martes, 14 de octubre de 2014

TRAKL

Arañas buscaban mi corazón. Una luz se apagó en mi boca. Me asomé ahí, al punto donde lo rosa desaparece y cede paso al negro, cada vez más profundo mientras seguía avanzando. Noche cerrada: una fosa común cavada por el viento. Dulce era entonces caminar por el desierto crepuscular, entrar a un bar y pedir una cubeta de chelas bien frías, terminar con el plato de cacahuates y esperar a que lo volvieran a rellenar. Dulce era salir a la hora indecible, tambalearme bien pedo entre los árboles pelones y tentar al canal de aguas residuales que se esforzaba por mostrar algún contorno, el andar del caminante que serpenteaba hasta perderse a lo lejos. Pero más dulce incluso, más dulce que el veronal, el cloroformo y la adormidera, era no haber nacido. Oír el llamado de los nonatos apenas perceptible con el correr de los años pero siempre presente. Alucinaciones sonoras: el tañer de una campana que no cesa; los corridos de Ramón Ayala y sus Bravos del Norte saliendo de las bocinas de una central camionera en llamas. Recordar otras noches, otras oscuridades más simples y más tristes, las de la niñez, cuando arrojaba granos de maíz para alimentar a las ratas. El callado olor a letrina, los silbidos de regocijo de esas peludas criaturas que serenaban mi propia alma. Hasta el instante en que sus chillidos de codicia rompieron la ilusión. Las ratas traspasaron el patio, invadieron los graneros, atacaron gallinas cuyos cadáveres recogerían al día siguiente, horrorizadas, las sirvientas. En la estampida demencial un roedor mordió la pierna de un caballo dormido. El relincho que surgió a continuación heló de tal forma mi sangre que tuve que correr de espaldas, semiparalizado, hasta subir las escaleras de caracol. Con el pulso alterado todavía, sentí cruzar por la puerta la sombra de la hermana. Febril, junté mis labios a los suyos, a los de Greta, tan buena la condenada, y acaricié su cuerpo como en tantos otros juegos infantiles. Sólo al terminar pude mirarla a los ojos: en su rostro silencioso reconocí mi propio reflejo. La noche se tragó a la estirpe maldita, mientras mi madre, encanecida como la porcelana de sus figurillas, pasaba un plumero por enésima vez sobre su colección y los murciélagos estrellaban su cabeza contra el mosquitero… Sí, dulce hubiera sido no haber nacido, no conocer la culpa y aquellos insomnios que no acababan, dándome las tres escondido entre los tinacos de Rotoplás, escribiendo mis poemas y cantándolos en secreto a la luz de la luna, cuando una palabra más brutal brotaba de mis labios resecos: ¿Aborto? ¿Parto? O cuando el Ángel Blanco, ya desde entonces, me cubría con sus alas manchadas de sangre. Cuando un productor millonario, le decían El Filósofo, financió mi primer disco bajo el nombre de Jorge Trakaloso: La Canción del Retraído. El resto es la historia que todos conocen. Me hice el preferido de los narcos. Los capos me regalaban cuernos de chivo bañados en oro; hasta una casa para vivir con la Greta: “A la verga –me dijeron– si lo sabe Dios que lo sepa el mundo”. Pero nunca soporté la visión de los cuerpos y su mutilación. La presencia de las fosas siempre me afectó, cuerpos apilados y devorados por las ratas insaciables, esas mismas ratas de mi niñez. Una noche igual a otras me uní al club de los 27, cuando mi Ángel Blanco me llevó de la mano al lugar donde moran los que no han nacido y bailan al son de la tambora. 

martes, 7 de octubre de 2014

LA ABOLICIÓN DE LA MORAL (fragmento)



