiles y resultara exitosa. Sin duda se trataba de un viaje lleno de peligros, ya que no se limitaba al simple sobrevuelo de la estratosfera terrestre (una de las actividades favoritas de los jóvenes habitantes del planeta rojo, quienes todos los días de fiesta, desde épocas remotas, acostumbraban pasearse a bordo de sus coloridas naves espaciales por el cielo nocturno del planeta azul, para jugar a las escondidillas y coquetear de vez en cuando con los telescopios de la NASA y las cámaras de uno que otro video-aficionado insomne y con problemas de personalidad). Pero no, esta vez era diferente. Se trataba sin duda del viaje más arriesgado en la historia del planeta Marte, ya que en esta ocasión el descenso representaba una intromisión directa con el entorno terrícola, con su clima y su cultura, así como una imitación de sus usos, costumbres y lenguajes. Para ello, nuestro personaje tuvo que disfrazarse con un recubrimiento de carne y piel diseñado por los más grandes científicos de la galaxia, con el fin de poder moverse a gusto por la superficie terrestre y no ser descubierto. Lo que más le sorprendió fue lo cansado que resultaba eso de caminar, puesto que él, acostumbrado más bien a levitar, tenía que hacer un esfuerzo increíble para vencer la fuerza gravitacional que lo obligaba a separar sus pies falsos del suelo y colocarlos nuevamente unos cuantos centímetros más adelante. Aún así logró acostumbrarse al proceso y se dedicó a vagar por varias ciudades, disfrutando de los paisajes ricos en flora y fauna de diversas zonas geográficas, todas ellas bastante vistosas y agradables, nada que ver con el desierto infinito de su planeta de origen. De esta forma, el marciano vagó, durante meses, por tierra, aire y mar, disfrutando de cada nuevo lugar que conocía; por supuesto también se dedicó al ocio y las actividades recreativas: fue al cine, al teatro y al futbol, se emborrachó, tuvo sexo, hizo varios amigos y no pocos enemigos. Digamos que hasta llegó a encariñarse con este extraño mundo. Un día, cuando ya casi había recolectado todos los datos necesarios para su misión de conquista, entró a una biblioteca a hojear sus libros favoritos por última vez. Sus obras preferidas eran las de ciencia ficción, que le parecían increíblemente cómicas. Imaginaba a Bradbury, Lem, Wells y a Philip K. Dick como verdaderos genios de la comedia, amarrados a sus escritorios día y noche, tratando en vano de poner en orden sus solipsismos y ataques de clarividencia en cuadernos emborronados y mugrosos. No obstante, le caían muy bien. Sin embargo, ese día comenzó a hojear otro tipo de textos, principalmente de política y economía, dos temas que le causaban poco interés, pues en su planeta los problemas de esa naturaleza se solucionaban de forma armoniosa y casi higiénica: los pobres eran pobres y los ricos eran ricos; así había sido desde siempre, y así tendría que ser por la eternidad. Caminaba entre los anaqueles, distraído, cuando de pronto un libro en especial llamó su atención: era El Capital, de Karl Marx. Lo hojeó un momento y se quedó boquiabierto. Todos esos conceptos, nuevos para él hasta entonces, absorbieron su cerebro como por obra de una especie de abducción. ¿Materialismo histórico? ¿Enajenación? ¿Plusvalía? ¿Propiedad privada? ¿Lucha de clases? La emoción fue tal que decidió leer a detalle los tres tomos completos, aplazando por tiempo indefinido su regreso a Marte. De ahí pasó a otros libros, el Manifiesto Comunista, Lenin, Gramsci, el Che, Gadamer, El Libro Rojo de Mao, Raoul Vaneigem y hasta Guy Debord. Llegó a la conclusión de que sus planes de conquista estaban terriblemente equivocados. ¿Qué derecho tenía él, simple habitante de un paraje desierto, de someter a un pueblo tan rico en recursos naturales, pero mucho más jodido que el suyo en cuanto a armas de destrucción masiva y métodos de conquista? Partiendo de una postura de dialéctica interplanetaria (algo que aprendió bien de Hegel), concluyó que los terrícolas representaban al proletariado del sistema solar, mientras que los marcianos eran el equivalente a la burguesía, con sus naves de último modelo y su tecnología de punta. En un arrebato de entusiasmo, decidió que aún era posible rectificar su postura y unirse a la causa de los desposeídos. Decidió revelar su identidad a los humanos, y una vez prevenidos, unir fuerzas para comenzar la revolución armada y conquistar lo que por derecho les pertenecía: el control del universo. El resultado, como era de esperarse, fue desastroso. Poco después de despojarse de su disfraz y presentarse tal como era ante los representantes políticos de la izquierda terrestre, el marciano marxista fue apresado por el ejército de los Estados Unidos, sometido a torturas y finalmente ejecutado y momificado para su exhibición en los escaparates de un prestigioso museo de cera. Y una vez más el pueblo, aquel pueblo humano por el cual él sacrificó su vida y sus conocimientos, no fue capaz de mover siquiera un dedo. Siguieron así, como siempre, atados a sus propias existencias conformistas y efímeras: perdidos en la paradoja de vivir alienados dentro de su propio planeta.
















Trakl

Arañas buscaban mi corazón. Una luz se apagó en mi boca. Me asomé ahí, al punto donde lo rosa desaparece y cede paso al negro, cada vez más profundo mientras seguía avanzando. Noche cerrada: una fosa común cavada por el viento. Dulce era entonces caminar por el desierto crepuscular, entrar a un bar y pedir una cubeta de chelas bien frías, terminar con el plato de cacahuates y esperar a que lo volvieran a rellenar. Dulce era salir a la hora indecible, tambalearme bien pedo entre los árboles pelones y tentar al canal de aguas residuales que se esforzaba por mostrar algún contorno, el andar del caminante que serpenteaba hasta perderse a lo lejos. Pero más dulce incluso, más dulce que el veronal, el cloroformo y la adormidera, más dulce que todo eso era no haber nacido. Oír el llamado de los nonatos apenas perceptible con el correr de los años, pero siempre presente. Alucinaciones sonoras: el tañer de una campana que no cesa; los corridos de Ramón Ayala y sus Bravos del Norte saliendo de las bocinas de una central camionera en llamas. Recordar otras noches, otras oscuridades más simples y más tristes, las de la niñez, cuando arrojaba granos de maíz para alimentar a las ratas. El callado olor a letrina, los silbidos de regocijo de esas peludas criaturas que serenaban mi propia alma. Hasta el instante en que sus chillidos de codicia rompieron la ilusión. Las ratas traspasaron el patio, invadieron los graneros, atacaron gallinas cuyos cadáveres recogerían al día siguiente, horrorizadas, las sirvientas. En la estampida demencial un roedor mordió la pierna de un caballo dormido. El relincho que surgió a continuación heló de tal forma mi sangre que tuve que correr de espaldas, semiparalizado, hasta subir las escaleras de caracol. Con el pulso alterado todavía, sentí cruzar por la puerta la sombra de la hermana. Febril, junté mis labios a los suyos, a los de Greta, tan buenota la condenada, y acaricié su cuerpo como en tantos otros juegos infantiles. Sólo al terminar pude mirarla a los ojos: en su rostro silencioso reconocí mi propio reflejo. La noche se tragó a la estirpe maldita, mientras mi madre, encanecida como la porcelana de sus figurillas, pasaba un plumero por enésima vez sobre su colección y los murciélagos estrellaban su cabeza contra el mosquitero… Sí, dulce hubiera sido no haber nacido, no conocer la culpa y aquellos insomnios que no acababan, dándome las tres escondido entre los negros tinacos de Rotoplas, escribiendo mis poemas y cantándolos en secreto a la luz de la luna, cuando una palabra más brutal brotaba de mis labios resecos: ¿aborto?, ¿parto? O cuando el Ángel Blanco, ya desde entonces, me cubría con sus alas manchadas de sangre. Cuando un productor millonario, le decían el Filósofo, financió mi primer disco bajo el sobrenombre de Jorge Trakaloso: La Canción del Retraído. El resto es la historia que todos conocen. Me hice el preferido de los narcos. Los capos me contrataban para sus fiestas y me regalaban cuernos de chivo bañados en oro; hasta una casa para vivir con la Greta me dieron, sin juzgarnos. Pero nunca soporté la visión de los cuerpos y su mutilación. La presencia de las fosas siempre me afectó, cuerpos apilados y devorados por las ratas insaciables, esas mismas ratas de mi niñez. Una noche igual a otras me uní al Club de los 27, cuando mi Ángel Blanco me llevó de la mano al lugar donde moran los que no han nacido y bailan al son de la tambora.





Vidas imaginarias (a la manera de Marcel Schowb)

Paco Stanley, orador
En su Dialogus de oratoribus, Tácito retoma la tesis ciceroniana sobre el goce que produce un buen discurso, posible únicamente si las intenciones del discursante obedecen a una pureza de corazón. Aristóteles, por su parte, brinda las bases que hacen de la Retórica un arte supremo; el estagirita señala, entre otros elementos, la transparencia del lenguaje, el ritmo, el patetismo y un conocimiento previo del público al que se dirige.
Fue Timón el Silógrafo, sin embargo, el autor que más influyó en Francisco Stanley Albaitero, joven y rollizo estudiante de Derecho, tanto por su acertado uso de la sátira y la burla, como por un amor hacia el vino y la bohemia inusual para su época.
Tras una breve carrera política, el recién graduado Stanley se desencantó del ostracismo de las asambleas y buscó nuevos horizontes para expandir su voz temperada. Grabó en disco sus declamaciones líricas. Personificó a clásicos de la dramaturgia española. Moduló su tono como maestro de ceremonias en concursos televisivos. Aceptó incluso la incorrecta pronunciación de su apellido, con tal de llegar a las grandes audiencias.
Su estilo era, ante todo, contundente. Frases cortas y certeras. Interjecciones nutridas del ingenio popular: ¡Ándale!, ¡Órale!, ¡Sáquese! o, de manera más autorreferencial, ¡Pácatelas! Su fama le generó enemistades gratuitas entre sus más allegados –dealers, edecanes, patiños resentidos–, quienes lo acusaban de déspota y egocéntrico, mientras él, ebrio en la avalancha de éxitos, canturreaba ante el espejo lo bonito que era y lo mucho que se quería.
Desde la cumbre de la ola, no se percató que sobre su cabeza volaban en círculos vultúridos, cada vez más cerca, pájaros carroñeros que compartían sus vicios y sus secretos, negros gallinazos que disimulaban su Danza de la Muerte con falsa camaradería y mandíbulas trabadas.
Veinte fueron los tiros que acallaron su mente y su corazón, motores de su incesante discurso, frenético soliloquio que lo distrajo cuando sus verdugos accionaban la emboscada. Contemplando con ojo glauco a través del rojizo licor, elevó un último brindis ante el auditorio repentinamente vacío y apuró la copa hasta las heces.

