lunes, 17 de febrero de 2014

LO QUE SIENTO Y PIENSO A LOS 25 AÑOS

Un hombre me detuvo en la calle. Era viejo, pero no marinero. Tenía una larga barba y un ojo centelleante. Pensé que era amigo de la familia o algo así.
–Respóndeme Fitzgerald -me dijo–, respóndeme esto: ¿por qué diantres un joven como tú escribe siempre tantas cosas pesimistas?, ¿cuál es el punto?
Intenté reírme de él. Me dijo que él y mi abuelo habían sido amigos de niños. Después de eso, no tuve deseos de corromperlo. Así que intenté reírme de él.
"Jajajaja", dije con determinación, "jajaja." Y luego agregué: "Jajaja. Bueno, nos vemos luego."
Con esto intenté dejarlo atrás, pero él me tomó del brazo con firmeza y mostró síntomas de querer pasar la tarde en mi compañía.
–Cuando yo era un muchacho... –comenzó, dibujando la postal que la gente siempre pinta de lo excelentes, felices y libres del alma que eran cuando tenían 25 años. Así es: me contó todas las cosas que le gustaba creer que pensaba en el nebuloso pasado.
Dejé que prosiguiera. Incluso a intervalos hice gruñidos educados, para demostrar mi asombro. Y es que sé que yo mismo haré lo mismo un día. Fabricaré para mis nietos un Scott Fitzgerald que, desde luego, ninguno de mis contemporáneos en el presente reconocería. Pero ellos también serán viejos entonces, y respetarán mi distorsión como yo respetaré las suyas...
–Y ahora –el alegre anciano concluyó–, tú eres joven, tienes salud, has hecho dinero, estás felizmente casado, has conseguido un considerable éxito para disfrutarlo mientras aún eres joven, entonces responde a un inocente viejecillo, ¿por qué escribes esa clase de cosas?
Sucumbí. Le contestaría la verdad. Comencé: "Verá, señor, a mí me parece que entre más viejo se vuelve un hombre también se vuelve más vulner..."
Pero no pude continuar. Tan pronto como comencé a hablar, estrechó mi mano con rapidez y se marchó. No quiso escucharme. No le importaba saber por qué yo pensaba lo que pensaba. Simplemente había sentido la necesidad de dar un pequeño sermón y yo había sido la víctima. Su decrépita figura desapareció con un ligero bamboleo en la siguiente esquina.
"Muy bien, viejo aburrido", murmuré, "no me escuches... no podrías entenderlo ya, de todas formas". En desquite le di una patada al borde de la banqueta y continué mi camino.
Ese fue el primer incidente. El segundo ocurrió hace poco tiempo cuando un hombre de un reconocido periódico nuevo vino a buscarme.
–Señor Fitzgerald –me dijo–, circula un rumor por Nueva York de que usted y su, eh, que usted y la señora Fitzgerald se suicidarán a los 30 años porque aborrecen y temen la mediana edad. Quisiera darle un poco de publicidad a este asunto, brindarle seguimiento como una historia para nuestro suplemento dominical de cinco mil ejemplares. En la esquina superior de la página pondríamos…
–¡Sí, ya sé! –lo interrumpí. –En la esquina pondrán una foto de la trágica pareja, ella con un helado de arsénico en la mano, él con una daga oriental. Ambos con los ojos fijos en un enorme reloj en cuyo marco habrá un cráneo y unos huesos en cruz. En la otra esquina pondrán un calendario con la fecha marcada en rojo.
–¡Exactamente! –chilló el reportero, entusiasmado. –¡Ha captado usted la idea! Bueno, lo que haríamos…
–Espere un momento –le espeté. –No hay nada cierto en ese rumor, en absoluto. Cuando tenga 30 años no seré este que soy ahora, seré alguien más. Tendré un cuerpo diferente, de acuerdo a un libro que leí una vez, y tendré una actitud distinta ante todo. Incluso también estaré casado con una persona distinta…
–¡Ah! –dijo el periodista con un brillo de ansia en los ojos, y anotó algo en su libreta.
–¡No, no, no! –le repliqué. –Quiero decir que mi esposa será diferente.
–Ya veo, planea divorciarse.
–No, me refiero a que…
–Bueno, es igual. Para completar la historia necesitamos algunas observaciones sobre las fiestas licenciosas. ¿Considera usted que, eh, este tipo de fiestas son una amenaza para la Constitución? Y, sólo para ligarlo, ¿considera que su suicidio será el resultado de ese tipo de vida que ha llevado?
–¡Basta ya! –le interrumpí con desesperación. – Entienda, no sé qué tiene que ver eso con el tema. Toda la vida he odiado la vejez, porque creo que los años invariablemente aumentan la vulner…
Pero, al igual que en el caso del amigo de mi abuelo, no pude continuar. El hombre tomó mi mano con fuerza y la estrechó. Murmuró algo sobre entrevistar a una corista que acababan de reportarle que tenía una tobillera de platino sólido, y se marchó.
Ese fue el segundo incidente. Como verán, cuando traté de explicarle a esos dos hombres que “la edad aumenta la vulner…”, no les interesó. El viejo habló para sí mismo y el editor parloteó sobre fiestas licenciosas. Cuando quise explicarles, de pronto tuvieron compromisos repentinos y se fueron.
De modo que, con una mano sobre la Dieciochava Enmienda y otra sobre la parte seria de la Constitución, he hecho el juramento de que a alguien debo contarle lo que tengo que decir.