Regreso a mí mismo, la sangre en mi mano ¡Dolor! Mi verga lacerada, soledad, una desesperación que empuja la caja torácica desde adentro. Una úlcera que intenta escapar abriéndose paso por la carne, pateando las costillas, mordiendo, rasguñando. El cuerpo contorsionándose en el suelo, espuma en la boca… Ella gime, el placer la embriaga de euforia. La simbiosis perfecta de los amantes, las extremidades acorralándose mutuamente, la pasión que desprende a dos seres de lo terrenal; que aparta a la mujer que amo de mí, que la funde en una pupila dilatada, una otredad incomprensible por la cual daría todo por poder hacer referencia en primera persona. Me impongo como mi propio juez y verdugo. La miro frío mientras se baña en éxtasis con otro. Mi alma titirita, mi cuerpo se rehúsa a doblegar, me agarro la verga y la halo, la herida abierta, la sangre escurre, tibia, lubrica. Busco desesperadamente el placer en el odio, en el dolor, en la impotencia. Mi mirada estampada en los cuerpos desnudos, el amor…, el odio. Los pensamientos revolcándose en su propia mierda. El voyeur masoquista cubierto de fantasmas sádicos. Una evolución, quebrar los límites de mi propia consciencia. El asesino consumado, tan tímido que le es imposible matar, albergar la semillita del suicidio, fertilizarla, sujetar la verga hacia arriba y orinarse en la cara, una carcajada infantil. Ella se ve preciosa, los anhelos de un esquizofrénico, las madrugadas de un desempleado, el arcoíris en un charco con aceite. Él…, él me enseñó la indiferencia, a distinguir un artículo de un pronombre con una sola tilde, las pausas dramáticas, sincopadas, que son dadas por el uso correcto de, nuestras buenas amigas, las comas; la paciencia del cadáver. Mi voluntad obliga al odio a desvanecerse, ponerme al tanto de mi insignificancia, ser el tapete de los demás sin alardear de mi superioridad, el bálsamo de una subjetividad majestuosa: yo, yo, yo, mío, mi, mí. Ella se desmaya, o al menos eso propongo porque yo me desmayo, los ojos bien abiertos, una eternidad que pasa en segundos y es ella, no hay ninguna situación concreta, no hay contexto. Ella. Con todas sus emociones mezcladas, sin emociones. Ella. Ni siquiera como una representación mía de ella. Es ella, a secas. Un tipo de realidad alterna (si eso pudiera explicarse en esa realidad) donde no hay nada más que ella. Sin expansiones. Sin omnipotencia. Ella, tal cual es, cruda, abarcándolo todo sin cursilerías de libros fucsia  con título en cursivas doradas. Sólo ella. Otra configuración de la realidad. Despierto. Eyaculo. Sangro. No tengo Kleenex. Pienso en ella. Dormito. Ella.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

ESTRELLA


Mientras contemplas la estrella solitaria
recuerdo ese sol extinto antes de tu nacimiento
y a ese planeta a la distancia exacta para albergar muerte,
impresa en su cielo.
Esa hermosa verdad repetida compulsivamente en revistas.
Los niños lloran
extraños objetos punzocortantes encuentran asilo en tráqueas,
violentos ídolos celebran la aniquilación.
Te pones metafórica,
el brillito en el cielo.
Pasividad, ensueño, esperanza...
Los corazones detienen su marcha.
No hay nada,
salvo belleza.
Una belleza fortuita que brota de la nulidad.
Floreciendo una vez que no hay ninguna consciencia para apreciarla,
para vulgarizarla,
remojarla en formol y venderla como maldad.
La única estrella en el firmamento es la recompensa de una dulce muerte tras una vida dada a la pasión.

viernes, 29 de agosto de 2014

LAVORARE STANCA

I.
Ya lo veía venir. Y no porque, como Hunter Thompson en su primer empleo, también yo hubiera agarrado a patadas la máquina expendedora de dulces de la redacción para desquitar mi furia, ni porque hubiera insultado de frente a esos dos que decían llamarse mis jefes, pero era obvio que si yo no los tragaba tampoco ellos a mí. Llevaba semanas sin pararme por sus oficinas, aunque seguía cumpliendo con la entrega de tres notas diarias como corresponsal desde el apocalíptico oriente del Edomex. Notas, por lo demás, que ellos se empeñaban por convertir en textos monótonos e insulsos, como tantos que pueblan las publicaciones impresas. ¿Qué podía esperarse de un medio que subestima la inteligencia del público y considera sólo digno de portada las tetas de una mujer junto a la imagen de un descabezado? Pero como soy un reportero eficiente, cubría sus exigencias: mierda para el lector, al gusto de los editores. No me sorprendió cuando, al primer recorte imprevisto de personal, fuera mía la cabeza que rodara por el piso.



