jueves, 21 de agosto de 2014

DOS MINUTOS DE AMOR

"Cada pestaña es un barrote de nuestra cárcel: uno se da cuenta apenas consigue entreabrir los ojos. Los brazos son anclas en lugar de remos; las piernas, grilletes recubiertos de óxido, hundidos en el fango de nuestra circunstancia. Dentro del cráneo, un ejército en miniatura de miembros del partido y falsos hermanos mayores, superyós entrometidos, obesos y corruptos policías del pensamiento. Para quien está despierto, escapar de ellos es una emergencia de vida o muerte, pero muchos que todavía insisten en dormir llaman realidad a su ilusión colectiva, a sus empleos estables, a sus noviazgos de muchos años, a su manía por videograbarse y documentarlo todo; claras muestras de un mal arraigado que les impide ser mejores: el temor irracional a ser vaporizados. Juntos luchamos y vencimos hace casi tres décadas, marcando el triunfo de la Hermandad y la Tierra Unificada... ¿Por qué entonces ese miedo absurdo a la libertad? ¿Por qué tanto odio en sus corazones? Ya no hay necesidad de vivir como mártires; dejemos eso a los disidentes del pasado, poetas geniales pero masoquistas como el gran Ampleforth, o a los miles de héroes anónimos que inspiraron nuestra revolución. Actuar contrariamente a lo que uno desea es doblepensar, y no es que sea ilegal o motivo de castigo, pero sí es innecesario por donde se le vea. ¿O es que de veras disfrutras hacer lo que haces, cumplir con una serie de tareas inútiles para perpetuar la fantasía del deber, desahogarte de vez en cuando con alcohol en las Casas de Victoria y realizar actos sexuales insatisfactorios y reprimidos, más por costumbre que por gusto? El único crimental —si se me permite la expresión— es no querer ser feliz, y eso es tan cierto como que dos más dos son cuatro. Puríficate. Destruye tu prisión corporal a golpe de besos. Fúndete en un abrazo nuevo día. Sonríe y sé optimista. Recuerda que sólo hasta que te atrevas a controlar tu presente, podrás controlar tu futuro..."



Fragmento de Dos minutos de amor, nuevo libro de autoayuda de Emmanuel Goldstein. De venta en Sanborns y librerías de prestigio.

miércoles, 13 de agosto de 2014

NUEVAS VIDAS IMAGINARIAS

(Marcel Schowb revolcándose en su tumba)



PACO STANLEY, orador
En su Dialogus de oratoribus, Tácito retoma la tesis ciceroniana de que el goce que produce un buen discurso sólo es posible si las intenciones del discursante obedecen a una pureza de corazón. Aristóteles, por su parte, brinda las bases que hacen de la Retórica un arte supremo; el estagirita señala, entre otros elementos, la transparencia del lenguaje, el ritmo, el patetismo y un conocimiento previo del público al que se dirige.

Fue Timón el Silógrafo, sin embargo, el autor que más influyó en el joven y rollizo estudiante de Derecho, tanto por su acertado uso de la sátira y la burla, como por un amor hacia el vino y la bohemia inusual para su época.

Tras una breve carrera política, enfundado en casaca tricolor, el recién graduado Stanley se desencantó del ostracismo de las asambleas y buscó nuevos horizontes para expandir su voz temperada. Grabó en disco sus declamaciones líricas. Personificó a clásicos de la dramaturgia española. Moduló su tono como maestro de ceremonias en concursos televisivos. Aceptó incluso la incorrecta pronunciación de su apellido, con tal de llegar a las grandes audiencias.

Su estilo era, ante todo, contundente. Frases cortas y certeras. Interjecciones nutridas del ingenio popular: ¡Ándale!, ¡Órale!, ¡Sáquese! o, de manera más autorreferencial, ¡Pácatelas! Su fama le generó enemistades gratuitas entre sus más allegados –dealers, edecanes, patiños resentidos–, quienes lo acusaban de déspota y egocéntrico, mientras él, ebrio en la avalancha de éxitos, canturreaba ante el espejo lo bonito que era y lo mucho que se quería.