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Chalino Sánchez, poeta romántico
Muchos años antes de las hordas barbudas de hipsters, de las jainas con coronas de flores en la cabeza y de las banditas de rock inofensivo, Rosalino Sánchez Félix se presentó por primera vez en Coachella. Cierto es que llegaba de mojado, escondido en la troca de un pollero, y que no iba a cantar sino a trabajar en las pizcas, pero de cualquier forma su suerte parecía haber dado un giro. Huía de su natal Sinaloa, de la pobreza quemante y de la malilla. Cuando mató al buchón que violó a su hermana, comenzó a cargar un cuete y un fierro a cada lado del cinto, por si acaso. Pero lo suyo lo suyo no era la violencia, no de ese tipo al menos. Tenía el alma enamorada. Fue por las morritas que se hizo músico y consiguió grabar sus primeras canciones, a pesar de su voz desafinada y aguda. Fue por ellas, corazones tiranos, que se acostumbró a cruzar la frontera de ida y vuelta, para tocar en tugurios de mala muerte donde incluso le metieron una bala de prueba, como advertencia de lo que vendría después. Ya fuera al desierto o a los suburbios de chicanos, se le comenzó a respetar. Aunque iletrado, retomó la tradición de los trovadores medievales, narrando las hazañas de héroes mundanos con los que la plebada se podía identificar. Pero su alma gemela era, sin duda, el poeta decimonónico Manuel Acuña, de quien adaptó su Nocturno a Rosario; fue por ellas (porque eran varias) que entregó y perdió y se bebió todo de un jalón. En poco tiempo, y sin hablar explícitamente de drogas o narcos, dijo más sobre el tema que todos sus imitadores. Su cuerpo fue llorado a ambos lados del Río Bravo. También en eso fue pionero. 

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GG Allin, mesías punk
Al cumplir treintaitrés años, su padre soñó que Dios, desde el celestial trono, anunciaba la llegada de un segundo hijo varón destinado para cambiar a la humanidad y redimirla de sus pecados. A partir de entonces y hasta el alumbramiento, procuró no golpear tan seguido a su esposa, con tal de no privar al mundo, por accidente, de su nuevo salvador.
Jesus Christ Allin nació en New Hampshire, un pequeño estado al norte del país, cuyo lema –“Vive libre o muere”– buscó sintetizar dialécticamente como una filosofía de vida llevada al límite. Allí creció y le tomó gusto a las palizas de su padre, que lo obligaba a memorizar las Escrituras. Como en casa no había agua ni electricidad, pronto sufrió el asedio de garrapatas y experimentó con las variantes de suciedad en su organismo.
Su hermano mayor, entre balbuceos infantiles, lo rebautizó como GiGi. Su madre, a su vez, consiguió divorciarse de su profético marido y cambió legalmente el nombre del vástago; pero el estigma era ya imposible de borrar. El joven anacoreta desertó de la escuela y comenzó a congregar a sus discípulos, para cometer pequeños actos sagrados de vandalismo.
Los desheredados encontraron en él la Luz; escorias, asesinos, nazis y rednecks de Texas, parloteadores y rameras lo veneraron. Él se sacrificó por todos. Conoció la cárcel y el crimen. En un arrebato místico, percibió la música de las esferas. Sus parábolas trataban de acercar la Verdad a quien tuviera oídos para escucharla. Su voz fue solicitada por desequilibrados más jóvenes que él. J Mascis, guitarrista de mirada melancólica obsesionado con una musa rubia llamada Uma Thurman, predicó su evangelio.
Contra su cabeza afeitada a la manera de los monjes, estrelló cientos de botellas y micrófonos. Perseguido por los fariseos, el Mesías se rasgó las vestiduras, quedó completamente desnudo y se expuso ante los niños. Atiborrado de anfetaminas, whisky, heroína, laxantes y diuréticos, permitió que sus fluidos corrieran libremente, para lograr la comunión con sus seguidores. Por eso, al final del viacrucis de su inmolación, no hubo quien derramara una lágrima. Su cuerpo cubierto de llagas era el templo que se propuso destruir y reconstruir desde sus cimientos en sólo tres días.

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Luther Blissett, futbolista múltiple
La arena de Jamaica sintió sus primeras pisadas en pos de una pelota de trapo. Una tormenta tropical se levantaba a su paso, y más de una vez llegó a olvidarse de sí mismo y de su propio nombre mientras perseguía el balón y encaraba cualquier portería improvisada con palmeras cocoteras.
Aún era un niño cuando cruzó el Atlántico en busca de una vida mejor a través del deporte. Su velocidad no pasó desapercibida para los promotores, quienes lo ayudaron a subir desde el anonimato de las ligas juveniles a la gloria de la primera división inglesa. Ahí, en el Watford FC, club del afamado pianista Elton John, se hizo leyenda. Con la selección nacional de Inglaterra, se convirtió en el primer jugador de raza negra en marcar un hat-trick. Su ascenso fue meteórico.
Pero a los 25 años de edad, todo se torció. Su traspaso al AC Milán resultó un fracaso. Algunos dicen que fue confundido con un compañero, que alguien traspapeló su nombre –el mismo que él olvidaba mientras jugaba– o que fue víctima de una maldición. Lo cierto es que al llegar a Italia parecía otro. Las pelotas más fáciles se le iban entre las piernas, sus carreras parecían en cámara lenta, sus movimientos eran burdos y previsibles. En entrevistas, se quejó de no poder encontrar en las tiendas locales su cereal preferido. Tras cansarse de fallar goles cantados frente a las redes, la afición más radical comenzó a insultarlo con cánticos racistas; su nombre se convirtió en sinónimo de falla. Y cuando al fin pudo marcar, por poco se fracturó la rodilla al estrellarse contra el poste.
Regresó a Inglaterra por la mitad de dinero que habían pagado por él, y el resto de su carrera fue mediocre, un camino cuesta abajo sin vuelta atrás. Nuevamente y esta vez para siempre, su nombre dejó de pertenecerle, y le trajo cualquier cosa menos olvido.
De un día para otro, Luther Blissett se convirtió en un artista de performances. Después, cuando fueron detenidos doce jóvenes italianos por disturbios en el metro de Boloña, todos dijeron llamarse Luther Blissett. Las agencias de noticias comenzaron a publicar filtraciones de un periodista misterioso, un tal Luther Blissett cuyas noticias, reproducidas por los medios más respetables, resultaron ser falsas, desde la que hablaba de un chimpancé liberado de un laboratorio que ahora pintaba cuadros, hasta la de la quema masiva de un millón de libras en efectivo en la isla de Jura.
En 1999, un escritor nombrado Luther Blissett publicó su primera y única novela, Q, alabada por la crítica especializada. Y más tarde, un grupo indefinido de afiliados de nacionalidades diversas publicó el manifiesto del Proyecto Luther Blissett, el cual señalaba que “cualquier persona puede ser Luther Blissett, simplemente adoptando el nombre de Luther Blissett”.
Desde entonces, abogados, comediantes, escultores, entrenadores, corredores de autos, amaestradores de elefantes, mimos, buzos, diseñadores, electricistas, tragasables, zapateros y ventrílocuos siguen apareciendo por todo el mundo con ese viral nombre.
Los investigadores han llegado a teorizar que es probable que alguno de ellos sea incluso el original Luther Blissett, un antiguo goleador de origen caribeño que cierta vez hizo historia.

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Bob Ross, pintor
Desde la ventanilla de un aeroplano de la United States Air Force, el artista conoció su vocación. Sobrevolaba la zona boscosa de Alaska, en una misión de reconocimiento, cuando el sargento Robert Ross quedó maravillado ante la mezcla de luz y color que parecía no tener fin. Con lágrimas en los ojos, supo que el objetivo de su vida era tratar de imitar esa misma belleza. Eran los años 60, por lo que a nadie debe sorprender que su percepción se encontrara afectada levemente por los efectos tardíos de un ácido lisérgico.
Apenas aterrizar, renunció a su cargo y comenzó una larga carrera pictórica de la que nos queda un legado de más de 30 mil cuadros. Los estudiosos consideran su obra completa uno de los pilares de la cultura del siglo XX, junto con las sinfonías de Ray Coniff en el área de la música de cámara. Las comparaciones con los Maestros Antiguos fueron inevitables. Muchos hablaron del impresionismo de Claude Monet, de su predilección por los colores fuertes y la facilidad para pintar nenúfares y lagos en pocos trazos; de Seurat heredó la técnica de puntillismo, así como el dominio absoluto de su viejo pincel de abanico. Pero principalmente se le hermanó con el inglés William Turner –que hizo del paisajismo un arte mayor, retratando los elementos en toda su majestuosidad–, pues los biógrafos cuentan que éste tenía la costumbre de pintar al óleo con un afro que robó de la tienda de pelucas de su padre.
Amante de la naturaleza, Ross solía rescatar animales heridos y cuidarlos con devoción, desde mapaches y ardillas epilépticas hasta cocodrilos a los que les acondicionaba el jacuzzi de su casa. Curiosamente, a pesar de ser originario de las playas de Florida, pocas veces se atrevió a pintar el mar. Los bosques, en cambio, fueron su obsesión. Llegó a pintar tantos y en tan poco tiempo, que no le sorprendió cuando dentro de sus venas comenzó a crecer uno, al que los doctores erróneamente daban el nombre de linfoma. Miles de ramas y raíces brotaron de su sangre; piedras, nidos y madrigueras se hicieron sólidos en su pecho; su cerebro floreció como un jardín entero, lleno de luz de sol y uno que otro árbol feliz.