II.
Con una mano sopesé mi cheque de liquidación. Decidí que, además de ropa y un pequeño viaje, podría alcanzarme para conseguir unos meses de calma. Durante poco menos de dos años, trabajé en dos de los llamados “periódicos grandes” del DF, sin sentir especial mérito por eso. Antes, en mi época escolar, el paso del tiempo brindaba una ilusoria sensación de avance: cada nuevo nivel o curso significaban un escalón arriba hacia la meta del título. Era un sistema cómodo, un proceso sencillo (más tratándose de una carrera como Comunicación) cuyo aprendizaje más valioso siempre ocurría afuera de las aulas… Pero eso también acaba un día, ¿sabes?, y es entonces cuando descubres que la única meta que tendrás en adelante es alimentar al bolsillo de tu pantalón, para que a su vez él regurgite los billetes como un pájaro y te dé de comer a ti.



III.
No quisiera sonar falsamente nostálgico: la escuela también era un infierno. Pero al menos no había que lidiar con términos como “ascenso”, “bonos”, “prestaciones” o “jubilación”.

Siendo sincero, nunca imaginé un futuro laboral que me satisficiera. Lo más cerca que tuve, durante mi juventud, de un trabajo estable, era la recolección de papeles y latas de refresco para venderlas por kilo en los locales de comprensión de desperdicio. Si alguna vez tuve una vocación, supongo que fue esa.  



IV.
Esa señora que rocía agua bendita con un atomizador de plástico en el rostro de los demás pasajeros, mientras los exorciza: “¡Jesucristo te liberará!”. Ese bigotón que busca a la mujer con jeans más ajustados del vagón para colocarse discretamente detrás de ella. Ese faquir de vidrios que carga a un bebé y lo sienta en el suelo mientras realiza su acto. Ese vagabundo que duerme sin inmutarse hasta llegar a la terminal, y luego de regreso otra vez toda la línea. Ese timador que con un fajo de billetes en la mano te pregunta si no se te acaba de caer a ti por casualidad. Ese joven hiperquinético que habla a gritos sobre chemtrails y ejércitos de drones. Esa limosnera que asegura haber perdido una pierna por la mordedura de una araña violinista, y solicita una ayuda que no afecte la economía familiar. Y yo en medio de todos ellos, tratando de concentrarme en el Diario de un chico trabajador de Ignatius Reilly, un mediodía cualquiera de lunes laboral.



V.
“La lluvia que cae en las plazas y las calles, y en el cuartel y en la colina, es un desperdicio. Por la mañana, las plantas habrán sido lavadas a lo largo de las avenidas y el patio del cuartel estará tan encharcado que el lodo llegará hasta las rodillas: los trabajos que se realizan en la ciudad son como esta agua que cae sobre los techos”. Son palabras de Cesare Pavese.

Mario Santiago Papasquiaro, por su parte, concluye: "La desesperación al carajo/ El desempleo al olvido/ Este poema lo orino bailando".

Dejando de lado trabajitos eventuales, colaboraciones mal pagadas en revistas y suplementos culturales, una breve incursión como redactor nocturno en una agencia de noticias, una capacitación en una empresa fantasma de corrección de estilo, y varias entrevistas kafkianas sin éxito, hasta la fecha no he hecho grandes esfuerzos por conseguir un nuevo empleo. Pero el dinero se agota lentamente, mi bolsillo comienza a chillar, famélico. Creo que llegó el momento de volver a los rediles de la ocupación asalariada.

Ayer, por ejemplo, un anuncio en la calle llamó mi atención. El aviso concluía con una frase contundente: “Inútil presentarse sin papeles”. Ni siquiera lo dudé: tiré mi currículum a la basura y entré decidido a quedarme con el puesto.