*
A medida que un hombre envejece es lógico pensar que su vulnerabilidad aumenta. Hace tres años, por ejemplo, sólo pude haber sido herido en una sola forma: a través de mí mismo. Si por accidente una lavadora eléctrica le hubiera arrancado el cabello a la esposa de mi mejor amigo, estaría apenado, por supuesto. Le daría a mi amigo una larga charla plagada de la expresión “viejo”, y terminaría con alguna frase del Discurso de Despedida de George Washington; pero después de eso podría ir a comer a un buen restaurante y disfrutar mi comida como si nada hubiera pasado. Si a mi primo segundo le hubieran rajado una arteria mientras le arreglaban las uñas, no niego que hubiese sentido un gran pesar dentro de mí. Pero cuando escuchaba las noticias no me desmayaba ni tenía que ser llevado a casa en un carro de lavandería.
De hecho, yo solía ser bastante invulnerable. Profería un lamento convencional cada vez que se hundía un barco o chocaba un tren, pero aun si toda la ciudad de Chicago hubiera sido aniquilada, yo no habría perdido una sola noche de sueño, a no ser que supiera que St. Paul era la siguiente en la lista. Incluso entonces podría haber llevado mi equipaje hasta Minneapolis y descansar perfectamente toda la noche.
Pero eso era hace tres años, cuando yo era todavía joven. Tenía tan sólo 22. Cuando escribía algo que a los críticos de libros no les gustaba, podían decir simplemente “Dios, pero qué pueril”, y eso me acababa. Tan sólo decirlo era ya suficiente para mí.  
Ahora tengo 25 y ya no soy para nada un novato (al menos no tanto para que me dé cuenta si me miro en un espejo convencional). Por el contrario, ahora soy vulnerable. Soy vulnerable en cada sentido.
Para beneficio de agentes de rentas y directores de cine que estén leyendo este texto explicaré que vulnerable quiere decir “fácil de herir”. Bueno, eso es. Soy más fácil de herir. No sólo en el pecho, los sentimientos, los dientes o la cuenta bancaria, también puedo ser herido en el perro. ¿Me explico? En el perro.
No, no es una nueva parte del cuerpo recién descubierta por el Instituto Rockefeller. Quiero decir un perro de verdad. O sea, si alguien entregara a la perrera al perro de mi familia me estaría lastimando casi tanto como a él. Y si un doctor me dijera que después de todo mi hijo no va a ser rubio, me estaría lastimando en una parte que antes no podían lastimarme, porque antes no tenía un hijo en el cual pudieran lastimarme. Y si mi hija creciera y cuando cumpla 16 se fuga con un sujeto de Zion, Illinois, que crea que la Tierra es plana –y no escribiría esto de no ser que ella tiene apenas seis meses de edad y no sabe leer, para no meterle ideas en su cabeza– entonces sería herido otra vez.
Sobre ser herido a través de la esposa no hablaré, ya que es un tema delicado. No diré nada sobre mi caso. Pero tengo razones privadas para saber que si alguien le dice a tu esposa que ese vestido amarillo la hace ver gorda, sufrirás violentamente en carne propia, durante un lapso de hasta seis horas después, por lo que esa persona le dijo.
“¡Atáquenlo en su esposa!” “¡Rapten a su hijo!” “¡Amarren una lata a la cola de su perro!” Con qué frecuencia escuchamos esas frases en la vida diaria, por no mencionar en las películas. ¡Y cómo me hacen estremecer al escucharlas! Hace tres años podrían haberme gritado eso en mi ventana y no hubiera movido un solo párpado, a menos que alguien hubiera dicho “Espera, creo que puedo dispararle desde aquí.”
Antes tenía cerca de tres metros cuadrados de piel vulnerable a escalofríos y fiebres. Ahora tengo el doble. No es que haya engordado desde entonces: esa cifra incluye a toda mi familia. Pero si un escalofrío o una fiebre amenazan con tocar un pedazo de esa piel, yo empiezo a temblar invariablemente.
Ahora entro en la mediana edad, pero la mediana edad no es tanto adquirir años como adquirir familia. Los ingresos de aquellos que no tienen hijos tienen una elasticidad asombrosa. Dos personas requieren sólo un cuarto y un baño; una pareja con hijo, en cambio, requiere la suite de lujo en la parte soleada del hotel.