Damocles

Siempre es la misma historia: rasco mis bolsillos y encuentro lo justo. Un boleto que desaparece de golpe. Un torniquete con más recorrido que la Rueda de Ixión, cuyos millones de registros dactilares forman una película de grasa imperceptible a la vista. Bajo corriendo a gran velocidad por las escaleras eléctricas, atento al movimiento increíblemente coordinado de mis dos piernas: izquierda-derecha, izquierda-derecha, cada vez más y más rápido… Hasta que de pronto sucede. De pronto un flashazo semejante a un satori sacude mi cráneo desde adentro. Me veo a mí mismo, bajando por estas viejas escaleras automáticas, en el preciso instante que mi tobillo se tuerce por el esfuerzo y un fatídico traspié me obliga a rodar cuesta abajo… Pero, como ya dije, siempre es lo mismo. De modo que simplemente sonrío y deshago esa funesta visión tras leves parpadeos. No es nada raro. La verdad es que ya hasta me acostumbré. En mi mente me he visto morir cientos de veces, siempre de las formas más chuscas y violentamente absurdas que podrían ocurrírsele a un Tarantino o a un Robert Rodríguez, y siempre en los momentos más inoportunos. Lo mismo puede ocurrir cuando cruzo la calle que cuando ando en bici, o al destapar un licuado, o si saludo a mi abuelita. Es como tener adentro del cerebro un método de autodefensa que funciona a pesar de mí. O un vigía esquizofrénico que quiere protegerme del peligro, pero que solamente altera más mis nervios. Al principio utilizaba este don de manera consciente, cuando era un niño pequeño y pensaba que, para protegerme de la multitud de monstruos que me provocaban terror, debía aceptarlos sin más esperándome detrás de cada puerta cerrada, adelantándome así al pánico y ahorrándome de antemano la sorpresa. Por desgracia esta forma de razonar evolucionó negativamente, al igual que mis temores, por lo que ahora funciona a cualquier momento del día, sin consultarme siquiera, como una de esas alarmas parpadeantes imposibles de desactivar. Es por eso que cuando llego al andén, sano y salvo, no puedo evitar respirar aliviado. Pero entonces tengo que renunciar al alivio y voltear de reojo hacia el techo, por si las moscas. No vaya a ser la de malas que acabe igual que Damocles: bien ciscado y con una cicatriz de espada en el hipotálamo derecho como recordatorio de mis tiempos de confianza y vulnerabilidad. Nel, ni madres. Yo por eso no confío. No confío en ese reloj a medio pasillo que nunca da la hora exacta. No confío en esos chavitos descalzos, todos ellos provenientes de la sierra más pobre de Puebla, todos ellos sordomudos. No confío en esa señora aparentemente ciega que vende discos piratas y carga una bocina en su morral. No confío en la gente, ni en sus roces, ni en los vagones atascados: estoy seguro que con una pizca de Zyklon B que algún bromista dejara escapar por equivocación, bastaría para asfixiarnos a todos. Tampoco confío mucho que digamos en la línea amarilla de precaución: considero que debería estar mejor pintada y puesta unos cuantos centímetros más atrás. Se lo he hecho saber a las autoridades ya varias veces, pero hasta ahora no me han hecho caso. Al parecer soy el único pasajero que no sólo utiliza los buzones de quejas y sugerencias como escupideras o para tirar ahí mis colillas de cigarro y envolturas de cacahuates.





Dos minutos de amor

"Cada pestaña es un barrote de nuestra cárcel: uno se da cuenta apenas consigue entreabrir los ojos. Los brazos son anclas en lugar de remos; las piernas, grilletes recubiertos de óxido, hundidos en el fango de nuestra circunstancia. Dentro del cráneo, un ejército en miniatura de miembros del partido y falsos hermanos mayores, superyós entrometidos, obesos y corruptos policías del pensamiento. Para quien está despierto, escapar de ellos es una emergencia de vida o muerte, pero muchos que todavía insisten en dormir llaman realidad a su ilusión colectiva, a sus empleos estables, a sus noviazgos de muchos años, a su manía por videograbarse y documentarlo todo; claras muestras de un mal arraigado que les impide ser mejores: el temor irracional a ser vaporizados. Juntos luchamos y vencimos hace más de tres décadas, en el glorioso año de 1984, marcando el triunfo de la Hermandad y la Tierra Unificada... ¿Por qué entonces ese miedo absurdo a la libertad? ¿Por qué tanto odio en sus corazones? Ya no hay necesidad de vivir como mártires; dejemos eso a los disidentes del pasado, poetas geniales pero masoquistas como el gran Ampleforth, o a los miles de héroes anónimos que inspiraron nuestra revolución. Actuar contrariamente a lo que uno desea es doblepensar, y no es que sea ilegal o motivo de castigo, pero sí es innecesario por donde se le vea. ¿O es que de veras disfrutas hacer lo que haces, cumplir con una serie de tareas inútiles para perpetuar la fantasía del deber, desahogarte de vez en cuando con alcohol en las Casas de Victoria y realizar actos sexuales insatisfactorios y reprimidos, más por costumbre que por gusto? El único crimental —si se me permite la expresión— es no querer ser feliz, y eso es tan cierto como que dos más dos son cuatro. Purifícate. Destruye tu prisión corporal a golpe de besos. Fúndete en un abrazo nuevo día. Sonríe y sé optimista. Recuerda que sólo hasta que te atrevas a controlar tu presente, podrás controlar tu futuro..."

Fragmento de Dos minutos de amor, nuevo libro de autoayuda de Emmanuel Goldstein. De venta en librerías de prestigio.











Rayos X

Hay dos cosas que detesto en este mundo: una son las tarjetas de crédito; la otra, los molletes con queso. Ambas estás ligadas en mi cerebro con las glándulas productoras del asco, y su simple mención (no digamos ya su presencia) me remite al instante hacia aquella oscura época de mi vida de la cual guardo tantos recuerdos. Por aquel entonces yo tenía treinta y tantos años, y mi matrimonio comenzaba a desmoronarse. Varias veces había prolongado la decisión de estampar mi firma sobre la carta de divorcio, alegando no sé qué esperanza de que los problemas se resolverían de algún modo, y con la convicción de que debía seguir intentándolo por el bien de mis hijos. Ciertamente lo más importante del mundo eran mis cuatro pequeños.

Por desgracia, las diferencias con su madre, así como el trabajo absorbente que tenía a diario en el consultorio de Rayos X en el cual trabajaba, me impedía muchas veces estar cerca de ellos o asistir a sus eventos escolares. Y mientras que yo me rompía el lomo de sol a sol, su madre se daba la gran vida despilfarrando el dinero de las tarjetas de crédito que con tanto esfuerzo yo pagaba. Pero poco podía hacer para impedirlo, pues frente a la ley seguía siendo mi esposa y era mi obligación mantenerla. Lo único que podía hacer, en venganza, era gastar el dinero de la misma forma que ella y engañarla con todas las enfermeras y secretarias del consultorio que se me pusieran enfrente. Me compré trajes de marca, un auto deportivo y varios anillos de oro, y comencé a invitar a mis novias a bares y restaurantes lujosos.

Una noche que regresaba de cenar de La Chuleta Dorada con Lorena, mi novia en turno, encontré a mi esposa llorando. Me contó la historia entre moqueos: días atrás había sacado dinero del cajero automático, pero la tarjeta se quedó atorada; al principio se asustó, le avisó a un empleado del banco lo ocurrido, pero éste le dijo que no se preocupara, que no había mayor problema y que en unos cuantos días se la reponían; ella se fue muy contenta. Pero ahora el estado de cuenta estaba sobre la mesa y la deuda era millonaria.

No lo podía creer. Después de romper varios floreros contra el suelo e insultarla con todo el odio que cabía en mi pecho, llamé al banco para resolver el problema. Obviamente esas ratas no aceptaron lo del robo de mi tarjeta, y amenazaron con meter a la cárcel a mi esposa si no liquidaba el monto de alguna forma.

Encabronado tal como estaba, acudí personalmente a las oficinas del banco. Ése fue el peor error que pude haber cometido. Un par de policías me detuvieron a la fuerza y ya no me dejaron salir. Como me negué a firmar cualquier documento, fui traslado al ministerio público más cercano, y de allí al Reclusorio Oriente. Las cosas ocurrieron así de rápido como las cuento. De pronto ya era un preso más del Dormitorio 4, entretanto se resolvía mi situación.

Mis hermanos me consiguieron un abogado famoso por sus modales de perro de ataque, en el cual centré todas mis esperanzas. No me quedaba de otra. Traté de adaptarme lo más pronto posible a la vida del penal. Mi primer compañero de celda fue Mario Avellaneda, un guitarrista de trío que había salido varias veces en Siempre en Domingo, y que estaba en prisión por multihomicidio y lavado de dinero. Era un tipo bastante callado, con pinta de psicópata, pero me gustaba escucharlo tocar por las noches sus requintos amorosos y cantar sus madrigales. Lamenté mucho el día que un helicóptero del ejército llegó ex profeso para trasladarlo a un centro de máxima seguridad, debido a sus constantes intentos de motín.

Adentro del reclusorio conocí todo tipo de gente: desde criminales de cuello blanco hasta hijos de precandidatos presidenciales con tendencias homosexuales que mataron a sus padres para quedarse con la herencia. Pero con los que yo me juntaba principalmente era con los lumpen, los teporochos, los rateritos de poca monta que más tardaban en salir que en lo que ya estaban de vuelta. Muchos de esos ladrones aprovechaban su estancia en la cárcel para entrenarse en el gimnasio y mejorar su sprint y sus marcas de velocidad, a fin de que no los alcanzaran tan fácil la próxima vez que le arrebataran el bolso a alguna anciana indefensa.

Yo también me la pasaba todo el día en el gimnasio y jugando frontón por las tardes, como en mi adolescencia; nunca volví a estar tan marcado como entonces. Lo que más me sobraba, la verdad, era tiempo libre. Tomé clases de inglés, alemán y chino mandarín con un grupo de inmigrantes que hacían servicio social dentro del penal, y tras varios meses de clases llegué a hablarlos a la perfección (afortunadamente ahora los he olvidado por completo). También me la pasaba leyendo: mis hermanos me conseguían libros de autores que alguna vez estuvieron en la cárcel, nunca entendí bien por qué, quizá sólo para paliar mi sufrimiento al compararlo con otros; sea como sea, yo los terminaba casi siempre en una o dos sentadas. Así leí casi toda la literatura carcelaria posible, desde Memorias de la Casa Muerta de Dostoievski, Consolatio Philosopiae de Boecio, Mein Kampf de Hitler, Sade, Wilde, Genet, Revueltas, hasta El rock de la cárcel de José Agustín y los Cantares de Ezra Pound.

