martes, 25 de agosto de 2015

LE PROCÉDÉ DE RAYMUNDO ROSAS

Aunque los obituarios hablen de una obstrucción de las arterias carótidas, de paros cardíacos fulminantes o de una sobredosis con cápsulas de omeprazol, yo sé que lo que en realidad mató a El Gordo Raymundo Rosas fue el bloqueo del escritor.

En definitiva no fue un suicidio. Dejando de lado unos hábitos alimenticios poco saludables, El Gordo era tan cobarde acerca de la muerte que una vez, durante una de sus repentinas crisis existenciales, me ofreció una importante suma de su fortuna –a mí, un humilde sirviente y pinche de cocina– a cambio de cortarle las venas con un cuchillo cebollero y asegurarme de que no fuera enterrado vivo clavándole un tenedor en el corazón, a manera de estaca para vampiros. Le aterraba la idea de despertar de pronto y descubrirse encerrado en un ataúd.

Por lo demás, es bien sabido que Don Raymundo fue un hombre infeliz y depresivo. Estos problemas le llevaron a tratarse con más de un psiquiatra y, al parecer, se volvieron insoportables durante sus últimos meses, cuando comenzó a sufrir el bloqueo creativo que le impidió escribir más de sus inconfundibles fórmulas culinarias. Acabó solitario y recluido, incomprendido por el público y la crítica especializada, quienes consideraban nauseabundos a sus platillos y a él, un simple millonario excéntrico con ínfulas de chef. Para mí y varios más de sus fieles discípulos, sin embargo, Rosas era la viva imagen del genio, un héroe que se enfrentó al establishment gastronómico sin miedo ni complejos: con las agallas propias de los gallos de pelea; con el valor de un volador de Papantla asomado al abismo.

No es un secreto que el maestro tenía una inusual fascinación por las palabras, más propia de un poeta que de un cocinero. Tampoco era desconocida su devoción por Raymond Roussel, ese extraño escritor francés del que afirmaba ser una reencarnación o alma gemela. Si alguna vez se sintió cercano a algún ser humano, ciertamente fue a él. Durante una visita a la región de Catemaco, convenció incluso a un brujo para que le entregara una constancia de metempsicosis. Y en la cocina del Locus Solus, su lujoso restaurante en Polanco, El Gordo mandó enmarcar unos versos del  autor, los cuales recitaba como himnos órficos, mientras preparaba sus minuciosos guisos:

“Mi alma es una extraña fábrica
donde bullen el fuego, las aguas,
sabe Dios la cocina fantástica
que elaboran sus inmensas fraguas…”

No obstante, Raymundo Rosas detestaba Polanco, principalmente porque en una colonia cuyas calles tenían nombres de escritores, Roussel no contaba con la suya propia. Además, a pesar de los precios exorbitantes y lo exclusivo del rumbo, Rosas siempre catalogó a los escasos clientes (no más de dos o tres por semana) como “demasiado vulgares para apreciar el valor de estas obras”. Cada mañana, un chófer lo conducía al trabajo desde su mansión en Las Lomas, a bordo de la roulotte-cuisine con aire acondicionado que mandó a construir a la medida, y en la cual se comentaba que había recorrido buena parte de los cinco continentes, muchas veces sin bajarse del vehículo e inmerso en una nueva invención.

Lo único que puedo sentir luego de haber trabajado para él es orgullo. Era un jefe demandante y obsesivo, pero sólo en el Locus Solus pude haber tenido acceso a máquinas tan sorprendentes como el horno para pan conectado a un pararrayos, al gallo profético que escribía escupiendo sangre los postres que iban a pedir los clientes, al caldero aerostático conectado con hilos de fibra óptica, a la guillotina para nabos y zanahorias, al molde para hacer galletas de estrella de Camille Flammarion, a la espada de ilota para cortar raíles de bofe de ternera o a demás  magníficos artilugios surgidos de la mente siempre activa del maestro. Si al aprender a usarlas sufrí por descuido una que otra cortada o quemadura de segundo grado, hoy llevo las cicatrices como trofeos.

Sin lugar a dudas, lo más exigente era seguir sus instrucciones para cada plato, que nunca repetía más de dos veces, así como conseguir los ingredientes más impensados. Salubridad intentó cerrar el restaurante en más de una ocasión, pero nunca encontraron nada anti-higiénico en nuestra elaboración, más allá de lo poco comestible de varios alimentos, y fueron fácilmente sobornables. Continuamente, durante la época más creativa del maestro, frente a nuestras puertas se manifestaron varios grupos defensores de animales, ya que cuando a Rosas se le ocurría una nueva receta no se detenía por la minucia de averiguar primero si alguno de los ingredientes que necesitaba estaba protegido o en peligro de extinción.