Desde la cumbre de la ola, no se percató que sobre su cabeza volaban en círculos vultúridos, cada vez más cerca, pájaros carroñeros que compartían sus vicios y sus secretos, negros gallinazos que disimulaban su Danza de la Muerte con falsa camaradería y mandíbulas trabadas.

Veinte fueron los tiros que acallaron su mente y su corazón, motores de su incesante discurso, frenético soliloquio que lo distrajo cuando sus verdugos accionaban la emboscada. Contemplando con ojo glauco a través del rojizo licor, elevó un último brindis ante el auditorio repentinamente vacío y apuró la copa hasta las heces.


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CHALINO SÁNCHEZ, poeta romántico
Muchos años antes de las hordas barbudas de hipsters, de las jainas con coronas de flores en la cabeza y de las banditas de rock inofensivo, Rosalino Sánchez Félix se presentó por primera vez en Coachella. Cierto es que llegaba de mojado, escondido en la troca de un pollero, y que no iba a cantar sino a trabajar en las pizcas, pero de cualquier forma su suerte parecía haber dado un giro. Huía de su natal Sinaloa, de la pobreza quemante y de la malilla. Cuando mató al buchón que violó a su hermana, comenzó a cargar un cuete y un fierro a cada lado del cinto, por si acaso. Pero lo suyo lo suyo no era la violencia, no de ese tipo al menos. Tenía el alma enamorada. Fue por las morritas que se hizo músico y consiguió grabar sus primeras canciones, a pesar de su voz desafinada y aguda. Fue por ellas, corazones tiranos, que se acostumbró a cruzar la frontera de ida y vuelta, para tocar en tugurios de mala muerte donde incluso le metieron una bala de prueba, como advertencia de lo que vendría después. Ya fuera al desierto o a los suburbios de chicanos, se le comenzó a respetar. Aunque iletrado, retomó la tradición de los trovadores medievales, narrando las hazañas de héroes mundanos con los que la plebada se podía identificar. Pero su alma gemela era, sin duda, el poeta decimonónico Manuel Acuña, de quien adaptó su Nocturno a Rosario: fue por ellas (porque eran varias) que entregó y perdió y se bebió todo de un jalón. En poco tiempo, y sin hablar explícitamente de drogas o narcos, dijo más sobre el tema que todos sus imitadores. Su cuerpo fue llorado a ambos lados del Río Bravo. También en eso fue pionero.  


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GG ALLIN, mesías
Al cumplir treintaitrés años, su padre soñó que Dios, desde su trono celestial, le anunciaba que su segundo hijo varón sería destinado para cambiar a la humanidad y redimirla de sus pecados. A partir de entonces y hasta el alumbramiento, procuró no golpear tan seguido a su esposa, con tal de no privar al mundo, por accidente, de su nuevo salvador.

Jesus Christ Allin nació en New Hampshire, un pequeño estado al norte del país, cuyo lema –“Vive libre o muere”– buscó sintetizar dialécticamente como una filosofía de vida llevada al límite. Allí creció y le tomó gusto a las palizas de su padre, que lo obligaba a memorizar las Escrituras. Como en casa no había agua ni electricidad, pronto sufrió el asedio de garrapatas y experimentó con las variantes de suciedad de su organismo.

Su hermano mayor, entre balbuceos infantiles, lo rebautizó como GiGi. Su madre, a su vez, consiguió divorciarse de su profético marido y cambio legalmente el nombre del vástago; pero el estigma era ya imposible de borrar. El joven anacoreta desertó de la escuela y comenzó a congregar a sus discípulos, para cometer pequeños actos sagrados de vandalismo.

Los desheredados encontraron en él la Luz; escorias, asesinos, nazis y rednecks de Texas, parloteadores y rameras lo veneraron. Él se sacrificó por todos. Conoció la cárcel y el crimen. En un arrebato místico, percibió la música de las esferas. Sus parábolas trataban de acercar la Verdad a quien tuviera oídos para escucharla. Su voz fue solicitada por desequilibrados más jóvenes que él. J Mascis, guitarrista de mirada melancólica obsesionado con una musa rubia de nombre Uma Thurman, predicó su evangelio.