jueves, 21 de agosto de 2014

DOS MINUTOS DE AMOR

"Cada pestaña es un barrote de nuestra cárcel: uno se da cuenta apenas consigue entreabrir los ojos. Los brazos son anclas en lugar de remos; las piernas, grilletes recubiertos de óxido, hundidos en el fango de nuestra circunstancia. Dentro del cráneo, un ejército en miniatura de miembros del partido y falsos hermanos mayores, superyós entrometidos, obesos y corruptos policías del pensamiento. Para quien está despierto, escapar de ellos es una emergencia de vida o muerte, pero muchos que todavía insisten en dormir llaman realidad a su ilusión colectiva, a sus empleos estables, a sus noviazgos de muchos años, a su manía por videograbarse y documentarlo todo; claras muestras de un mal arraigado que les impide ser mejores: el temor irracional a ser vaporizados. Juntos luchamos y vencimos hace casi tres décadas, marcando el triunfo de la Hermandad y la Tierra Unificada... ¿Por qué entonces ese miedo absurdo a la libertad? ¿Por qué tanto odio en sus corazones? Ya no hay necesidad de vivir como mártires; dejemos eso a los disidentes del pasado, poetas geniales pero masoquistas como el gran Ampleforth, o a los miles de héroes anónimos que inspiraron nuestra revolución. Actuar contrariamente a lo que uno desea es doblepensar, y no es que sea ilegal o motivo de castigo, pero sí es innecesario por donde se le vea. ¿O es que de veras disfrutras hacer lo que haces, cumplir con una serie de tareas inútiles para perpetuar la fantasía del deber, desahogarte de vez en cuando con alcohol en las Casas de Victoria y realizar actos sexuales insatisfactorios y reprimidos, más por costumbre que por gusto? El único crimental —si se me permite la expresión— es no querer ser feliz, y eso es tan cierto como que dos más dos son cuatro. Puríficate. Destruye tu prisión corporal a golpe de besos. Fúndete en un abrazo nuevo día. Sonríe y sé optimista. Recuerda que sólo hasta que te atrevas a controlar tu presente, podrás controlar tu futuro..."



Fragmento de Dos minutos de amor, nuevo libro de autoayuda de Emmanuel Goldstein. De venta en Sanborns y librerías de prestigio.

miércoles, 13 de agosto de 2014

NUEVAS VIDAS IMAGINARIAS

(Marcel Schowb revolcándose en su tumba)



PACO STANLEY, orador
En su Dialogus de oratoribus, Tácito retoma la tesis ciceroniana de que el goce que produce un buen discurso sólo es posible si las intenciones del discursante obedecen a una pureza de corazón. Aristóteles, por su parte, brinda las bases que hacen de la Retórica un arte supremo; el estagirita señala, entre otros elementos, la transparencia del lenguaje, el ritmo, el patetismo y un conocimiento previo del público al que se dirige.

Fue Timón el Silógrafo, sin embargo, el autor que más influyó en el joven y rollizo estudiante de Derecho, tanto por su acertado uso de la sátira y la burla, como por un amor hacia el vino y la bohemia inusual para su época.

Tras una breve carrera política, enfundado en casaca tricolor, el recién graduado Stanley se desencantó del ostracismo de las asambleas y buscó nuevos horizontes para expandir su voz temperada. Grabó en disco sus declamaciones líricas. Personificó a clásicos de la dramaturgia española. Moduló su tono como maestro de ceremonias en concursos televisivos. Aceptó incluso la incorrecta pronunciación de su apellido, con tal de llegar a las grandes audiencias.

Su estilo era, ante todo, contundente. Frases cortas y certeras. Interjecciones nutridas del ingenio popular: ¡Ándale!, ¡Órale!, ¡Sáquese! o, de manera más autorreferencial, ¡Pácatelas! Su fama le generó enemistades gratuitas entre sus más allegados –dealers, edecanes, patiños resentidos–, quienes lo acusaban de déspota y egocéntrico, mientras él, ebrio en la avalancha de éxitos, canturreaba ante el espejo lo bonito que era y lo mucho que se quería.

Desde la cumbre de la ola, no se percató que sobre su cabeza volaban en círculos vultúridos, cada vez más cerca, pájaros carroñeros que compartían sus vicios y sus secretos, negros gallinazos que disimulaban su Danza de la Muerte con falsa camaradería y mandíbulas trabadas.

Veinte fueron los tiros que acallaron su mente y su corazón, motores de su incesante discurso, frenético soliloquio que lo distrajo cuando sus verdugos accionaban la emboscada. Contemplando con ojo glauco a través del rojizo licor, elevó un último brindis ante el auditorio repentinamente vacío y apuró la copa hasta las heces.