Hoy todos sabemos que la polémica que generaban sus creaciones no era gratuita: obedecía a un estricto procedimiento que el propio Raymundo Rosas explicó en un breve opúsculo publicado póstumamente, titulado Cómo escribí algunas de mis recetas de cocina, con lo cual esperaba obtener el reconocimiento que no conoció en vida. En este documento, Rosas contaba cómo a los diecinueve años, después de experimentar una profunda epifanía de su propia gloria, creó su primer platillo, “La Tuna Rellena de Atún”, siguiendo su propia interpretación del procedimiento de Raymond Roussel de palabras homófonas y deconstrucción fonética de oraciones. Con la sensación de haber inventado algo único e inmortal, dio a conocer su obra en la siguiente fiesta palaciega a la que acudió, pero o bien nadie quiso probarla o bien los invitados terminaron escupiéndola con asco.

Así comenzó la larga cadena de frustraciones en la vida de El Gordo Rosas, que no se curaron ni abriendo su restaurante Locus Solus en Polanco ni heredando el cuantioso patrimonio familiar ni viajando por medio mundo con todas las comodidades posibles. La única manera en que se sentía medianamente feliz era cocinando. Pero tampoco sus siguientes platillos tuvieron la respuesta que esperaba: “La Ensalada de Sal Asada” fue calificada como vomitiva, “La Lechuga Dorada con Leche de Oruga” causó intoxicación en un par de niños, “Los esquites con Skittles” y “Las Alubias a la Uva” tuvieron cierto auge entre la comunidad vegana, pero “Las Ronchas de Chicharrón Chino” y la “Barbacoa de Coatí con Barba” fueron consideradas una afrenta a las papilas gustativas, por no hablar del “Pozole Aguado con Agua del Pozo”, según algunos una burla a la comida mexicana; tampoco sus bebidas y cócteles atrajeron a demasiados comensales, ni el refrescante “Tarro de Horchata con Chatarra” ni el nutritivo “Champurrado de Champiñones y Piñón” ni el espeso “Té de Nutella untada” o el misterioso “Café fecal”.

El propio Rosas, a pesar de amar sus platillos, no era capaz de alimentarse con ellos. Prefería seguir la dieta de su amado Raymond Roussel, la cual consistía en una sola sesión de dos horas que englobaba desayuno, comida y cena, para no perder tiempo que podía aprovechar en otras cosas más relevantes. Rosas siempre fue una de esas personas que se tomaban la palabra Buffet como un reto personal. Varias veces me tocó el honor de servirle el menú, empezando con hot cakes con mermelada, cereal Trix con fruta de temporada, seguido de tostadas con queso neufchâtel, mariscos, guarniciones, codornices, filetes de casi todos los pasajeros del Arca de Noé, litros de champaña, baguettes, croissants y unos cinco o seis helados de sabores distintos. Acompañado únicamente por Fasfud, su inseparable perro pekinés, El Gordo comía voraz pero elegantemente, cuidando que la grasa no manchara su retorcido mostacho negro y que sobre su colosal estómago no quedaran migajas que pudieran manchar sus trajes de dandy hechos a medida. Trajes que, por lo demás, sólo utilizaba máximo un par de veces.

Por eso, cuando fue encerrado por última vez en aquel sanatorio mental, su simple visión me partía el corazón. Estaba irreconocible, había perdido el apetito y las ganas de cocinar. Yo trataba de animarlo, iba dos veces al día a asear su celda acolchada, a lavar sus uniformes de manicomio hechos a medida y a tratar de hacerle plática para que no se sintiera solo. Algunas veces incluso le llevaba a Fasfud, quien lamía sus  bigotes enmarañados sin que éste reaccionara. El maestro estaba ya en otro mundo, la mayor parte del tiempo sedado con las cantidades industriales de pastillas para sus problemas de gastritis y trastorno de personalidad. Cuando le informé que habían clausurado el Locus Solus y que ya pensaban demolerlo para construir un local de comida japonesa, me pareció ver que se le escapaba una gota por sus enrojecidos lagrimales, pero no dijo nada al respecto. 
   
Tal vez el procedimiento de El Gordo Raymundo Rosas ya había dado todo de sí, como un frasco de mayonesa al que era imposible rascarle más. Sea como fuera, hasta el final guardé la esperanza de que un día me pidiera papel y pluma e iluminara al mundo con una nueva muestra de genialidad. La tarde lluviosa que lo encontraron con los ojos abiertos y un rastro de saliva fría en los labios, fui yo quien me encargué del cuerpo. Con un tenedor oculto en el bolsillo, entré por última vez a su celda, mientras en la azotea ondeaban con la tormenta un par de camisas de fuerza recién lavadas.

viernes, 7 de agosto de 2015

REZOS COMBUSTIBLES

Otro dromedario se consume ante mis ojos. Uno tras otro, en la monotonía de la tarde, los he visto arder frente a la cortina semiabierta de mis pestañas chamuscadas. Me parece oír sus ruiditos de agonía, la confusión causada no tanto por el dolor como por esa inusual sensación de sed que provoca el contacto con el fuego. Primero se desintegran sus cabezas; con una calada más, hago desaparecer la longitud milimétrica del cuello y la joroba. Bizqueando como Angelus Novus, contemplo sus patitas y el logo entero transformarse en humo para al final, malabareando con los labios, controlar la ceniza acumulada y con la colilla aún encendida prender el siguiente cigarrillo. Y el siguiente. Y el siguiente.