Me dejé la barba y tuve que modificar mis modales para ser respetado. Yo era bastante púdico y reservado, así que prefería bañarme con agua fría antes que compartir las regaderas con los demás presos, pero cambié de opinión un día que me quisieron atracar con cuchillo en mano mientras me enjabonaba la cara. Por fortuna allá adentro me hice amigo de varios matones hijos de la chingada, que me defendieron y abarataron a mi agresor. Me trataban con respeto y se referían a mí como el Doctor, además de acudir conmigo cada vez que tenían una dolencia, para que les diera consulta. A veces me ofrecían drogas, pero yo las rechazaba amablemente. También me ofrecían transexuales y drag queens, pero yo siempre pasaba de largo. Esperaba mejor los fines de semana para las visitas conyugales con Lorena, a quien por medio de un soborno había apuntado como mi esposa legítima en el registro del penal.

Extrañaba mucho a mis hijos, y a veces me ponía a llorar nomás de recordarlos. Tenía miedo de quedarme toda la vida ahí, o arruinar más mi existencia y perder todo lo que había conseguido con el sudor de mi frente. No obstante, las muestras de mi inocencia eran contundentes, debido a las pruebas periciales de grafoscopía, que no coincidían con las firmas con la que aún seguía gastándose el dinero, ni el hecho de que aún estando yo en prisión, siguiera precisamente gastándose el dinero de esa forma. Los del banco alegaron que yo tenía un cómplice afuera, y se aferraron a eso como último recurso, haciendo más lento el proceso.

En total el litigio duró un año entero. Cuando salí ni siquiera tuve el “usted disculpe” de rigor. Traté de reincorporarme a mi vida anterior, pero no pude. Al poco tiempo terminé divorciándome de mi esposa; también corté con Lorena y con mis novias anteriores, y tuvo que pasar mucho tiempo para que volviera a abrir mi corazón a cualquier mujer. Renuncié al consultorio y empecé una carrera por mi cuenta como radiólogo, hasta que tras unos años pude inaugurar mi propio gabinete.

Los recuerdos de mi estancia en el reclusorio me atormentaban de vez en cuando, pero yo trataba de no hacerles caso. Sobre todo llegué a odiar con toda mi alma la comida que me daban ahí dentro, el tradicional rancho. Generalmente era bazofia como platos de frijoles o molletes embarrados con queso. Su simple olor me inducía al vómito, y aún lo hace. Incluso hoy, después de tantos años, cada vez que voy a desayunar con mi familia a algún restaurante y mis nietos piden de casualidad un paquete de molletes júnior con forma de barco pirata, o cada que mis hijos se ofrecen a pagar la cuenta cargándola a su Master Card, yo no puedo evitar reírme de todos ellos, insultarlos, picarles las costillas, agarrarlos a zapes cariñosamente y disimular la nausea lo mejor que puedo.





Borracho soy un Derrida o un Foucault, sobrio soy un Wittgenstein

—¿Me explico...?
—No —dijo ella, a quien los nombres no le sonaban de nada.
Lo malo es que en ese momento, el Arrojanombres estaba sobrio (o crudo, más bien) y no pudo expresarse de mejor manera. No es que dudara de la inteligencia de ella ni de su propia elocuencia, sencillamente no sabía con qué palabras comenzar su explicación. Quizá pensó que era nula la posibilidad de darse a entender en aquel momento, así que prefirió guardar silencio.
Si hubiera estado imbuido todavía por los efectos del alcohol y las anfetaminas, seguro le habría soltado todo un choro acerca del porqué de sus repentinas desconexiones de Internet, sus cierres prolongados de Facebook y demás temores ontológicos, aunque supiera, en el fondo, que era igual de inútil.






Grunge is dead

Antena entrecerró los ojos y pronunció la palabra “mierda” tres veces consecutivas. Nuevamente el canal de videos MTV no transmitía videos, tan sólo reality shows que estimulaban el morbo. Con un sonoro “Al diablo” apagó el televisor. Se incorporó con haraganería. Bostezó exagerando el movimiento mandibular. Algunas lagrimitas risueñas anegaron sus pestañas; las desbarató con un dedo. Hizo tronar su espalda y nudillos con habilidad quiropráctica. Miró su reloj de pulsera: las cinco de la tarde. Faltaban sólo dos horas para el concierto. Es decir, descontando la hora que hacía de trayecto y la media hora que necesitaban para dizque ensayar y conectar instrumentos, tenía que salir de inmediato. Pero antes podía comer algo. Se puso los gastados tenis de lona sin necesidad de manos y caminó rumbo a la cocina. En la pequeña estancia desordenada continuó bostezando, como si sus bostezos fueran los últimos círculos concéntricos que produce una piedra caída en el agua.

Se plantó con desidia frente al refrigerador. Un Mabe tapizado con imanes de plomeros a los que nunca se había requerido, de pizzerías que quebraron hace años, de diminutos cascos con logotipos de la NFL que coleccionaba su hermano. No encontró gran cosa en la nevera: algunos vegetales incomibles y un poco de helado que consiguió raspar con una cuchara. En la mesa de mantel cuadriculado halló una caja de cereal con la imagen de un conejo antropomorfo y tomó dos puñados. También localizó un sobre de Kool-Aid sabor fresa, con el cual se tiñó el cabello, agachada en el fregadero. Tomó su guitarra con delicadeza. Era un regalo de navidad que le había dado su abuelo, pero estaba dispuesta a destruirla en el concierto de esa noche; seguro que el viejo no se enojaría. Se la colgó al hombro. Antes de salir le echó un último vistazo a la televisión: más y más mierda.

Afortunadamente el pesero no iba muy lleno, así que agarró lugar hasta atrás, junto a la ventana. Una señora muy obesa se sentó a su lado, pero al voltear y notar su rosácea cabellera, decidió moverse de asiento mientras mascullaba diosmíos. “Chale, qué ruca tan payasa”. El camión se detuvo en un semáforo. Durante un rato observó embelesada a unos chavos con máscaras de Memín Pinguín malabareando con naranjas. Eran buenos. Les aventó una moneda desde la ventanilla y todos los pasajeros la miraron como a un bicho desdeñable. Anochecía. El cielo se nubló. Un frío avieso se colaba lentamente al transporte, obligándola a enrollarse en su camisa de franela y coloreando sus mejillas. El camión se fue atascando. El olor a humedad y a sudor se hizo insoportable. Apestaba, y no precisamente a espíritu adolescente. Comenzó a chispear. El reloj marcaba las seis y todavía faltaba un buen tramo para llegar. Mentalmente maldijo a sus padres, por siempre argumentarle juntas de trabajo y cafés con las amigas con tal de no llevarla a sus conciertos.

Tarareando canciones de los Wipers y Bikini Kill, palmeando en un tambor imaginario, mordiéndose las uñas; así pasaba el tiempo. Nerviosa, se entretuvo viendo la escena de una tipa con la cabeza pintada de rubio que culpaba y zapeaba a un niño de unos trece años por haberle tocado los glúteos. Todas las pasajeras (excepto Antena) se solidarizaron rápidamente con la ofendida, insultando y manoteando al pobre puberto que lucía desconcertado. Aquel era un caos increíble que, entre la confusión, hizo que el chofer se estrellara contra la defensa de un taxi. El taxista bajó de su vehículo, pálido como un fantasma, y le gritó improperios al del pesero. Éste le dijo que la culpa no era suya y que le bajara de volumen a sus comentarios. Entonces el taxista, en un arranque de furia, intentó golpearlo, pero fue derribado fácilmente con un uppercut de su adversario. Sin embargo Antena ya no se enteró de más, porque empezó a correr. Llovía con ganas. Eran las 6:25.

Con el ruido de cláxones como fondo, cruzó las calles a toda velocidad. La guitarra le rebotaba rítmicamente en el dorso. El oblicuo aguacero le mojaba directamente la cara. De vez en cuando pasaba su lengua por las comisuras de la boca, donde resbalaba un sabor entre salado y dulce, mezcla de fresa, sudor y mugre. Por cerca de cuarenta minutos corrió bajó el aguacero, repitiendo un millón de veces, hasta perder el sentido, el primer poema que escribió Kurt Cobain, a los ocho años, en las paredes de su cuarto: I hate dad/ I hate mom.
Empapadísima y enlodada, llegó al fin al lugar donde su banda de grunge, The Dumbs, iba a ser telonera de un grupo de power pop llamado Los Caramelos o algo así. Puntual, a pesar de todo.

Primero creyó que sus ojos estaban obnubilados y por eso veía las luces apagadas. Pero no: las puertas del lugar estaban cerradas. El cartel que anunciaba el toquín había sido arrancado. Tiritando, aporreó el zaguán. Nadie. Sólo se oía a lo lejos el monótono aullido de un perro. “¿Qué chingaos?”. Estornudó estruendosamente. Maldiciendo, sacó el celular de la bolsa inundada de su pantalón. Le temblaban las manos. Tuvo que repetir varias veces el número que quería marcar. Suspiró y llamó. Uno, dos, tres, cuatro, cinco avisos…

— ¿Bueno?
 ¡Chucho! ¡¿Dónde están?!
— Eh… yo en mi casa… ¿por qué?
— ¡¿Por qué?!... pues porque no estás aquí… ¡Hoy es el concierto!
—Ah… el concierto, lo cancelaron… ¿no te dijo Carlos?
— ¡¿Cómo?!
— Sí, creo que porque hoy es el Informe de Gobierno… Bueno, luego te cuento bien, yo lo estoy viendo ahorita, tengo que hacer una tarea de ahí y...
— ¡Jódete!