***

CHALINO SÁNCHEZ, poeta romántico
Muchos años antes de las hordas barbudas de hipsters, de las jainas con coronas de flores en la cabeza y de las banditas de rock inofensivo, Rosalino Sánchez Félix se presentó por primera vez en Coachella. Cierto es que llegaba de mojado, escondido en la troca de un pollero, y que no iba a cantar sino a trabajar en las pizcas, pero de cualquier forma su suerte parecía haber dado un giro. Huía de su natal Sinaloa, de la pobreza quemante y de la malilla. Cuando mató al buchón que violó a su hermana, comenzó a cargar un cuete y un fierro a cada lado del cinto, por si acaso. Pero lo suyo lo suyo no era la violencia, no de ese tipo al menos. Tenía el alma enamorada. Fue por las morritas que se hizo músico y consiguió grabar sus primeras canciones, a pesar de su voz desafinada y aguda. Fue por ellas, corazones tiranos, que se acostumbró a cruzar la frontera de ida y vuelta, para tocar en tugurios de mala muerte donde incluso le metieron una bala de prueba, como advertencia de lo que vendría después. Ya fuera al desierto o a los suburbios de chicanos, se le comenzó a respetar. Aunque iletrado, retomó la tradición de los trovadores medievales, narrando las hazañas de héroes mundanos con los que la plebada se podía identificar. Pero su alma gemela era, sin duda, el poeta decimonónico Manuel Acuña, de quien adaptó su Nocturno a Rosario: fue por ellas (porque eran varias) que entregó y perdió y se bebió todo de un jalón. En poco tiempo, y sin hablar explícitamente de drogas o narcos, dijo más sobre el tema que todos sus imitadores. Su cuerpo fue llorado a ambos lados del Río Bravo. También en eso fue pionero.  


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GG ALLIN, mesías
Al cumplir treintaitrés años, su padre soñó que Dios, desde su trono celestial, le anunciaba que su segundo hijo varón sería destinado para cambiar a la humanidad y redimirla de sus pecados. A partir de entonces y hasta el alumbramiento, procuró no golpear tan seguido a su esposa, con tal de no privar al mundo, por accidente, de su nuevo salvador.

Jesus Christ Allin nació en New Hampshire, un pequeño estado al norte del país, cuyo lema –“Vive libre o muere”– buscó sintetizar dialécticamente como una filosofía de vida llevada al límite. Allí creció y le tomó gusto a las palizas de su padre, que lo obligaba a memorizar las Escrituras. Como en casa no había agua ni electricidad, pronto sufrió el asedio de garrapatas y experimentó con las variantes de suciedad de su organismo.

Su hermano mayor, entre balbuceos infantiles, lo rebautizó como GiGi. Su madre, a su vez, consiguió divorciarse de su profético marido y cambio legalmente el nombre del vástago; pero el estigma era ya imposible de borrar. El joven anacoreta desertó de la escuela y comenzó a congregar a sus discípulos, para cometer pequeños actos sagrados de vandalismo.

Los desheredados encontraron en él la Luz; escorias, asesinos, nazis y rednecks de Texas, parloteadores y rameras lo veneraron. Él se sacrificó por todos. Conoció la cárcel y el crimen. En un arrebato místico, percibió la música de las esferas. Sus parábolas trataban de acercar la Verdad a quien tuviera oídos para escucharla. Su voz fue solicitada por desequilibrados más jóvenes que él. J Mascis, guitarrista de mirada melancólica obsesionado con una musa rubia de nombre Uma Thurman, predicó su evangelio.

Contra su cabeza afeitada a la manera de los monjes, estrelló cientos de botellas y micrófonos.  Perseguido por los fariseos, el Mesías se rasgó las vestiduras, quedó completamente desnudo y se expuso ante los niños. Atiborrado de anfetaminas, whisky, heroína, laxantes y diuréticos, permitió que sus fluidos corrieran libremente, para lograr la comunión con sus seguidores. Por eso, al final del viacrucis de su inmolación, no hubo quien derramara una lágrima. Su cuerpo cubierto de llagas era el templo que se propuso destruir y reconstruir desde sus cimientos en sólo tres días.