Fumo para no caer en la tentación de ponerme a rezar de manera convencional. Permanezco acostado, de cara al techo de mi celda, para no ceder al impulso infantil de juntar las manos y caer de rodillas. Sería ridículo: además de que ya no queda nadie a quién dirigir mis invocaciones, no quisiera que mis captores consideraran este acto como síntoma de debilidad. Como si me estuviera arrepintiendo o pidiera clemencia. No pienso darles ese último gusto: aunque yo mismo muera de sed en una cruz o abrasado por las llamas, no pediré el vinagre.

Hubo una época en que yo también fui religioso, en el sentido literal del término. Pero en mi caso, como tendría que ocurrir en cualquier persona razonable cuya mentalidad aumenta con los años, esa etapa ocurrió durante la niñez y terminó con la misma. Yo también, al igual que muchas personas, me santiguaba al pasar frente a una iglesia o al acostarme o al salir de viaje. Lo único extraño del caso es que también lo hacía sin motivo aparente, cuando alguna imagen desagradable o algún temor infundado surgían por sorpresa en mi cerebro, o simplemente cuando quería dar gracias por la extrañeza de seguir vivo. Como esto me ocurría con bastante frecuencia, mis persignadas provocaron pronto la admiración de varios adultos, los cuales me tomaban como ejemplo de niño devoto. Al contrario, entre los jóvenes mi costumbre fue la causa de sus más pesadas burlas. Durante más de un recreo escolar, al ser llamado santurrón o monaguillo, tuve que reventar varios pómulos y perder uno que otro diente, para amargura de mi madre.

Me di cuenta que no era necesario que los demás supieran de mi fe; allá ellos y su pobre vida espiritual. De modo que un día decidí eliminar el proceso tan llamativo como intrascendente de colocar la mano derecha en la misma posición que al jugar a las canicas y deslizar esa mano de la frente al pecho, del hombro izquierdo al hombro derecho y rematar finalmente con un beso tronado en el pulgar. En su lugar, ideé gestos más sencillos y discretos, tales como parpadear dos veces seguidas, o entreabrir los labios, o fumar, o respirar profundo, o rascarme, o algunos otros tantos rituales secretos que no pienso revelar jamás. Puedo decir que no ha habido un solo momento de mi vida que no haya sido como elevar una plegaria a lo desconocido, aunque nadie se haya percatado.

La religión terminó siendo para mí como esas rueditas traseras que mi padre puso en mi bicicleta hasta que aprendí a manejar. O como una escalera a la que una vez alcanzado el techo, pude dejar caer de una patada. Hasta la fecha, la Biblia sigue siendo uno de mis libros favorito de cuentos, y todavía creo en el poder del agua bendita (sobre todo al día siguiente de una noche de borrachera) pero no por haber sido bendecida por un cura sino por el mero hecho de ser agua. Sin embargo, en los años consiguientes, cada vez que pasaba frente a una iglesia común y corriente, tan similar a tantas otras, no podía dejar de sentir rabia de que no fueran niños sino adultos los asistentes habituales a los templos y que tanta piedra inútil no se aprovechara en obras más urgentes.

Todo acabó poco después de mi primera comunión. Al terminar las clases de catecismo (donde me la pasaba dibujando en mi cuaderno cómics de diablos contra ángeles que asustaban a las monjas) y luego de tragar mi primera hostia remojada en vino, decidí no volver a pararme por la iglesia y dejar de ser ese católico ejemplar que cada noche rezaba sus oraciones.

Convencido de que ya que podía aportarme nada a mi desarrollo interior, por esos mismos días tuve mi primer enfrentamiento con mi Ángel de la Guarda. Crecimos juntos y no fue fácil decirle adiós. Solíamos espiar a las niñas cuando iban al baño, escupir a los carros desde los puentes peatonales y hasta fumar a escondidas nuestras primeras cajetillas. Pero al entrar en la pubertad, mientras a mí me salían espinillas y pelitos en los sobacos, él se volvió demasiado asexual y represivo, como un aburrido hermano mayor. Me hablaba de deberes, de prohibiciones, del bien y el mal, de moral conservadora y demás abstracciones sin sentido. Intentaba hacerme volver a la iglesia, retroceder a mi antigua mentalidad de infante, a expresar mi fe de manera mundana, insistente como un vendedor de seguros, si bien cada vez sonaba menos convencido de sus argumentos, menos entusiasta de sus admoniciones de una vida ultraterrena o una eternidad de tormentos, pero, como siempre me decía con amargura, “ése era su trabajo”.