Sin colgar el teléfono, lo arrojó a una alcantarilla abierta. Estaba furiosa. Tomó su guitarra y la destrozó contra un poste, hasta dejar sólo añicos. Las cuerdas una a una fueron reventando con un sonido metálico. Arrojó los restos hacia los cristales del lugar y rompió un vidrio. Una patrulla apareció en la esquina con la torreta encendida y tuvo que correr a esconderse en medio de una pila de botes de basura. Estuvo un rato con la cabeza refugiada entre las piernas. Cerró los ojos. Masticó un mechón de cabello que le caía en la boca. Esperó. Después de un tiempo todo estaba tranquilo, la sirena de la patrulla ya no sonaba. Lentamente se levantó. Miró su reloj: se le habían caído las manecillas. Empezó a reírse. Se río con ganas, tirándose al suelo, agarrándose el estómago con las manos. Un sentimiento de irrealidad la envolvió. Entonces dejó de llover. Sonriendo todavía, Antena se levantó y vio el arco iris blanco y negro que dibujaba la luna. Se fue caminando, volátil, pisando cada charco que le salía al paso.













Mon coeur

Ya sé que casi no nos conocemos y que todo esto parece una broma de cámara escondida, pero te aseguro que no lo es. Lo que te dije imprevistamente, frente a tu mal disimulada cara de asombro, fue cierto, te lo dije de corazón… ¡De veras!, nadie nos está grabando. Simplemente te vi aquí, sola, y pues me animé a hablarte. Van algunos días que te vengo siguiendo sin que te des cuenta, camuflándome con las piedras del suelo o disfrazándome de árbol, como en el kínder, cuando salí de escenografía. En serio. Por ejemplo: yo era ése tipo de ayer en el metro que leía el periódico y que tú no notaste. ¿Qué para qué lo hago? Pues para verte, claro. Me gustas y en verdad quisiera quererte. En serio, te miro y creo que no sería difícil. Tú en cambio lo dudas, me ves y crees que no tengo corazón. Sonríes y dices que estoy loco – pero ese no es el tema –. Me miras y desconfías. Tus ojos, tan lindos y dubitativos, tratan de indagar mi verdadero objetivo…, y no lo sé, tal vez te gustaría ver en mi lugar a un efebo, a una sonrisa Colgate, a una mirada holográfica y metrosexual. Mi rostro no me ayuda mucho para eso de las relaciones sociales. Lo sé. Ya he pensado en un trasplante de cuerpo, claro, por eso pensé en el tuyo… Todavía creo en los milagros, como dice aquella canción de los Ramones. ¿No te gustan?, bueno, nadie es perfecta, je je... Pero creo que no deberías fijarte mucho en esos detalles, digo, hace muchos años que la fisiognomía fue desechada por la comunidad científica. Además, no soy un adefesio. No soy un elefante. Incluso, como John Merric, también tengo sentimientos. Podría ser detallista y agradable. No trato de convencerte de nada, no, no es mi estilo, pero puedo jurarte que tengo corazón: en él hay coágulos incipientes de vida; ahora mismo lo siento latir. Puedo ser sociable y risueño si quieres. ¿Qué dices? OK, dices que lo pensarás, que tienes que irte… ¡Espera un poco más! Mira, por suerte traigo mi navaja de bolsillo. No te asustes. Abro el surco de mi pecho para ti. Mira nomás, nomás comprueba, sin compromiso. Mi corazón suele estar aquí. ¿Puedes verlo? Mi corazón sale tímido, mojado y enfermo, como un pajarito tísico, como un petirrojo triste. Tosiendo, te canta una canción de amor en pésimo francés. Sólo para ti. Una canción de amor. En francés. Sólo para impresionarte.











La de ocho columnas

No iba a quedarme sentado con los brazos estériles sobre la mesa de aquel sucio café de la avenida Juárez, viendo cómo los periodistas jóvenes me robaban el mandado. Limpios, sonrientes, bien alimentados. Caminando siempre de aquí para allá con sus aparatos electrónicos de última tecnología, con sus redes sociales conectadas día y noche, con sus eternos boletines informativos rolando de mano en mano como rollos infinitos de papel higiénico en una convención diarreica de pobres diablos. 

De un tiempo a la fecha me había visto superado por sus nuevos métodos de obtención de material noticioso. Yo, que crecí entre salas de redacción y máquinas rotativas, descubrí de pronto que mi sistema de trabajo estaba pasado de moda, obsoleto. Mis notas sencillamente dejaron de ser publicadas, u ocupaban espacios ridículos, peores incluso que los de los anuncios clasificados. Lejos quedaban mis épocas de semanas enteras con notas perfectas de ocho columnas; una colección legendaria con miles de titulares adornados con mi nombre debajo.

Todas las mañanas, de cara ante el espejo, rememoraba mi antigua gloria dentro de las salas de prensa nacionales. Nunca tuve que ir a una escuela: todo lo aprendí al vuelo, como solía decirse antes. Pero hacía mucho tiempo que mi ciclo de aprendizaje había concluido, y prefería el retiro a tener que adaptarme a ese ritmo actual en el que, consideraba, se pierde lo esencial a cambio de la inmediatez y la mediocridad. El espejo, por desgracia, no tenía mucho que decir a mi favor durante tales argumentaciones. Con mi calva, mis arrugas, mis ojos miopes y mi prominente estómago ulceroso a causa de las cincuenta tazas de café diarias, mi aspecto era el símbolo mismo del fracaso. 

Ni siquiera la imagen consoladora de una vaca sagrada; más bien algo parecido a una res enervada a medio camino del matadero al tambo de basura.   

Recordaba cuando el periodismo se trataba de buscar información de primera mano, de hurgar entre las piedras hasta encontrar una gema digna de mostrarse a la luz pública. Las notas eran únicas e intransferibles. Las entrevistas eran cara a cara, no esas maquinales ruedas de prensa de hoy en día. El periodista era, ante todo, un ser solitario que dependía de sus medios para desentrañar lo que hasta ese entonces aún permanecía oculto. Nada que ver con el exhibicionismo grotesco y banal de estas fechas.

Pero, como ya dije, yo no estaba dispuesto a quedarme sentado ahí, sin actuar. El valor para sobreponerse a las dificultades por insuperables que éstas parezcan es, ante todo, una de las características primordiales que debe tener todo periodista. Si no podía ganarles en recursos, al menos podría utilizarlos en mi beneficio para generar mi propio material.

Pronto definí el plan maestro. Con mi capacidad de observación (algo que esos listillos no podrán obtener ni en sueños), conocí sus modus operandi, sus costumbres y sus puntos de reunión. También sus relaciones, sus vicios y sus debilidades. En pocas semanas llegué a conocerlos a todos... quiero decir, a todos los periodistas jóvenes de la ciudad. Sin embargo, decidí no precipitarme e ir paso a paso. Me enfoqué en primer lugar en el que más antipático me resultaba, aquel que había llegado a ocupar mi puesto como reportero estrella en el diario donde tantas décadas había laborado.

Una noche, mientras bajaba de su carro rumbo a su departamento de soltero, luego de seguirlo por su habitual recorrido por varios bares del Centro, aparecí detrás de él como una sombra y sin pensarlo dos veces vacié el contenido de mi revólver sobre su cuerpo reporteril. Nunca en la vida había accionado un arma contra alguien, pero el gatillo cedió más fácil de lo que esperaba. Cuando la policía llegó yo ya había obtenido las mejores imágenes y tenía listo un reportaje detallado sobre el homicidio a la joven promesa del periodismo mexicano. Nadie al día siguiente tuvo un trabajo tan completo como el mío.

Mi segundo ataque ocurrió la semana siguiente en un motel de cinco estrellas, un doble homicidio que de paso sirvió para desenmascarar las infidelidades de uno de los periodistas supuestamente más respetables de la televisión con una de las modelos cubanas del momento. El tema dio mucho de qué hablar en los programas de chismes, y mi investigación fue reconocida, después de tanto tiempo, por mis colegas de profesión. Alabaron mi intuición, mi olfato periodístico, mi conocimiento del campo. Incluso comenzaron a llamarme el precursor de un nuevo género: "la nota roja de periodistas".

Entre más muertos, llegaron más trabajos, más premios y reconocimientos, más mujeres y dinero. Nadie tan eficiente como yo cuando de asesinatos de informadores se trataba.

Fui yo, incluso, el primero en manejar la hipótesis de un asesino serial. "¡Por supuesto!", dijeron todos, "¡cómo no se nos había ocurrido!". Una nueva clarividencia de mi parte.

Los índices de deserción en las universidades y escuelas de Comunicación han aumentado considerablemente en los últimos años, por temor a convertirse en alimento de tan aparatosas estadísticas. Creo que esa es, más que otra cosa, mi principal legado a la posteridad. A partir de ahora sólo los más arrojados serán quienes tomen el riesgo de elegir esta profesión, y yo sabré reconocer su valentía: a fin de cuentas, no soy un ser insensible y malvado por naturaleza. ¿Quién sabe? A lo mejor alguno de ellos finalmente se pone a trabajar y saca a la luz todo mi teatrito. 

Es algo de veras horrible, si me lo preguntan... A nadie, absolutamente a nadie ha sorprendido la muerte en cantidades industriales de periodistas durante estos últimos años: ni al gobierno ni a la sociedad civil. Eso, dicen, ya existía antes de que yo empezara mi labor, y seguirá existiendo cuando finalmente me jubile. Lo cual por cierto espero sea dentro de un par de años máximo, pues eso de escribir por las mañanas y salir a matar de noche es bastante pesado, y a mi edad ya no estoy para esa clase de desvelos.







Cumpleaños de un arrojanombres

Víspera de su cumpleaños veinticinco y el Arrojanombres sólo piensa en San Agustín de Hipona tachonando su C.V. antes de su primera entrevista laboral.

Piensa en la misteriosa dispersión de los átomos del Conde de Lautréamont.

Piensa en Jodorowsky quemando sus fotografías de juventud antes de largarse a París a buscar a los surrealistas y acabar como alumno de Marcel Marceau, y en Roberto Bolaño abandonando México para no volver jamás.

Piensa en Cortázar escribiendo eso de "tus ojos/ tus manos/ tu sexo/ tu blando corazón/ había que tirarlos/ había que llorarlos/ había que inventarlos otra vez."

Piensa en el primer viaje largo en carretera de Jack Kerouac, en el Porsche hecho mierda de James Dean y en la motocicleta destartalada del Che Guevara.

Piensa en Pico della Mirandola, encarcelado por saber más que los sabios y restregar en la cara del Papa Inocencio VIII sus 900 tesis.