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BOB ROSS, pintor


Desde la ventanilla de un aeroplano de la United States Air Force, el artista conoció su vocación. Sobrevolaba la zona boscosa de Alaska, en una misión de reconocimiento, cuando el sargento Robert Ross quedó maravillado ante la mezcla de luz y color que parecía no tener fin. Con lágrimas en los ojos, supo que el objetivo de su vida era tratar de imitar esa misma belleza. Eran los años 60, por lo que a nadie debe sorprender que su percepción se encontrara afectada levemente por los efectos tardíos de un ácido lisérgico.

Apenas aterrizar, renunció a su cargo y comenzó una larga carrera pictórica de la que nos queda un legado de más de 30 mil cuadros. Los estudiosos consideran su obra completa uno de los pilares de la cultura del siglo XX, junto con las sinfonías de Ray Coniff en el área de la música de cámara. Las comparaciones con los Maestros Antiguos fueron inevitables. Muchos hablaron del impresionismo de Claude Monet, de su predilección por los colores fuertes y la facilidad para pintar nenúfares y lagos en pocos trazos; de Seurat heredó la técnica de puntillismo, así como el dominio absoluto de su viejo pincel de abanico. Pero principalmente se le hermanó con el inglés William Turner –que hizo del paisajismo un arte mayor, retratando los elementos en toda su majestuosidad–, pues se cuenta que éste tenía la costumbre de pintar al óleo con una peluca afro que robó de la tienda de su padre.


Amante de la naturaleza, Ross solía rescatar animales heridos y cuidarlos con devoción, desde mapaches y ardillas epilépticas hasta cocodrilos a los que les acondicionaba el jacuzzi de su casa. Curiosamente, a pesar de ser originario de las playas de Florida, pocas veces se atrevió a pintar el mar. Los bosques, en cambio, fueron su obsesión. Llegó a pintar tantos y en tan poco tiempo, que no le sorprendió cuando dentro de sus venas comenzó a crecer uno, al que los doctores erróneamente daban el nombre de linfoma. Miles de ramas y raíces brotaron de su sangre; piedras, nidos y madrigueras se hicieron sólidos en su pecho; su cerebro floreció como un jardín entero, lleno de luz de sol y uno que otro árbol feliz.  

jueves, 19 de junio de 2014

SUELAS

Para Blanca González


Marchábamos hacia un impostergable barranco, mudos, solos; la hierba seca acariciaba nuestras suelas, los pasos aterrados gimoteaban impotentes. El gran desfiladero estaba a pocos metros, ni mil montañas se interpondrían en nuestro vano naufragio. Esa tarde me consentiría ver las demás caídas, mezquino me detendría un poco, justo antes de aventar mi existencia por ese inevitable abismo; contendría mi andar, sosegaría mis movimientos, los escasos segundos que me quedaban serían tardos, gordos, a lo más: un minuto. Allí, antes de vestirme con esa mueca de horror previa al vértigo, miraría a los lados, sonreiría de pánico, expondría mis viejos dientes al aire, una embustera lágrima humedecería una de esas almendras siamesas que tanto me habían mentido. Desesperados, los dedos de mis pies comenzarían a destrozar la parte frontal de los zapatos negros, dentro de esos viejos contenedores de extremidades, mis falanges escarbarían, buscarían hacer un camino. Usando esas amarillentas uñas largas roerían las paredes del zapato, se abrirían paso y, una vez expuestas a la luz, se encajarían a la tierra. Las garras perforarían el suelo, partirían pequeñas piedras para asirse unos segundos, como un ave a las ramas se empuñarían al filo del acantilado; sostendrían todo mi cuerpo, se doblarían por mi peso, pero aguantarían sin quebrarse; mis pezuñas, casi de madera, me regalarían decenas de segundos, tiempo suficiente para contemplarlo todo. Observaría a los millones de cuerpos arrojándose por el aire, trajes, faldas, pantalones, vestidos; todas esas personas cayendo deliberadamente en el filo de nuestro tiempo, internándose en un espacio sin fondo; nunca se percataban de lo ausente del suelo, mantenían su marcha, movían sus pies con normalidad; esos millones de rostros sonrientes caían, se desplomaban en el suicidio más pasivo. Moriríamos de cansancio, tanto andar por los aires nos exterminaría; cadavéricos buscaríamos nadar o volar, recordaríamos tal vez aquella hierba seca que alguna tarde lamió todas nuestras suelas.