Yo intentaba abrir su mente, le prestaba libros como Dios y el Estado de Bakunin, Carta a un religioso de Simone Weil, ¿Por qué no soy cristiano? de Bertrand Russell e incluso, para ponerlo a pensar acerca de su propia naturaleza alienígena, De planetas y ángeles de mi tocayo Emmanuel Swedenborg. A propósito, él siempre trataba de chantajearme con las implicaciones piadosas de mi nombre; me recordaba que en su origen hebreo la palabra quería decir “Dios con nosotros” y que fue el primer mote que se le dio a Jesucristo en el Nuevo Testamento. A mí me gustaba hacerlo enojar diciéndole que puesto que yo mismo era el Padre y el Hijo fusionado, ¿para qué necesitaba creer en algo fuera de mí mismo? Entonces él se tapaba los oídos y trataba de acallar mis blasfemias con deprecaciones en latín o batiendo las alas hasta producir un viento ensordecedor.

Terminamos distanciándonos, como viejos amigos que ya no comparten intereses. Aunque siempre sentía su presencia, pues según su contrato tenía prohibido separarse de mí a más de dos kilómetros, dejó de hacerse visible ante mis ojos. Los años volaron y de aquel niño modelo no quedó nada. La vida me trató mal, pero no por castigo divino sino porque sencillamente así es la existencia en este valle de lágrimas. Terminé convirtiéndome en un vago, en un ladrón y más tarde en un incendiario. Alguna vez me habrán visto en la televisión, con el rostro cubierto por un paliacate y algún coctel molotov a punto de ser arrojado.

Aprendí a fabricar los mejores explosivos del país, con cualquier material que tuviera a la mano: bicarbonato, jabón, gasolina, papel aluminio, pilas doble A. Lo mío era un terrorismo sin ideales; sin embargo, mi fe era tan inquebrantable y mi vida interior tan rica que hubiera golpeado al que se atreviera a tacharme de nihilista. Más bien, me consideraba un filósofo de la acción. Pronto me aburrí de atacar instituciones de gobierno y patrullas de policía; mi verdadero encono seguía dirigido contra los rebaños dóciles que cada domingo llenaban las parroquias con cronómetro en mano, se sentaban, se levantaban y se hincaban cuando les ordenaban, estrechaban manos por obligación y lavaban sus remordimientos con amenes grabados y óbolos de utilería. Tenía que darles una lección. No obstante, puedo jactarme que nunca hubo víctimas humanas colaterales durante mis demoliciones. Destruir sus templos y sus ídolos fue en primera instancia un memento vivere más que un memento mori: el único santuario que valía la pena procurar era sus propios cuerpos.
    
La madrugada que hice volar la Catedral Metropolitana, mi Ángel volvió a hacerse presente. Había engordado y su cabello era más escaso, pero seguía siendo el mismo que conocí y con quien jugué durante el paraíso perdido de mi niñez. Sólo que ahora en su mirada desorbitada había una mezcla de resentimiento y furia. Con el ceño fruncido, comenzó a reprimirme y a empujarme. Intentó arrebatarme la dinamita que aún no había colocado y el detonador. Cada cierto tiempo, entre insultos, se llevaba la mano al cinturón, donde colgaba la funda de su espalda flamígera, como para amagarme con ella; supe que en el fondo no sería capaz de utilizarla y le dije que yo tampoco tenía la intención de hacerle daño. Pero aquello se salió de control. Forcejeamos y rodamos por el piso, ante la mirada vacía de los santos de madera. Con un aleteo involuntario, mi Ángel activó el control del detonador. Me levanté por reflejo y comencé a correr, gritándole que me siguiera. Impotente, él permaneció hincado y con la boca abierta, atento a la cuenta regresiva, tan sólo iluminado en aquella oscuridad por la pálida luz de su halo. Alcancé a salir a la calle justo cuando la explosión apagó de golpe mis sentidos y me dejó tumbado sin consciencia sobre el pavimento, en un pequeño charco de sangre. Según me enteré después, bajo los cimientos de la Catedral encontraron ruinas de unas colosales pirámides aztecas... Piedras, piedras y más piedras...
   