En Baruch Spinoza expulsado y maldecido de la sinagoga.

Wittgenstein en el frente de guerra, masturbándose mucho y escribiendo poco, tratando de mantener un farol encendido en medio de la tormenta.

Simone Weil como obrera en París, el único heroísmo posible en un mundo infecto.

El Cioran de El libro de las quimeras, sus kilométricos paseos de insomnio en bicicleta.

Piensa en los patines de Georg Heym y el hielo que se parte bajo sus pies: el último sonido que escuchó.

Piensa en Rimbaud, cuatro años sin escribir un poema, con las costillas destrozadas por su vicio de flâneur.

En Lee Harvey Oswald, famoso por su mal tino.

En Notorious B.I.G. y 2Pac y en un par de hologramas idénticos a ellos pero inmunes a las balas. En Cliff Burton conociendo al fin el significado del metal pesado.

La ruleta rusa para una sola persona de Johnny Ace; Frankie Lymon y su cara de eterno niño, una jeringa vacía que cuelga de su brazo.

John Keats en Italia, resentido y enfermo, con los ojos de una mujer en el pensamiento.

Y piensa por último en sí mismo, en su nombre que no dice nada.

Piensa en él y en ti, en todos nosotros, en los ojos de otra mujer incrustados en su mente y en el año indeleble que hoy termina.

Piensa en todo lo nuevo que viene y que ya se ha visto mil veces, en todo lo que ya pasó y está a punto de ocurrir.

A sus espaldas, un viento extraño apaga de golpe las veinticinco velas del pastel.














La vida de los globos

Fue a un costado de la catedral gótica de San Miguel de Allende Guanajuato, a la tierna edad de cuatro años, cuando mi padre se acercó a mi rostro todavía mojado por las lágrimas, me tomó de la mano, me dijo “deja ya de estar chingando” y me compró mi primer globo.

Lo recuerdo perfectamente. Se trataba de un bonito y aerodinámico modelo de Pedro Picapiedra a bordo de su Troncomóvil, con un largo cordón de cáñamo que mi madre amarró con fuerza a mi dedo índice para que no se me volara. Era ese extraño vértigo, el pensar que de un momento a otro podría desatarse el delgado lazo que me unía con mi nuevo tesoro, desprendiéndose del resto de mi cuerpo como si fuera mi alma al morir, para elevarse lejos del alcance de mis brincos y perderse entre las escasas nubes del Bajío y los aviones lejanos, lo que más me aterraba y me hacía cuidarlo con total devoción.

Día y noche lo protegía de todos los peligros que había dentro y fuera de mi cuarto (alfileres, lápices, clavos, focos calientes, zapatos, etc.) y lo sacaba a pasear con orgullo por las tardes, amarrándolo con tal fuerza que mi dedo índice quedaba amoratado por la falta de circulación sanguínea.

Lo que no sabía, pues nadie me dijo, era que incluso llevando una vida más o menos terrenal, llena de cuidados y atenciones, de igual forma mi globo terminaría pereciendo al cabo de unos meses. Falleció de causas naturales, sin sufrimiento. Sencillamente se fue desinflando poco a poco, y los brazos robustos de Pedro Picapiedra, otrora rígidos y dispuestos siempre al abrazo amigable, se dejaron caer en un gesto de resignación que ni siquiera su sonriente y barbudo rostro, ahora aplastado y marchito, pudo desmentir. Traté de reanimarlo de algún modo, aplicarle las técnicas de respiración boca a boca que nos habían enseñado en el kínder, intentando con toda mi desesperación infantil devolverle las energías y las ganas de volar, pero fue inútil.

Aquel día comenzó una larga lista de incidentes trágicos con globos que manchó toda mi niñez y mi adolescencia, y que incluso hoy, tantos años después, aún sigue atormentándome. No importa qué tanto los cuide o los evite, los globos siempre llegan a mis manos, e irremediablemente acaban ponchándose, aguadándose o algo peor; y yo, que tontamente no puedo dejar de encariñarme con ellos, termino siempre hecho un mar de lágrimas, mientras los jirones de plástico parecieran llorar conmigo, debido a las grandes cantidades de saliva que quedan almacenadas en su interior.

Sobra decir que, a causa de esta maldición, toda mi infancia resultó un infierno. Lo peor eran aquellas fiestas infantiles en salones alquilados, donde un maldito criminal disfrazado de payaso se encargaba de repartirnos globos con formas de animales vivos, convirtiéndose doblemente en asesino, pues no sólo provocaba el sacrificio inútil de un globo común y corriente, sino que además lo dotaba de la naturaleza de un perrito, un canario o un rinoceronte. Y eso para mí era una auténtica pesadilla, pues además de los globos, ya de por sí salados, la mala suerte también me acompañaba con las mascotas, que siempre que llegaban a mis manos terminaban muertas… Conchis la tortuga, por ejemplo… O los pollitos de colores Camilo y Camila… O Saruman, el pez beta al que una mañana de navidad encontré flotando boca arriba en su pecera transparente…

Y obviamente que yo, asqueado de los payasos matones, de los niños idiotas y de las mascotas suicidas, terminé negándome a ir a cualquier fiesta infantil, lo cual me ganó varios rechazos por parte de mis compañeros, ganándome la fama de ser un ente antisocial y resentido con todo el mundo. En los Días de Reyes Magos me negué también a enviar mis mensajes de manera aerostática. En lugar de eso, luego de escribir mi pliego petitorio de juguetes y dulces, subía a la azotea de mi casa con un encendedor o unos cerillos y le prendía fuego al papel mientras en mi imaginación me parecía ver cómo el humo se elevaba formando en el aire las letras que yo había escrito. De cualquier forma, esos tres estafadores nunca me traían lo que yo les pedía.

Así pasaron los años y yo seguí creciendo, expandiéndome, como si alguna fuerza invisible me echara aire a través de un pivote. Un día, cuando tenía quince años y era un adolescente taciturno de cabello largo y ropa siempre oscura, fui a un concierto masivo de rock con mi novia. Recuerdo que estaba en pleno baile cuando de pronto llegó hasta mi lugar un preservativo inflado y amarrado con un nudo en el extremo. Era realmente un hermoso condón: transparente y brillante, semejante a una medusa. Pero justo cuando intenté tocarlo, fascinado por su forma y su color, el látex reventó en mis dedos y golpeó el rostro de mi novia, dejándola temporalmente ciega. A partir de ahí me transformé en un fanático del sexo sin protección.

Ahora estoy a punto de cumplir cuarenta años, soy soltero y no tengo mascotas. A veces sueño que el fantasma de Cantolla me persigue y que los hermanos Montgolfier intentan arrojarme al vacío en alguno de sus experimentos. Luego despierto y me acuerdo de San Miguel de Allende, de ese hermoso cielo limpio y despejado.