Contra su cabeza afeitada a la manera de los monjes, estrelló cientos de botellas y micrófonos.  Perseguido por los fariseos, el Mesías se rasgó las vestiduras, quedó completamente desnudo y se expuso ante los niños. Atiborrado de anfetaminas, whisky, heroína, laxantes y diuréticos, permitió que sus fluidos corrieran libremente, para lograr la comunión con sus seguidores. Por eso, al final del viacrucis de su inmolación, no hubo quien derramara una lágrima. Su cuerpo cubierto de llagas era el templo que se propuso destruir y reconstruir desde sus cimientos en sólo tres días.


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BOB ROSS, pintor


Desde la ventanilla de un aeroplano de la United States Air Force, el artista conoció su vocación. Sobrevolaba la zona boscosa de Alaska, en una misión de reconocimiento, cuando el sargento Robert Ross quedó maravillado ante la mezcla de luz y color que parecía no tener fin. Con lágrimas en los ojos, supo que el objetivo de su vida era tratar de imitar esa misma belleza. Eran los años 60, por lo que a nadie debe sorprender que su percepción se encontrara afectada levemente por los efectos tardíos de un ácido lisérgico.

Apenas aterrizar, renunció a su cargo y comenzó una larga carrera pictórica de la que nos queda un legado de más de 30 mil cuadros. Los estudiosos consideran su obra completa uno de los pilares de la cultura del siglo XX, junto con las sinfonías de Ray Coniff en el área de la música de cámara. Las comparaciones con los Maestros Antiguos fueron inevitables. Muchos hablaron del impresionismo de Claude Monet, de su predilección por los colores fuertes y la facilidad para pintar nenúfares y lagos en pocos trazos; de Seurat heredó la técnica de puntillismo, así como el dominio absoluto de su viejo pincel de abanico. Pero principalmente se le hermanó con el inglés William Turner –que hizo del paisajismo un arte mayor, retratando los elementos en toda su majestuosidad–, pues se cuenta que éste tenía la costumbre de pintar al óleo con una peluca afro que robó de la tienda de su padre.


Amante de la naturaleza, Ross solía rescatar animales heridos y cuidarlos con devoción, desde mapaches y ardillas epilépticas hasta cocodrilos a los que les acondicionaba el jacuzzi de su casa. Curiosamente, a pesar de ser originario de las playas de Florida, pocas veces se atrevió a pintar el mar. Los bosques, en cambio, fueron su obsesión. Llegó a pintar tantos y en tan poco tiempo, que no le sorprendió cuando dentro de sus venas comenzó a crecer uno, al que los doctores erróneamente daban el nombre de linfoma. Miles de ramas y raíces brotaron de su sangre; piedras, nidos y madrigueras se hicieron sólidos en su pecho; su cerebro floreció como un jardín entero, lleno de luz de sol y uno que otro árbol feliz.  