Han pasado dos años que llevo en esta prisión de alta seguridad, mientras los expertos se ponían de acuerdo en cuál sería un castigo digno de mi crimen, si la horca, la hoguera o la silla eléctrica del viejo Edison. Nuestro sistema legislativo está en pañales; resulta que existen miles de condenas por matar a un ser humano, pero ninguna referente a ángeles. ¿A qué puede aspirar una sociedad que todavía no acepta abiertamente la existencia de espíritus celestes, a pesar de que llevan años manifestándose entre nosotros? Ahora mismo todo es indignación y cadenas de linchamiento en redes sociales, pero seguro mañana se les vuelve a olvidar.

Por otra parte, resulta estúpido pensar que mi Ángel realmente murió en aquel accidente, o que yo mismo podré perecer con los absurdos castigos que me impongan, o que iré al averno o al edén después de que esto acabe... 

En verdad os digo: es más fácil que un policía corrupto deje pasar a la celda de un pirómano una cajetilla de Camel sin filtro y un encendedor de gas butano, a que nos abran las puertas del reino de los cielos.

jueves, 23 de julio de 2015

LA HISTORIA DEL CABALLEROSO SALUDADOR

Existen por millares, individuos lerdos, que, cuando los conoces por primera vez, te saludan apretándote la mano con fuerza excesiva, hasta llegar a deformar su propio brazo, justo con la intención de ejercer presión sobre la mano contraria. Comprendía perfecto su intención inicial de establecer una relación desigual de poder, −lo cual hubiera sido lógico en una reunión de políticos, boxeadores, albañiles, karatecas ¿pero en una fiesta o reunión familiar?− Ante esta situación, me decidí a llevar a cabo un absurdo experimento, el cual consistiría en lo siguiente: Fortalecería mi mano derecha a lo largo de un par de meses, por medio de una máquina para ejercitar el común apretón de manos. Las mañanas y sus tardes transcurrieron, los ejercicios que, sin aparentes cambios físicos en mi extremidad, habían logrado el objetivo previsto, un apretón de manos de fortaleza medieval; para darme una idea, decidí medir mi ímpetu con una unidad de medida universal: jardineros comunes. Como en ocasiones ocurre, luego de esfuerzos apasionados por lograr un objetivo, una bruma de tiempo se arrastra en los escondrijos de nuestra existencia, aplazando el momento para realizar nuestra más ardua prueba. A pesar de mi nuevo y reforzado apretón de manos, no me encontraba a nadie con la nefasta característica de querer imponerse sobre mí con el primer saludo; pasaron muchos viernes, demasiados martes, pero nada. Como la mierda de las aves citadinas, que te caen en la cabeza sin que siquiera lo sospeches, llegó de imprevisto: era un tipo con obesidad leve, un poco pelón de todo cráneo en general y de regordete cuello. Algo en su actitud me decía que no tenía éxito con el sexo opuesto, portaba lentes platinados y camisa de algún equipo de fútbol de un continente ajeno al Americano. Todas estas pistas sobre su ser, las sabría después de nuestro combate, hasta tener los segundos suficientes como para comprender su formas. Nos encontrábamos en un salón de clases, platicando con otros compañeros de edades diversas, el gran pequeño obeso saludó a todos con naturalidad, yo jamás auguré que él fuera mi futuro contrincante. El momento llegó: me apretó la mano con suma fuerza, elevando el codo para aplicar más tensión con la palanca que hacían sus dedos; jamás se imaginó que la fuerza de 3 jardineros comunes –no sabía aún que mi fuerza podía aumentar por medio de mi enojo y tesón en el combate− se posarían sobre su regordeta mano. Como pinza de cangrejo, apliqué presión sobre la zona ubicada entre el pulgar-índice y la parte baja del meñique, llevando a cabo una magistral maniobra que sólo los meses de entrenamiento me permitían lograr a la perfección. Dirigí mi mirada hacia su rostro, la intensión de disimular consternación era evidente. Un poco sonrojado por su derrota, luego de soltarnos las manos, se sintió un aura de zozobra sobre su ser. Bajó la mirada, se fue rápido a servir un pequeño vaso de refresco de cola, para aguantar el susto. Yo degustaba la indiscutible aniquilación de su baladí ego. Todo cambió, en adelante el hombre regordete −que después me enteraría que se llamaba Enrique− me saludaba sólo resbalando su mano sobre la mía para después volverla puño y así, chocar ambas manos cerradas con un ligero golpe en los nudillos.  El jardinero que habitaba en mi brazo derecho calmó sus ansias, pero a pesar de ello, continué ejercitándome a diario, ahora una gran responsabilidad descansaba sobre mis dedos, siempre sería justo y sólo combatiría a los bellacos, impostores y abusadores. En ocasiones, me preguntaba quién sería el encargado de arrebatarme el título del más caballeroso saludador de la historia o si en algún momento, mi bondadoso corazón se inundaría de maldad para diseminar por el mundo la tradición de aniquilar, por medio del saludo, la autoestima de las personas. De eso sólo los saludos serían testigos, en la infinita sinfonía de los tiempos. 