*
Empezaré la parte religiosa de este artículo advirtiendo que si el editor espera conseguir de mí algo jovial y alegre –y, sí, pueril– tendría que remitirlo con mi hija, si es que ella supiera dar dictado. Si alguien piensa que yo soy pueril deberían de verla a ella, es tan pueril que me hace reír. A veces me hace reír, también, el pensar en lo pueril que es. Si un crítico literario la viera sufriría un colapso nervioso fulminante. Por el contrario, cualquier persona que se dirija a mí, editor o lo que sea, está tratando con un hombre de mediana edad.
Bien, tengo 25 años, y debo admitir que estoy bastante satisfecho con una parte de ese tiempo. Quiero decir que los primeros cinco años estuvieron bien… ¡pero los últimos 20! Han sido presa de extremos y contrastes. Esto me afecta tanto que de vez en cuando me propongo guardar gráficas para recordar los días que estuve más cerca de la felicidad. Pero luego enloquezco y destruyo todos mis papeles.
Saltándome la larga lista de errores de mi niñez, diré que entré a la preparatoria cuando cumplí 15, y que el par de años que desperdicié ahí fueron de una infelicidad total y sin sentido. Me entristecía por estar en una situación en la que todos pensaban que debía comportarme como ellos se comportaban, y porque no tenía el valor para mandarlos al diablo y tomar mi propio camino.
Por ejemplo, en la escuela había un muchacho idiota llamado Percy, cuya aprobación trataba de conseguir por una incomprensible razón. A causa de este insignificante sujeto, comencé a hacer que mucho de lo que había cultivado en mi mente volviera a ser una especie de maleza salvaje. Pasaba horas en el húmedo gimnasio tonteando, jugando basquetbol y haciendo de mí un completo idiota cuando yo lo que en realidad quería era pasear por el campo.       
Y todo para complacer a Percy. Creía que eso era lo que se tenía que hacer. Si no lo hacías eras alguien “mórbido”. Era su palabra preferida, y me daba escalofríos. Yo no quería ser mórbido, así que me convertí en un pelmazo.
Percy era además holgazán en clase, así que yo comencé a comportarme igual. Cuando escribía mis historias lo hacía en secreto, y me hacían sentir como un criminal. Si pensaba en alguna idea que no contara con la aprobación de Percy, descartaba la idea y al instante ponía la mente vacía casi como disculpándome.