Mañana en la nota roja

¿Escribir? No, gracias. Ahora simplemente quisiera ahorcarme y acabar con esta farsa de una buena vez. No creo que sea tan difícil: ya antes lo he intentado con mi corbata de rombos, sobre todo cuando volvía a casa, ebrio y defraudado, de las citas de trabajo de las que siempre me rechazaban. Pero no me quejo; si acaso preferiría tener a la mano un cuchillo, o un revólver. Un revólver, sí, de preferencia. Casi puedo imaginar el contacto fresco del cañón sobre mi cráneo enfebrecido, ese que prematuramente se ensució de canas y que ahora tiembla y palpita y siento a punto de reventar en un millón de fragmentos. Ni modo. En cambio tendré que conformarme con este inmundo mecate que robé del tendedero de una vecina, y que me espera en lo alto de una viga, inmóvil y extendido, listo para que lo anude con fuerza a mi cuello mugriento. Ya qué le hago. Tal vez mañana alguien descubra la piñata en la que habrá de convertirse mi cuerpo y, tras comprobar que no poseo nada valioso, avise a la policía. Acordonarán la zona; interrogarán a mis vecinos; conjeturarán en vano posibles causas; me arrojarán a las ratas; me olvidarán. Probablemente algún periodista mediocre se encargue de mi caso y describa mi muerte en uno de esos diarios amarillistas, con una pésima redacción y un manojo de frases hechas. ¡Hasta yo podría hacerlo mejor, estoy seguro! Pero no, no, no, que lo haga otro idiota, otro al que todavía le guste romper los silencios incómodos con banalidades y gemidos del lenguaje. Yo ya dejé eso. Nunca más me sumergiré en esa ciénaga. Ni siquiera pienso dejar una nota suicida al estilo de Pito Pérez o Gherasim Luca, culpando a medio mundo y justificando de manera ridícula lo que es obvio. No, gracias, en serio, pero no… Lástima que cuando tenía veintidós años yo no pensaba así. Había leído tanto que creía que podía convertirme en un escritor reconocido, e incluso tenía el descaro de llamar “influencias” a mis autores preferidos. No era un capricho o un súbito desplante: lo sentía en las venas. Por eso leía todo el tiempo, en los camiones, en los parques, en el baño, cualquier libro que cayera en mis manos. Leía hasta el amanecer, cuando mis ojos enrojecidos estaban circundados de profundas y negras ojeras. En la escuela me volví un sujeto bastante retraído, la mayoría de las veces no asistía a clases y cuando iba no hablaba con nadie, ni participaba, generalmente me sentaba hasta delante, cerca de la puerta, para huir en primer lugar. Cuando tocaba formar equipos para exponer yo me quedaba quieto en mi asiento; ya después el profesor o la profesora en turno me asignaba compañeros, pues siempre había los que carecían de algún integrante. Yo hacía lo que me ordenaban y ya. No los acompañaba a sus fiestas ni a sus reuniones. A veces me daba sed y entraba a algún bar solo, pedía una cubeta solo, me emborrachaba solo y me iba solo. Obviamente comencé a ser señalado y a reprobar materias. Pero ya no me importaba. Dejé la carrera de Derecho cuando sólo me faltaba un semestre para acabar y se lo comuniqué a mi familia. Por supuesto, a ellos no les causó ninguna gracia: mi madre lloró y me echó en cara todos los sacrificios que había hecho para darme educación de calidad, a pesar de la ausencia de una figura paterna en casa y de las múltiples penurias económicas; mi hermano me insultó con excesiva violencia, y trató de romperme la crisma con el bate con el que jugábamos de niños. Resolví el asunto de golpe, mandándolos para siempre al cuerno. Sabía que un escritor debía ser más fuerte que sus falsas percepciones de palurdos. Y no estaba solo: tenía el apoyo de Susana, mi novia desde que éramos chavos. Cuando le propuse que dejara su casa y nos fugáramos para iniciar juntos una nueva vida, aceptó sin vacilar. Siguiendo mi ejemplo, abandonó su carrera para secretaria bilingüe, y con un dinero ahorrado rentamos un apartamento amoblado. Comenzamos a frecuentar los cafés literarios de moda e íbamos al cine a ver buenos filmes. Susana comenzó a leer los libros que yo le recomendaba; yo me dejé la barba y comencé a fumar y a usar sacos con coderas. Hacíamos el amor al menos tres veces al día: éramos felices. Y aunque para ese entonces todavía no había escrito nada, sabía que no era por falta de capacidad. Lo que pasaba era que aún tenía la costra de la ordinarez adherida a mi imaginación. Necesitaba espabilarme, encontrarle nuevos sabores a la vida. Necesitaba viajar, coexistir con el peligro, como uno de esos poetas Beat que tanto admiraba. De modo que empezamos a beber en exceso y a experimentar con toda clase de sustancias. Varias veces nos encarcelaron por “faltas a la moral”. Corríamos a velocidades extremas por carreteras desconocidas, en automóviles de gente de las que apenas si sabíamos sus nombres. Fue por esa época que Susana quedó embarazada. Me lo comunicó con lágrimas en los ojos, contenta. La noticia por poco me hace desmayar. Yo aún no estaba listo para un bebé; quizá en el futuro, cuando mi primera novela estuviera terminada y con aceptación de la Crítica. Al menos hasta que fuera respetado y me invitaran a programas de televisión. Le propuse que abortara pero no aceptó, dijo que lo tendría con o sin mi aceptación. Después de analizarlo seriamente, decidí renunciar a ella, pues, aunque me dolía muchísimo, creía que esa era la forma en que tenía que actuar si quería conseguir mis sueños. Cuando Susana regresó a la casa de sus padres empecé a tomar y a drogarme en abundancia. Tenía veinticinco años y algunos bosquejos de cuentos que no lograba terminar. Eran proyectos interesantes, no lo niego, pero siempre los malograba con lugares comunes o una redacción que no causaba sorpresa a nadie. “Demasiado previsibles”, me respondían en cartas las revistas a las que mandaba mis trabajos, y que nunca aceptaron publicarme. Además, por esos días el dinero se me estaba agotando. Y no me iba a rebajar a pedirle prestado a mi madre o a mi hermano, después de tres años de no tener contacto con ellos. Pero, sin duda, lo que más me atormentaba era el remordimiento de haber dejado ir a Susana. Durante meses me la pasé borrachísimo, gorroneando a los pocos conocidos que me quedaban. Recuerdo que el día de mi cumpleaños veintiséis amanecí tirado en una acera. La dueña del departamento no me dio prorroga para que pagara mis deudas y me echó a la calle. Con una resaca terrible y sin un centavo en los bolsillos, decidí ir a vender los libros que cargaba en mi maleta. Me dieron cien pesos por todos: suficiente para un anforita de pésimo Bacardí y una torta de tamal de rajas. Todo estaba perdido. Sin embargo en ese momento una nueva esperanza nació en mi interior: creía que, si lograba sobrevivir a esas carencias, tendría el suficiente material para relatar mis hambres y desgracias de vagabundo, al estilo de Knut Hamsum. Estuve vagando durante casi seis meses, comiendo cualquier cosa, durmiendo en bancas de parques y bebiendo alcohol adulterado y barato. Una mañana desperté en un hospital y me dijeron que me habían atropellado, que alguien había avisado a la policía cuando me vieron tirado a mitad de la avenida y que me una ambulancia me llevó hasta el hospital; tenía las dos piernas fracturadas y graves signos de desnutrición. Sobreviví de milagro, me dijeron. Sí: ¡hablaron de un milagro! Me preguntaron si tenía familia y yo les respondí que no. Me preguntaron a qué me dedicaba y me dio vergüenza decirles que era escritor, así que preferí alegar que me dedicaba a la prostitución homosexual. Como no tenía con qué pagar la cuenta, rápidamente me dieron de alta. A duras penas si me facilitaron unas muletas. Salí cojeando, con yesos en ambos pies, y me vi de nuevo sin lugar adonde ir, lisiado y famélico. En esas condiciones no podía hacer nada, ni siquiera escribir. Como pude me arrastré hacia un centro de Alcohólicos Anónimos y pedí asilo. Después de varios meses mis pies sanaron por completo, así que me fugué. Me sentía renovado. Sin embargo mi alcoholismo no cesó. Al contrario: por ese entonces bebí más que nunca. Bebí litros y litros, de cualquier cosa que estuviera a la mano. Dos veces estuve al borde del delirium tremens, vomitando sobre mis escritos como un torrente merecido. Cuando ya no pude más con el hambre y las pulgas comencé a trabajar en un camión de la basura. Me dieron el empleo con la condición de que me mantuviera sobrio en horas de trabajo, algo harto difícil. Mi labor consistía en tocar la campana una cuadra antes de que el camión arribara a la calle, por lo que caminaba mucho. También me tocaba a mí separar los desperdicios orgánicos de los inorgánicos, y juntar las latas que se venden por kilo. Todos me cargaban la mano al principio, cuando era nuevo, pero con el tiempo me fueron tratando mejor. Hasta me pusieron un apodo: el Pinche Goyo. Yo los detestaba en secreto y todas las noches soñaba con matarlos, pero cuando me alburean y me zapean y me agarran las nalgas yo tenía que sonreír. Sonreía así, con esta repulsiva mueca que siempre he tenido, y que, según Susana, me hacía lucir carismático. Me daba asco de mí mismo. ¿Tan bajo he caído?, ¿de veras soy yo ese que iba directo a convertirse en el próximo premio Nobel de Literatura?, ¿de veras soy yo? Eso solía preguntarme cuando perdía la consciencia y espesas gotas de pulque resbalaban por mi boca chueca. Y así pasó el tiempo, los días, la vida, como un bostezo con los ojos abiertos. He intentado escribir más que nunca, pero tengo el cerebro totalmente seco, y sigo con el mismo defecto de la obviedad y la redacción monótona. También he intentando buscar otros trabajos, pero en los bufetes de abogados nadie cree que una piltrafa humana como yo haya pisado alguna vez suelo universitario. De Susana no sé nada, pero espero que esté bien. Tengo cincuenta y tantos años y mi vida está arruinada. Lo poco que gano lo gasto en alcohol y prostitutas. Estoy seguro que ni aunque me lo propusiera y dejara de beber durante un tiempo, podría costearme un arma decente para volarme los sesos. Pero no hace falta. Con este mecate, esta viga y esta silla bastará. La originalidad, ya se habrán dado cuenta, no es mi fuerte.








En sus propios nombres

(Homenajes breves a siete poetas, escritos únicamente con las letras de sus nombres)

ISIDORE DUCASSE LAUTRÉAMONT
Si el lector, enardecido como lo leído, encuentra en el anciano mar el asco necesario, entenderá el término del sudamericano, su deseo de ser cerdo.
Las matemáticas duras lastiman el cerebro; lo trauma la nausea, el suicidio real del océano, modelo de maldad.
La muerte sin memoria le dará la eternidad.

*
CHARLES BAUDELAIRE
Eres bella, Lesbia. Reluces al bailar cual diablo de burdel, Hades desearía esas alas.
Sudas sales, hiedes. Hueles la delicia de la dulce desdicha.
Ardes al aire, basura herbaria.
*
CHARLES BUKOWSKI
Recorre las calles, es L.A. Bebe, hace la charla, besa a la chica barrosa, la babea, la sabrosea, kilos le soba, cae sobre ella. Chusco borracho, sale al W.C. Roba, se burla, lucha... K.O.

*
JULIO CORTÁZAR
Juró cortar al azar, cual zar turco trazar la jauría, la rata atar al zoo. Azúcar, talco, oro roto: Talita, artículo al lujo. Tocar jazz, raro crótalo.

*
CÉSAR VALLEJO
Lloverá.
Allá, a lo lejos.
Salvaje caerá.
Carajo.

*
NICANOR PARRA
Nací parco. Nací cano. Nací porno, con poca ropa.
Ícaro, caí… Rancia oración para no orinar con canina opinión.
Corro, pico, rapo.
¿Nací? No: ronco.

*
PAQUITA LA DEL BARRIO
Quita la ropa, taquero.
Tira el bra, que ardo. 
¡Órale perro, aquí te la paro!
Pero qué te dura, puto.
Poquito pito.
Rata bípeda.






Hombre de letras

La primera vez fue mientras orinaba. Lo malo es que estaba tan ebrio que no lo notó. No notó, al tiempo que se sacudía las últimas gotas y jalaba la cadena del inodoro, que entre su resinosa orina flotaba una E mayúscula de color negro.

Para la segunda vez estaba más sobrio y sí se dio cuenta. Iba de camino a la casa de su novia Chabela, cuando tropezó de pronto con la raíz de un árbol. Rápidamente se incorporó, mirando en rededor, como en búsqueda de un testigo de su vergonzosa caída. Cuando se convenció de que nadie lo había visto, sacudió el polvo de su pantalón y descubrió una pequeña herida en su rodilla derecha. Junto a su sangre se habían adherido unas cuantas piedritas de colores. Decidió guardarlas en su morral.

Como era ya costumbre, cuando llegó a la casa de Chabela sus suegros lo recibieron de mala gana, pues aún no aceptaban la relación de su hija con “ese vago sin oficio ni beneficio”. Sin embargo, poco podían hacer para evitarlo, porque Chabela no era muy agraciada que digamos, además de que ya estaba en edad de vestir santos, y pues peor era nada.

Chabela, por su parte, saludó a Simón con un beso y exageró mucho cuando vio la herida en su pierna. Éste a su vez puso su rostro más ufano y dijo que no era para tanto. Aun así, Chabela se ofreció a curar y vendar el corte. Cuando terminó, Simón se acordó de las anómalas piedritas que encontró en el camino, y cuidando de que sus suegros no las vieran (“a lo mejor son valiosas”) se las mostró a Chabela. Como ella tampoco sabía qué eran esas cosas, acordaron ir al día siguiente con monseñor Hilario, párroco de Zacualpan del Río, para que los sacara de dudas.