jueves, 5 de febrero de 2015

OUROBOROS

“Los dos ojos se han convertido en uno. Todo se alimenta de esa mirada cambiante. Si este ojo se cierra un instante, todo dejará de existir. Por eso se le llama ojo abierto, ojo superior, ojo santo, ojo que todo lo ve, ojo que no duerme ni sueña, ojo avizor, integrante de todas las cosas…” 
Zohar
                                                                                                                                                      


Ni digas, no empieces, ya sabes. Es la historia que se repite. Muchas veces quise cambiar de piel y mudar más de un rasgo de mi antiguo ser; reluciente quise abrir la mente al nuevo hábitat que me recibe en su núcleo cálido, como una serpiente deja su pellejo de invierno, o como Mariana me acostumbró a hacer cada cierto tiempo. Reinventarme. Huir de los lugares frecuentados. Suspender mis caminatas sin sentido, recorriendo de punta a punta la ciudad, hablando solo y acosado por limosneros mejor vestidos que yo que me piden dinero en cada esquina. Pero yo no poseo la fórmula mágica para un cambio así. El mero hecho de despertar aún me desconcierta: ser consciente del cuerpo como por vez primera, recibir la noción de las extremidades, el don del movimiento y el nombre propio (aunque sin los accesorios extra, de venta por separado). Ella, que parece dominar el ciclo mejor que yo, sólo tuvo que sonreírme para darle vuelta al engranaje, y de pronto aquí vamos otra vez, escalando en curva ascendente. La conocí en una de tantas tardes ociosas en la Biblioteca, mientras la miraba hojear un grueso tomo sobre la función de las células, sus citoplasmas y ribosomas, y mientras yo fingía leer los sonetos de Louise Labé. Su primera reacción al notar mi mirada fue hundirse más dentro de su libro, como ocultando un secreto de arcano, aunque de vez en cuando los ojos enormes de gitana (a lo Edie Sedgwick) volvían a elevarse como soles negros en cenit. Al final, tras darse cuenta de lo ridículo de aquella estrategia, la barrera terminó cayendo, dejando al descubierto esos labios sonrientes y esos ojos que, como dice la canción, me hicieron sentir esclavo y amo del universo. Fue ella quien me inició en los misterios del hermetismo, de la Cábala y los textos gnósticos. No como meros conceptos huecos o modas new wave, sino como práctica de vida y disciplina casi religiosa. Donde Hermes Trismegisto dejó dicho eso de que “como es arriba es abajo”, ella lo aplicaba con sabiduría durante nuestros encuentros entre las sábanas, infatigable y siempre imaginativa. Estudiaba Ciencias, decía, sólo para complementar o confrontar su aprendizaje autodidacta en alquimia, su verdadera vocación y antigua profesión en vidas pasadas, según su carta astral. Fue ella quien me hizo leer las obras de Gerolamo Cardano, de Paracelso, de Ficino y sobre los misterios de los Rosacruz. Fue ella quien alebestró mi evestrum para siempre. Me hablaba con pasión de María la Judía, y aplicaba sus procesos térmicos (como el baño que lleva su nombre) para cocinar los mejores platillos que he probado jamás; incluso llegó a darme a probar unos pasteles de chocolate con chispas de mariguana cultivada por ella misma, a los que ingeniosamente bautizó como raggamuffins. En ocasiones utilizaba mi cuerpo como objeto de sus experimentos: recuerdo esa vez me llenó la boca de dióxido de carbono, para que al momento de besarnos sonara como esos dulces que truenan al probarlos. Su objetivo final, supongo, era la transmutación de mi espíritu, pero a fin de cuentas no era más que un aprendiz de bruja desatando tormentas que después no podía detener, una niña con un nuevo kit de Juguetes Mi Alegría que se aburría con facilidad de sus inventos. Su último acto  de magia resultó un vil truco de escapismo: entre mis dedos se volvió de humo sin saber si había sido real o no. No podía atarse a nada ni nadie, fue su única excusa. Cuando me di cuenta, ya estaba de nuevo solo, cayendo en curva descendente sin cinturón de seguridad, con los pies hinchados y lleno de ámpulas, vagando como antes por los alrededores de la Biblioteca, y siendo observado de cerca por un vagabundo que se apresuraba a extender la mano. Percibí su presencia mientras se acercaba sobre la misma acera. Tenía pinta de mendigo, la piel morena y cuarteada, olor a choquío, el cabello lacio y seborreico, pelos blancos y negros, casi ajedrezados, despuntando en una barba de pocos días. Hablaba en un tono bajo con un ligero acento. Tragaba saliva como si estuviera muy enfermo o a punto de echarse a llorar. Sabía que iba a pedirme dinero,  no había que ser un sabio para eso, pero me detuve por cortesía o por cansancio o por mera costumbre, aunque a una distancia prudente. Comenzó su perorata: “Perdón que lo moleste, joven... No se preocupe, no soy un maleante… Disculpe la pregunta, no sé si usted haya escuchado, tal vez por sus padres, de un grupo, un conjunto peruano de los años setenta, Los Pasteles Verdes se llama... ¿Sí? Le comento que tal vez por sus padres los conoce porque usted es muy joven, seguro aún no nacía; hablo del tiempo de los Terrícolas de Venezuela, los Záfiros de Cuba, los Iracundos del Uruguay, los Ángeles Negros de Chile… Se le pregunto porque yo soy de esa banda, ¿sabe?, nosotros somos de un puerto allá en Perú que se llama Chimbote… Bueno, pues verá, lo que pasa es que acabamos de llegar ayer, venimos a tocar en un festival en San Luis, pero yo aún no conozco esta parte de la ciudad, que es muy peligrosa, y me acaban de golpear para quitarme mi dinero… y ahora estoy enfermo y debo comprar mis medicinas… y tengo también que juntar la plata para el camión a San Luis… Si pudiera ayudarme, joven, con cualquier monedita, de todo corazón…”. Aunque no le creí una sola palabra, aprecié el esfuerzo por inventarse una historia tan elaborada. Me hubiera gustado seguirle la corriente, preguntarle qué instrumento tocaba él, cómo se llamaba, si me podía dar un autógrafo. Le habría preguntado qué pensaba de Los Saicos, o si le gustaría colaborar con Wendy Sulca. Le hubiera preguntado cuál era el origen del nombre de la banda, si tenía algo que ver con drogas y repostería, como una especie de mot-cakes o de los raggamuffins de Mariana. Pero la verdad es que hubiera sido como tomarme el pelo a mí mismo. Le respondí con franqueza que no tenía tantos problemas como él, pero que ahora mismo dinero era con lo menos que podía ayudarle, y le deseé suerte. Se fue sin decir nada, visiblemente frustrado por las palabras gastadas en balde. Después de un largo rato sin moverme, viendo cómo se perdía en una esquina, yo también seguí adelante. 