*
Por supuesto Percy no fue a la universidad. Comenzó a trabajar y apenas lo he visto en los últimos años, creo se convirtió en un sepulturero de considerable prestigio. El tiempo con él fue tiempo perdido, pero ni siquiera lo disfruté. No tenía nada que ofrecerme y yo no tenía ninguna razón para hacer lo que él pensara o dijera. Pero cuando lo descubrí ya era demasiado tarde.
Lo peor es que su influjo me duró hasta los 22 años. Es decir, podía estar haciendo felizmente lo que yo quería hacer, cuando de pronto imaginaba a alguien moviendo la cabeza negativamente y diciendo: “Vamos Fitzgerald, no deberías estar haciendo eso… ¡es mórbido!”
Siempre me afectaba esa palabra, así que dejaba de hacer lo que quería y hacía lo que alguien más quería que hiciera. A veces podía decirles a esas personas que se fueran al carajo, pero otras veces era incapaz de hacerlo.
Durante el servicio militar, en 1917, comencé a escribir una novela. Trabajaba en eso todos los domingos desde la tarde hasta la medianoche, y luego desde las seis de la mañana hasta la noche. Me disfrutaba a mí mismo completamente. Por entonces fui llamado de vuelta al cuartel.
Después de un mes, varios amigos fueron a verme con gesto de desagrado: “Fitzgerald, deberías ocupar tus fines de semana para descansar y divertirte un poco. Lo que estás haciendo es… es algo mórbido.”
La palabra me convenció. Tuve el habitual escalofrío a lo largo de mi columna vertebral. El fin de semana siguiente dejé guardada mi novela, y fui de juerga con mis amigos a la ciudad a bailar toda la noche. Pero comencé a preocuparme por mi novela. Tanto que regresé al campamento sin haber descansado, sintiéndome miserable. También me sentía mórbido. Pero decidí que no regresaría a la ciudad. Terminé mi novela. Los editores la rechazaron, pero al siguiente año la reescribí y fue publicada con el título de “A este lado del paraíso”.
Antes de reescribirla hice una lista de las cosas mórbidas que cualquier persona que las cometiera debería ir a parar al manicomio más cercano (yo por ejemplo). Era mórbido:
1- Comprometerse con alguien sin tener suficiente dinero para casarse.
2- Dejar la agencia de publicidad después de tres meses.
3- Querer escribirlo todo.
4- Pensar que podía.
5- Escribir sobre muchachitas y muchachitos tontos sobre los que nadie quería leer.
Hasta que un año después me di cuenta que todos estaban bromeando, que siempre habían creído que lo único para lo que servía era para escribir, pero no me lo habían dicho.
No soy tan viejo como para dar moralejas sacadas de mi propia vida a las jóvenes generaciones. Guardaré para mí todo el pasado anterior a mis 16 años; después de eso, como dije, fabricaré un Scott Fitzgerald que hará parecer a Benjamin Franklin un pobre diablo con suerte de haber conseguido prominencia. Incluso en lo que he escrito aquí me he esforzado para esbozar el contorno de un pequeño pero nítido halo. ¡Me retracto de todo! Tengo 25 años. Ojalá tuviera 10 millones de dólares para no tener que hacer un trabajo en la vida.
Pero como tengo que hacerlo, diré la mayor lección que he aprendido hasta ahora: Si no sabes demasiado no te preocupes, nadie sabe en realidad demasiado sobre nada. Y nadie sabe ni la mitad acerca de tus propios intereses como tú mismo.

*
Si crees poderosamente en algo (incluido en ti mismo) y luchas solo por eso, terminarás en la cárcel, en el paraíso, en los titulares del periódico o en la mansión más grande de la cuadra, dependiendo de dónde empezaste. Si por el contrario no crees poderosamente en nada (incluido tú mismo), irás por ahí sin más, conseguirás suficiente dinero para comprar un automóvil a otro hijo de vecino, te casarás si tienes tiempo, y si lo haces tendrás un montón de hijos, aunque no tengas tiempo, y finalmente estarás agotado y morirás.
Si formas parte de la segunda clase de personas, tendrás la mayor diversión antes de cumplir 25. Si eres de la primera clase, tendrás la mayor diversión después de los 25.
Si eres de la primera clase serás llamado frecuentemente maldito imbécil, o peor. Eso es una verdad tan cierta como lo fue hace cientos de años. Todo mundo sabe que un chico que va por ahí masticando un trozo de pan sin que le importe lo que los demás piensen de él es un maldito imbécil. ¡Es lógico! Pero hay algunos malditos imbéciles que aun así logran graduarse y tener sus fotos en los anuarios de sus universidades, con sus nombres debajo. Y esos tipos sensibles que se rieron de ellos… bueno, ellos también tienen sus fotos ahí, pero sus nombres no significan nada, y las sonrisas de sus rostros parecieran ser más bien parálisis faciales.
Este tipo de maldito imbécil del que hablo debe recordar que es menos imbécil entre más lo consideren así. La clave está en ser tu propio tipo de maldito imbécil. (Este consejo es por supuesto sólo válido para malditos imbéciles de menos de 25 años, de otra forma es inservible.)
Pero no sé por qué al empezar a hablar de personas de 25 años empecé a hablar de imbéciles. No veo la relación. Si me hubieran pedido que escribiera sobre imbéciles, habría escrito mejor sobre esos sujetos que se ponen piezas de oro en los dientes delanteros, porque hace poco un amigo hizo eso y después de que lo confundieran tres veces en una hora con una tienda de joyas ambulante, vino a preguntarme si creía que se notaba mucho. Como soy un tipo amable, le dije que no lo habría notado si el sol no hubiera estado brillando tan fuerte. Le pregunté por qué lo había hecho.
–Bueno –me dijo–, el dentista me recomendó usarlos, porque los rellenos de porcelana sólo duran 10 años.
–¡10 años! ¡Probablemente estés muerto en ese tiempo!
–Bueno, es verdad.
–Aunque viéndolo bien, será una ventaja que cuando estés en tu ataúd no tengas que preocuparte por el estado de tus dientes.  
Y se me ocurrió de pronto que la mitad de la gente está siempre poniéndose piezas de oro en los dientes. Es decir, se están imaginando dentro de al menos 20 años. Cuando eres joven está bien imaginar tus éxitos en el futuro, siempre y cuando no te extiendas tanto. Pero cuando se trata de ti mismo y tu integridad (¡tus dientes!) es mejor concentrarse en el Hoy.