jueves, 19 de junio de 2014

SUELAS

Para Blanca González


Marchábamos hacia un impostergable barranco, mudos, solos; la hierba seca acariciaba nuestras suelas, los pasos aterrados gimoteaban impotentes. El gran desfiladero estaba a pocos metros, ni mil montañas se interpondrían en nuestro vano naufragio. Esa tarde me consentiría ver las demás caídas, mezquino me detendría un poco, justo antes de aventar mi existencia por ese inevitable abismo; contendría mi andar, sosegaría mis movimientos, los escasos segundos que me quedaban serían tardos, gordos, a lo más: un minuto. Allí, antes de vestirme con esa mueca de horror previa al vértigo, miraría a los lados, sonreiría de pánico, expondría mis viejos dientes al aire, una embustera lágrima humedecería una de esas almendras siamesas que tanto me habían mentido. Desesperados, los dedos de mis pies comenzarían a destrozar la parte frontal de los zapatos negros, dentro de esos viejos contenedores de extremidades, mis falanges escarbarían, buscarían hacer un camino. Usando esas amarillentas uñas largas roerían las paredes del zapato, se abrirían paso y, una vez expuestas a la luz, se encajarían a la tierra. Las garras perforarían el suelo, partirían pequeñas piedras para asirse unos segundos, como un ave a las ramas se empuñarían al filo del acantilado; sostendrían todo mi cuerpo, se doblarían por mi peso, pero aguantarían sin quebrarse; mis pezuñas, casi de madera, me regalarían decenas de segundos, tiempo suficiente para contemplarlo todo. Observaría a los millones de cuerpos arrojándose por el aire, trajes, faldas, pantalones, vestidos; todas esas personas cayendo deliberadamente en el filo de nuestro tiempo, internándose en un espacio sin fondo; nunca se percataban de lo ausente del suelo, mantenían su marcha, movían sus pies con normalidad; esos millones de rostros sonrientes caían, se desplomaban en el suicidio más pasivo. Moriríamos de cansancio, tanto andar por los aires nos exterminaría; cadavéricos buscaríamos nadar o volar, recordaríamos tal vez aquella hierba seca que alguna tarde lamió todas nuestras suelas.

miércoles, 7 de mayo de 2014

MEMORIA DE PERRO

Veo el papel higiénico ensangrentado.
No me duele el ano.
Asumo que la sangre vino desde algún intestino roto.
¿Ir al doctor? 
Me lo sé de memoria,
como poesías de Sor Juana 
memorizada para ceremonia de primaria:
Debes dejar de beber,
adiós al aceite 1-2-3.
Bicicleta...
Escojo comodidad.
Ni siquiera me disculparé con mi futuro yo.
Ese pendejo en ostomía de tres piezas.

domingo, 4 de mayo de 2014

DE PAR EN PAR

Mis mortuorios dedos sujetaban débiles el viejo lápiz, veía esas hondas marcas de mordidas en el metal que algún día sujetaron una goma; escribiría mi última carta, aquel sobre lo había guardado hace años entre mi libro favorito: El corazón de las tinieblas. El papel esperaba paciente a ser dibujado por la chata punta de mi lápiz, antes pensaba que me esmeraría mucho al hacerla, le pondría pequeños detalles, letras de molde, colores, copiaría una estilizada tipografía. Claro, el mensaje era lo más importante, pero quería algo más, deseaba que la carta estuviera lejos de lo precario, pretendía derrocar susceptibilidades. Siempre pensaba en el orden de los sucesos, cómo hablar de mi amor por ti sin extraviarme; en ella quería ceder, arriesgarme, no padecer. Era un cobarde, me ahorraba el fastidio al máximo ¿para qué sufrir? Sabía que debía darle cause a todo ese basurero oculto en mi cabeza, expulsar con el humo de las letras ese enjambre que me atormentaba. Pero ahora, tendido sobre estas ruinas sé que mi vida la tiré a la mierda, sólo debía haber escrito esa carta, entregarla y partir, eso por lo menos hubiera tenido sentido, sin embargo fue al revés: te desterré, te suplí con cosas, las cuales ahora están deshechas, “el mundo está lleno de arrepentidos”, decía mi madre, y yo aquí me deshago en magros arrepentimientos. Nada puede cambiar mi situación, la sangre ha empapado las mangas de mi camisa morada, recapacito en toda esa estúpida existencia sin riesgos, de empleos con salario fijo, miserables prestaciones, múltiples regaños, pantallas de plasma empotradas en la pared. Había sido un conformista y ahora me conformaba con este fétido suicidio, ni el amor me había salvado de mí mismo; sobrevivir era ya un puerto en llamas y aun así no quería ya nada sino morirme, pero no sin haber terminado esta maldita carta:


Sentirás la textura del bordado peruano, recorrerás con esos difíciles ojos de amblipígido el diseño del sobre. Esa forma de chullo te hará conocer mi afición por los sombreros; tu memoria se inclinará sobre esa vetusta noche en la que me dijiste: “tienes que ser mi novio”; recordarás que rodeados de fumadores de marihuana no contesté nada, me quedé pasmado, quería evitar sufrir y sufriendo me despedí de ti. Contabilizarás las pocas veces que me viste en tu vida y te preguntarás: qué hago yo aquí leyendo la carta de este bastardo engreído. El haber leído la palabra “bastardo” te hará querer leer más, y encontrarás palabras divertidas como: “imbécil”, porque también rememorarás esa cálida tarde afuera del Tren Suburbano, en la que ambos esperábamos una señal, un roce, una caricia y no hubo mas que un adiós. Se te ocurrió que tus fotos en Facebook con tu nuevo novio me harían apartarme aún más de ti, pero fue al revés, más desesperado terminé, y en el acto más estúpido dejé todo, hasta a mí mismo, tú sabes, para ceder, sólo así estaría tranquilo. Evocarás esa mañana cuando te dije que desde niño yo ya sabía que viviría el fin del mundo, y sabrás que así será, conocerás un inmenso mar de fuego sobre tu rostro, sentirás tus muslos y senos arder, derretirse, mirarás a las flamas masticando tus ojos, escasos serán los segundos de tu infinito dolor, y ya no serás más, ya no podrás conocer más, y yo estaré escondido en un lejano dique escribiendo esta carta con la venas abiertas de par en par, como puertas, o bocas de peces fuera del agua, desparramando ese pulque carmín que es la sangre.

sábado, 12 de abril de 2014

ALBERCAS

Algo extraño deben ponerle al agua de las albercas públicas. No me refiero sólo el tradicional cloro ni a los inevitables residuos urinarios, sino a algún elemento igual de imperceptible, algo que contiene una mezcla de altos porcentajes de alcohol, ácido lisérgico o quizá algún otro tipo de desinhibidor.
Apenas una de las extremidades del cuerpo se sumerge por completo en esa fuente de vida, el efecto ansiolítico comienza a hacer lo suyo, seguido de un fuerte sentimiento de euforia y confianza en uno mismo. Combinado con el calorón vespertino, este sentimiento se extiende entre los nadadores con la celeridad de una plaga micótica.
Observado desde afuera, el fenómeno no siempre trae a la vista imágenes agradables: ancianas de cuerpos arrugados con bikinis mucho más provocativos que los que usaron en su propia juventud; robustos caballeros de prominentes estómagos, calvos cráneos y alfombra en pecho; niños de Biafra en calzones de superhéroes; así como la infaltable combinación de falta de bloqueador solar y pieles demasiado blancas, que da como resultado tonalidades parecidas a las que se encuentran en una rebanada de queso de puerco.
Pero el milagro de los balnearios incluye la regla tácita de que por cada docena de martirios visuales siempre habrá un premio para el observador atento. En mi caso, ¿quién más podría ser esa recompensa sino Fedra? Recostada a la orilla de la alberca, con su traje de baño verde y su roja cabellera, recortando el fondo azul del cielo: una oda viviente a los colores primarios.
Sin problemas podría haberme dedicado a contemplarla por horas, admirar su huesuda aunque calipigia figura, su elástico cuerpo de sirena, sus pecosos pómulos y la promesa de una belleza que sólo podía mejorar día con día.
¿Pero por qué contemplarla solamente, por qué resignarme al culto distanciado y medroso, al mástil con triple nudo de Ulises, sobre todo cuando esa misma chica había sido mi novia hacía no mucho tiempo y me había colmado de besos, canciones y risas? ¿Por qué, si ese mismo cuerpo por el que ahora babeaba me había abrazado tantas veces e incluso conservaría ya para siempre tatuada la evidencia de que fui yo quien la desvirgó una tarde no tan lejana de invierno en la que me animó a irnos de pinta? Y lo más importante… ¿cuánto tiempo en realidad llevaba observándola? ¿Estaba siendo demasiado obvio? ¿Me miraba ella también detrás de sus lentes oscuros en forma de corazón? ¿Sus amigas lo harían? ¿Debería acercarme y, por primera vez en todo el viaje, dirigirle la palabra?
Un balonazo en el rostro me despertó de mis reflexiones. “Cámara cabrón, póngase al tiro”, se rio Iván sorbiéndose los mocos. Había olvidado que estaba en medio de un reñido partido de volibol acuático. Iván, Jorge, Adonai, Miguel, Julio: todos estábamos ahí. O casi todos.
El único apartado del grupo –cuándo no– era Alfredo, quien nos miraba desde afuera, a la sombra de una palmera artificial. No sólo había olvidado llevar un traje de baño a un centro vacacional, sino que además permanecía vestido con sus mismos sudadera y pantalón de mezclilla de siempre, a pesar de los casi treinta grados Celsius. Para evitar la deshidratación bebía un refresco de cola tras otro. Al principio, por supuesto, habíamos intentado tirarlo a la alberca con todo y ropa, pero se defendió bien, además de que era más pesado y fuerte que el resto, así que lo dejamos por la paz: un poco de bullying frustrado no iba a aminorar nuestra felicidad.
Doblemente eufóricos, nos emocionaba no sólo el hecho de estar flotando en la droga activa de una piscina pública bajo el azote del sol, sino la sensación de ser por primera vez libres, lejos de casa y sin presencia de padres ni figuras de autoridad a nuestro alrededor. Era como un sueño. A nuestros doce años promedio, para muchos era la primera vez que éramos dueños absolutos del tiempo, de nuestros movimientos y del mucho o poco dinero que cargáramos en la bolsa.
No había sido fácil obtener el permiso, al menos para mí (muchos otros se quedaron con las ganas), pero semanas de buen comportamiento y de repetición de promesas habían surtido efecto entre mis desconfiados padres. De cualquier manera, era un justo premio a nuestro logro, el regalo perfecto por haber concluido la educación primaria: la renta de una casa y un autobús para disfrutar de tres días de sana diversión en el paraíso terrenal conocido como Centro Vacacional Oaxtepec, en el estado de Morelos.
Después de eso, las vacaciones de verano comenzarían definitivamente, a la espera de los resultados del examen de ingreso a la secundaria, con lo cual muchos de nosotros no nos volveríamos a ver.
Pero eso era el futuro lejano y no existía, al menos no en nuestras mentes. En ése momento sólo teníamos el agua rodeándonos, el sol sobre nuestras cabezas, las voleas violentas, los clavados sincronizados, los insultos, las risas, las imágenes horribles de los bañistas y el contraste de la belleza eterna de un puñado de impúberes.