martes, 14 de octubre de 2014

TRAKL

Arañas buscaban mi corazón. Una luz se apagó en mi boca. Me asomé ahí, al punto donde lo rosa desaparece y cede paso al negro, cada vez más profundo mientras seguía avanzando. Noche cerrada: una fosa común cavada por el viento. Dulce era entonces caminar por el desierto crepuscular, entrar a un bar y pedir una cubeta de chelas bien frías, terminar con el plato de cacahuates y esperar a que lo volvieran a rellenar. Dulce era salir a la hora indecible, tambalearme bien pedo entre los árboles pelones y tentar al canal de aguas residuales que se esforzaba por mostrar algún contorno, el andar del caminante que serpenteaba hasta perderse a lo lejos. Pero más dulce incluso, más dulce que el veronal, el cloroformo y la adormidera, era no haber nacido. Oír el llamado de los nonatos apenas perceptible con el correr de los años pero siempre presente. Alucinaciones sonoras: el tañer de una campana que no cesa; los corridos de Ramón Ayala y sus Bravos del Norte saliendo de las bocinas de una central camionera en llamas. Recordar otras noches, otras oscuridades más simples y más tristes, las de la niñez, cuando arrojaba granos de maíz para alimentar a las ratas. El callado olor a letrina, los silbidos de regocijo de esas peludas criaturas que serenaban mi propia alma. Hasta el instante en que sus chillidos de codicia rompieron la ilusión. Las ratas traspasaron el patio, invadieron los graneros, atacaron gallinas cuyos cadáveres recogerían al día siguiente, horrorizadas, las sirvientas. En la estampida demencial un roedor mordió la pierna de un caballo dormido. El relincho que surgió a continuación heló de tal forma mi sangre que tuve que correr de espaldas, semiparalizado, hasta subir las escaleras de caracol. Con el pulso alterado todavía, sentí cruzar por la puerta la sombra de la hermana. Febril, junté mis labios a los suyos, a los de Greta, tan buenota la condenada, y acaricié su cuerpo como en tantos otros juegos infantiles. Sólo al terminar pude mirarla a los ojos: en su rostro silencioso reconocí mi propio reflejo. La noche se tragó a la estirpe maldita, mientras mi madre, encanecida como la porcelana de sus figurillas, pasaba un plumero por enésima vez sobre su colección y los murciélagos estrellaban su cabeza contra el mosquitero… Sí, dulce hubiera sido no haber nacido, no conocer la culpa y aquellos insomnios que no acababan, dándome las tres escondido entre los tinacos de Rotoplás, escribiendo mis poemas y cantándolos en secreto a la luz de la luna, cuando una palabra más brutal brotaba de mis labios resecos: ¿Aborto? ¿Parto? O cuando el Ángel Blanco, ya desde entonces, me cubría con sus alas manchadas de sangre. Cuando un productor millonario, le decían El Filósofo, financió mi primer disco bajo el nombre de Jorge Trakaloso: La Canción del Retraído, todo acabó por torcerse. El resto es la historia que todos conocen. Me hice el preferido de los narcos. Los capos me regalaban cuernos de chivo bañados en oro y me contrataban para cantar en sus fiestas; hasta una casa para vivir con la Greta me regalaron: “A la verga –me dijeron– si lo sabe Dios que lo sepa el mundo”. Pero nunca soporté la visión de los cuerpos y su mutilación. La presencia de las fosas siempre me afectó, cuerpos apilados y devorados por las ratas insaciables, esas mismas ratas de mi niñez. Una noche igual a otras me uní al club de los 27, cuando mi Ángel Blanco me llevó de la mano al lugar donde moran los que no han nacido y bailan al son de la tambora. 