*
Y esa es la segunda cosa que he aprendido de la mediana edad y la vulnerabilidad. Déjenme recapitular:
1- Comparado con lo que sabes acerca de tus propios asuntos, nadie sabe nada. Y si alguien sabe más sobre tus asuntos que tú entonces tus asuntos son suyos y tú le perteneces. Pero cuando tus asuntos se vuelvan tuyos nadie sabrá más sobre ellos que tú mismo.
2- No dejes que coloquen piezas de oro en tus dientes delanteros.
Ahora dejaré de fingir que soy un joven agradable y revelaré mi verdadera naturaleza. Les mostraré, si aún no lo han notado, que tengo una veta maligna y que nadie quisiera tenerme como hijo.
No me gustan los viejos. Siempre están hablando de su “experiencia”, pero en realidad tienen muy poco de ella. De hecho, siguen cometiendo los mismos errores a los 50 y creyendo la misma lista de mentiras piadosas que se contaban a sí mismos desde que tenían 17 años. Y eso remite nuevamente a mi viejo amigo Vulnerabilidad.
Tomemos como ejemplo a una mujer de unos 30 años. Ella será considerada afortunada si está relacionada con un montón de cosas; su esposo, sus hijos, su casa, sus sirvientes. Si tiene tres casas, ocho hijos y catorce sirvientes, es considerada incluso más afortunada. (Esto, por supuesto, no aplica generalmente a más de un marido.)
Cuando era joven, esa mujer sólo se preocupaba por sí misma. Pero ahora le preocupa cualquier cosa que pueda ocurrirle a alguna de esas personas o cosas. Es diez veces más vulnerable. Por otra parte, no puede cortar esos lazos ni deshacerse de alguna de esas cargas excepto a cambio de un fuerte dolor y sufrimiento interno. Son las cosas que pueden destrozarla, y a la vez son las cosas que más aprecia en la vida.
En consecuencia, todo lo que no le brinda seguridad o la sensación de seguridad la sobresalta y la fastidia. Adquiere sólo el conocimiento inútil de las películas baratas, las novelas baratas y los recuerdos nebulosos de sus viajes al extranjero.
Para este momento su esposo, por su parte, también ha comenzado a percibir en él algo extraño y nuevo. Casi ya no se habla con su esposa, excepto para preguntarle entre gruñidos si mandó sus camisas a la lavandería. En los desayunos dominicales, incluso a veces comenta con ella algunas fascinantes estadísticas de partidos políticos o le lee la editorial del periódico matutino.
Pero al llegar a los 30 años, el esposo y la esposa saben en el fondo de sus corazones que el juego ha terminado. Sin algunos cocteles de por medio, cualquier tipo de interacción social entre ellos se vuelve un tormento. Ya no surge espontáneamente; es una convención ante la cual deben resignarse y cerrar los ojos al hecho de que las personas que conocen están igual de aburridos y cansados y gordos que ellos, pero deben soportarlos por educación como ellos mismos son soportados en su momento.  
He visto a muchas parejas felices. Pero pocos de esos hogares siguen siéndolo cuando el esposo y la esposa son mayores de 30. Los hogares podrían ser divididos en cuatro categorías:
1- Aquellos en los cuales los maridos son unos tontos engreídos que piensan que vender seguros es más difícil que criar niños, por lo que todos en casa deben hincarse ante ellos y rendirles pleitesía. Este es el tipo de hogar donde los hijos se van de casa apenas aprenden a caminar.  
2- Aquellos en los cuales la mujer tiene una lengua viperina y un complejo de mártir, y piensa que es la única mujer en el mundo que sabe lo que es tener hijos. Este es tal vez el hogar más triste de todos.
3- Aquellos en los cuales se les recuerda a los hijos a cada momento la importancia de haberlos traído al mundo, y el respeto que deben tenerle a sus padres por haber nacido en 1870 en vez de en 1902.
4- Aquellos en los cuales todo es para beneficio de los hijos. Donde los padres pagan mucho más de lo que son capaces por la educación de sus hijos y terminan arruinándose sin razón. Estos hogares acaban generalmente con los hijos avergonzándose de sus padres.  