Muy temprano por la mañana, Simón pasó por su novia y juntos enfilaron rumbo a la iglesia del pueblo. Era tan temprano que encontraron a monseñor Hilario tomando una siesta en el confesionario. Cuando despertó, éste alegó molesto que simplemente se encontraba rezando y les preguntó que querían. Simón sacó las extrañas piedritas y se las tendió. Después de analizarlas un momento, el cura frunció el ceño y le preguntó: “¿Estás tratando de tomarme el pelo…? ¡Pero si estas cosas sólo son letras!”.

“¿Letras?”, exclamó Simón sorprendido, y junto a su saliva brotó otro bonche de piedritas de formas extrañas... Minúsculas, mayúsculas, vocales y consonantes, todas de colores distintos… “No, padrecito, se lo juro, no le estoy tomando el pelo”, sollozó Simón, cada vez más asustado. “Entonces, ¿de dónde las sacaste, hijo? –preguntó el religioso con voz severa–. ¿Las robaste de una escuela?”. "No, se lo juro", dijo Simón.

De hecho, la única vez que Simón había estado en una escuela fue cuando aún era niño y su mamá, para darle la educación que ella no tuvo, lo llevó en burro al pueblo más cercano, donde había campañas de alfabetización gratuitas. Pero a pesar de (o quizá debido a) las palizas que le daba el maestro para que memorizara el alfabeto, Simón había decidido no volver nunca más, y odiaba todo lo que tuviera que ver con maestros y letras.

Por eso es que Simón no comprendía por qué le tenía que pasar eso justamente a él. Comenzó a llorar con ganas, y su llanto semejaba una amarga y tibia sopa de letras. Chabela también se puso a llorar, sin entender lo que estaba pasando. El cura por su parte calificó el suceso como “un milagro”, aunque luego cambió de parecer y dijo que era un castigo divino, y que Simón estaba pagando de esa forma por todos sus vicios y pecados.

Pero Simón ya no quiso saber más. Soltó un puñetazo en la pared y su mano se desmoronó como si fuera un montón de fichas de Scrabble. Salió de la iglesia entre maldiciones y corrió hacia su casa, dejando tras de sí una estela de puntos suspensivos. Estaba harto. No quería que Chabela lo despreciara por ser lo que era, ni que sus suegros lo obligaran a trabajar en un colegio como proveedor de letras para los estudiantes. No, cualquier cosa menos eso.

Llegó a su casa y se encerró con llave. Se miró en un espejo: su cara parecía un pliego de periódico mojado. Tomó su machete, el mismo con el que cortaba la maleza y las hierbas del campo, y se abrió las venas de un tajo. De lejos se oían los gritos angustiados de Chabela, sus suegros y monseñor Hilario, pero a él ya no le importaba nada. Chisguetes de frases y versos que él nunca había escrito ni leído brotaban de su cuerpo; arrojaba nombres y hermosos verbos a sus pies, mientras sentía como si se liberara. Cerró los ojos. Solamente recordó, un segundo antes de morir, al maestro de su niñez que lo azotaba con un cinturón diciéndole eso de que “la letra con sangre entra”. Se preguntó dónde estaría en ese momento aquel tarugo, para demostrarle lo contrario.






Ouroboros


“Los dos ojos se han convertido en uno. Todo se alimenta de esa mirada cambiante. Si este ojo se cierra un instante, todo dejará de existir. Por eso se le llama ojo abierto, ojo superior, ojo santo, ojo que todo lo ve, ojo que no duerme ni sueña, ojo avizor, integrante de todas las cosas…”
Zohar



Ni me digas, no empieces, ya sabes. Es la historia que se repite. Muchas veces quise cambiar de piel y mudar más de un rasgo de mi antiguo ser; reluciente quise abrir la mente al nuevo hábitat que me recibe en su núcleo cálido, como una serpiente deja su pellejo de invierno, o como Mariana me acostumbró a hacer cada cierto tiempo. Reinventarme. Huir de los lugares frecuentados. Suspender mis caminatas sin sentido, recorriendo de punta a punta la ciudad, hablando solo y acosado por limosneros mejor vestidos que yo que me piden dinero en cada esquina. Pero yo no poseo la fórmula mágica para un cambio así. El mero hecho de despertar aún me desconcierta: ser consciente del cuerpo como por vez primera, recibir la noción de las extremidades, el don del movimiento y el nombre propio (aunque sin los accesorios extra, de venta por separado). Ella, que parece dominar el ciclo mejor que yo, sólo tuvo que sonreírme para darle vuelta al engranaje, y de pronto aquí vamos otra vez, escalando en curva ascendente. La conocí en una de tantas tardes ociosas en la Biblioteca, mientras la miraba hojear un grueso tomo sobre la función de las células, sus citoplasmas y ribosomas, y mientras yo fingía leer los sonetos de Louise Labé. Su primera reacción al notar mi mirada fue hundirse más dentro de su libro, como ocultando un secreto de arcano, aunque de vez en cuando los ojos enormes de gitana (a lo Edie Sedgwick) volvían a elevarse como soles negros en cenit. Al final, tras darse cuenta de lo ridículo de aquella estrategia, la barrera terminó cayendo, dejando al descubierto esos labios sonrientes y esos ojos que, como dice la canción, me hicieron sentir esclavo y amo del universo. Fue ella quien me inició en los misterios del hermetismo, de la Cábala y los textos gnósticos. No como meros conceptos huecos o modas new wave, sino como práctica de vida y disciplina casi religiosa. Donde Hermes Trismegisto dejó dicho eso de que “como es arriba es abajo”, ella lo aplicaba con sabiduría durante nuestros encuentros entre las sábanas, infatigable y siempre imaginativa. Estudiaba Biología, decía, sólo para complementar o confrontar su aprendizaje autodidacta en Alquimia, su verdadera vocación y antigua profesión en vidas pasadas, según su carta astral. Fue ella quien me hizo leer las obras de Gerolamo Cardano, de Paracelso, de Ficino y sobre los misterios de los Rosacruz. Fue ella quien, para decirlo de una vez por todas, alebrestó mi evestrum para siempre. Me hablaba con pasión de María la Judía, y aplicaba sus procesos térmicos (como el baño que lleva su nombre) para cocinar los mejores platillos que he probado jamás; incluso llegó a darme a probar unos pasteles de chocolate con chispas de mariguana cultivada por ella misma, a los que ingeniosamente bautizó como raggamuffins. En ocasiones utilizaba mi cuerpo como objeto de sus experimentos: recuerdo esa vez me llenó la boca de glucosa y dióxido de carbono, para que al momento de besarnos sonara como esos dulces que truenan al probarlos. Su objetivo final, supongo, era la transmutación de mi espíritu, pero a fin de cuentas no era más que un aprendiz de bruja desatando tormentas que después no podía detener, una niña con un nuevo kit de Juguetes Mi Alegría que se aburría con facilidad de sus inventos. Su último acto  de magia resultó un vil truco de escapismo: entre mis dedos se volvió de humo sin saber si había sido real o no. No podía atarse a nada ni nadie, fue su única excusa. Cuando me di cuenta, ya estaba de nuevo solo, cayendo en curva descendente sin cinturón de seguridad, con los pies hinchados y llenos de ámpulas, vagando como antes por los alrededores de la Biblioteca, y siendo observado de cerca por un vagabundo que se apresuraba a extender la mano. Percibí su presencia mientras se acercaba sobre la misma acera. Tenía pinta de mendigo, la piel morena y cuarteada, olor a choquío, el cabello lacio y seborreico, pelos blancos y negros, casi ajedrezados, despuntando en una barba de pocos días. Hablaba en un tono bajo con un ligero acento. Tragaba saliva como si estuviera muy enfermo o a punto de echarse a llorar. Sabía que iba a pedirme dinero,  no había que ser un sabio para eso, pero me detuve por cortesía o por cansancio o por mera costumbre, aunque a una distancia prudente. Comenzó su perorata: “Perdón que lo moleste, joven... No se preocupe, no soy un maleante… Disculpe la pregunta, no sé si usted haya escuchado, tal vez por sus padres o sus abuelos, de un grupo, un conjunto peruano de los años setenta, Los Pasteles Verdes se llama... ¿Sí? Le comento que tal vez por sus padres los conoce porque usted es muy joven, seguro aún no nacía; hablo del tiempo de los Terrícolas de Venezuela, los Záfiros de Cuba, los Iracundos del Uruguay, los Ángeles Negros de Chile… Se lo pregunto porque yo soy de esa banda, ¿sabe?, nosotros somos de un puerto allá en Perú que se llama Chimbote… Bueno, pues verá, lo que pasa es que acabamos de llegar ayer, venimos a México a tocar en un festival en San Luis, pero yo aún no conozco esta parte de la ciudad, que según veo es muy peligrosa, ya que me acaban de golpear para quitarme mi dinero… y ahora estoy enfermo y debo comprar mis medicinas… y tengo también que juntar la plata para el camión a San Luis Potosí… No quisiera molestar, pero si pudiera ayudarme, joven, con cualquier monedita, de todo corazón…”. Aunque no le creí una sola palabra, aprecié su técnica de arrojanombres, el esfuerzo por inventarse una historia tan elaborada. Me hubiera gustado seguirle la corriente, preguntarle qué instrumento tocaba él, cómo se llamaba, si me podía dar un autógrafo. Le habría preguntado qué pensaba del panorama del rock peruano, si de joven le gustaban Los Saicos o si le gustaría colaborar con Wendy Sulca. Le hubiera preguntado cuál era el origen del nombre de la banda, y si por casualidad tenía algo que ver con mariguana y repostería. Pero la verdad es que hubiera sido como tomarme el pelo a mí mismo. Le respondí con franqueza que no tenía tantos problemas como él, pero que ahora mismo dinero era con lo menos que podía ayudarle, y le deseé suerte. Se fue sin decir nada, visiblemente frustrado por las palabras y los nombres gastados en balde. Después de un largo rato sin moverme, viendo cómo desaparecía en una esquina, yo también seguí adelante.