martes, 7 de octubre de 2014

LA ABOLICIÓN DE LA MORAL (fragmento)



Regreso a mí mismo, la sangre en mi mano ¡Dolor! Mi verga lacerada, soledad, una desesperación que empuja la caja torácica desde adentro. Una úlcera que intenta escapar abriéndose paso por la carne, pateando las costillas, mordiendo, rasguñando. El cuerpo contorsionándose en el suelo, espuma en la boca… Ella gime, el placer la embriaga de euforia. La simbiosis perfecta de los amantes, las extremidades acorralándose mutuamente, la pasión que desprende a dos seres de lo terrenal; que aparta a la mujer que amo de mí, que la funde en una pupila dilatada, una otredad incomprensible por la cual daría todo por poder hacer referencia en primera persona. Me impongo como mi propio juez y verdugo. La miro frío mientras se baña en éxtasis con otro. Mi alma titirita, mi cuerpo se rehúsa a doblegar, me agarro la verga y la halo, la herida abierta, la sangre escurre, tibia, lubrica. Busco desesperadamente el placer en el odio, en el dolor, en la impotencia. Mi mirada estampada en los cuerpos desnudos, el amor…, el odio. Los pensamientos revolcándose en su propia mierda. El voyeur masoquista cubierto de fantasmas sádicos. Una evolución, quebrar los límites de mi propia consciencia. El asesino consumado, tan tímido que le es imposible matar, albergar la semillita del suicidio, fertilizarla, sujetar la verga hacia arriba y orinarse en la cara, una carcajada infantil. Ella se ve preciosa, los anhelos de un esquizofrénico, las madrugadas de un desempleado, el arcoíris en un charco con aceite. Él…, él me enseñó la indiferencia, a distinguir un artículo de un pronombre con una sola tilde, las pausas dramáticas, sincopadas, que son dadas por el uso correcto de, nuestras buenas amigas, las comas; la paciencia del cadáver. Mi voluntad obliga al odio a desvanecerse, ponerme al tanto de mi insignificancia, ser el tapete de los demás sin alardear de mi superioridad, el bálsamo de una subjetividad majestuosa: yo, yo, yo, mío, mi, mí. Ella se desmaya, o al menos eso propongo porque yo me desmayo, los ojos bien abiertos, una eternidad que pasa en segundos y es ella, no hay ninguna situación concreta, no hay contexto. Ella. Con todas sus emociones mezcladas, sin emociones. Ella. Ni siquiera como una representación mía de ella. Es ella, a secas. Un tipo de realidad alterna (si eso pudiera explicarse en esa realidad) donde no hay nada más que ella. Sin expansiones. Sin omnipotencia. Ella, tal cual es, cruda, abarcándolo todo sin cursilerías de libros fucsia  con título en cursivas doradas. Sólo ella. Otra configuración de la realidad. Despierto. Eyaculo. Sangro. No tengo Kleenex. Pienso en ella. Dormito. Ella.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

ESTRELLA


Mientras contemplas la estrella solitaria
recuerdo ese sol extinto antes de tu nacimiento
y a ese planeta a la distancia exacta para albergar muerte,
impresa en su cielo.
Esa hermosa verdad repetida compulsivamente en revistas.
Los niños lloran
extraños objetos punzocortantes encuentran asilo en tráqueas,
violentos ídolos celebran la aniquilación.
Te pones metafórica,
el brillito en el cielo.
Pasividad, ensueño, esperanza...
Los corazones detienen su marcha.
No hay nada,
salvo belleza.
Una belleza fortuita que brota de la nulidad.
Floreciendo una vez que no hay ninguna consciencia para apreciarla,
para vulgarizarla,
remojarla en formol y venderla como maldad.
La única estrella en el firmamento es la recompensa de una dulce muerte tras una vida dada a la pasión.