La resaca vendría. Nuestros dedos se arrugarían como pasas. El cielo comenzaría a oscurecer y un chorro de fluido amniótico, de olvido líquido, se desparramaría por nuestro interior, ahogaría a los héroes y testigos que alguna vez fuimos, desbordando los cauces secos del cerebro... ¿Y qué? Lo único importante entonces era no perder el balón de vista, más cuando éste ya volaba directo a tu jeta.

jueves, 10 de abril de 2014

VISIONES III

Todos escogen su propio infierno: manicomios, prisiones, hospitales, fábricas, corporativos, oficinas, tribunas; mismo infierno, diferente ornamento. Mira fijamente el radiante destello en los ojos de tu hermano cuando oprimas el gatillo. Rojo. Una parcela de percutores. Los cañones mimando tu sien. Cien sienes. Los egos como pirañas caníbales nadando en su caldito de ácido nítrico. Filtrando, respirando el plomo en el oxígeno. Branquias con bronquitis. Hasta que todos los valores expiraron. Una libertad despejada de toda culpa brilló en cada corazón. Todos recién nacidos. Bebitos lindos. Todos fueron demasiado tímidos como para dirigirse la palabra. Todos fueron muchísimo más de lo que pudieron aparentar. Todos fueron carcomidos lentamente por una saludable envidia. Los hígados enfermaron del más inhumano de los sentimientos más humanos. Nos volvimos misóginos. Creamos Dioses y metanfetamina. Besos y retretes. Humanidad ocre. El sueño terminó.