*
Sin embargo aún pienso que el matrimonio es la más satisfactoria institución que existe. Sólo estoy explicando mi creencia de que cuando la Vida nos ha utilizado para sus propósitos y se lleva nuestras cualidades y nuestro atractivo, nos entrega a cambio vacías convicciones acerca de lo que llamamos “sabiduría” y “experiencia”.
Es inútil señalar que a lo largo de la historia de la humanidad, se ha creado un enorme camuflaje para ocultar el hecho de que sólo la juventud tiene algo de atractiva o relevante.
Aunque estén en desacuerdo la mayoría de los lectores de este artículo, procederé a concluir. Si no están satisfechos con mis argumentos tienen el derecho de decir: “¡Dios, pero qué pueril es realmente!” y dedicarse a otra cosa. Personalmente no me considero pueril pues no sé cómo alguien de mi edad pueda serlo. Por el contrario, hace poco estaba leyendo un artículo en esta misma revista firmado por un tal Ring Lardner que decía tener 35 años, y a comparación de mí sonaba bastante jovial, alegre y despreocupado.
Tal vez sea igual de vulnerable; no lo mencionó en su escrito. Tal vez cuando cumples 35 ya no sabes siquiera qué tan vulnerable eres. Lo único que sé es que si Ring llegara a tener otra vez 25 años, lo cual es poco probable, estaría de acuerdo conmigo. Entre más viejo eres menos sabes algo sobre cualquier cosa. Si me hubieran pedido que escribiera este texto hace cinco años, tal vez habría valido la pena leerlo. 



FRANCIS SCOTT FITZGERALD

The American Magazine, Septiembre de 1922


Texto original:
http://www.oldmagazinearticles.com/pdf/FITZGERALD%201.pdf

miércoles, 12 de febrero de 2014

VISIONES

Me convertí en mi propia quimera. Una idea transfigurada del querer ser. Una serpiente transexual en fuertes quimioterapias. Habitante de mi propia antípoda. Un psicópata adiestrado. Esclavo de los más escuetos experimentos pavlovianos. Los personajes se me matan en las neuronas. Suicidas espontáneos. Asesinos despiadados. Sádicos inconscientes previamente exonerados de sus maquiavélicos crímenes por mi buen comportamiento y sumisión total ante cualquiera. Un charlatán lujurioso de reconocimiento.  Tú, morboso partícipe de mis infantiles chantajes con la simple acción de recorrer este renglón con aún una brizna de interés. Para hacer el amor, igual se requiere un ente pasivo y uno activo. Únete al club del masoquismo. Siente todas tus llagas y úlceras, la carne encuerada; al rojo vivo, exhalando tétricos gritos por los poros. El dolor es lo único real, lo único con capacidad de abrirte los ojos de par en par. El dolor, invitándote a que te percibas como un todo indivisible. Un macrocosmos infinito chiquitito, chiquitito. Los nervios inmovilizándote, estrictos profesores de teología demostrando las limitaciones del ser humano ante la falacia. El dolor es el más necesario, repugnante, malparido, semen sobre pedazo de mierda sangrante de todos los males (Dios es peor e innecesario). La humanidad requiere su combustible.  Estoy tan asustado del dolor, negándome como ser en el momento de negar sus fuertes dosis necesarias.  No me acepto como ente. Prófugo ontológico. Un chapuzón de voluptuosidad que me arranque  mis propiedades terrenales. Algo así como un yonqui espiritual. El más rebelde de todos los cobardes. 

lunes, 27 de enero de 2014

MEGATHERIUM

Tal vez te haya pasado, abres los ojos, la cama te seduce, te duchas, sientes una leve ansiedad, asco, vas a encarar algo inevitable, piensas algo insulso, cualquier cosa. Sales, tratas de invocar recuerdos asimilables, amables flashazos, tú y tu mamila de oro en los aposentos de tu cuna; por los ríos negros que forman las calles nadas al caminar, avanzas como un arenque o una estrella de mar mientras cientos de pares de ojos te investigan. Sabes que es el día, que te despertaste y que a diferencia de las jornadas-rutina ésta te va a licuar; sobrevivirás pero al recostarte, listo para dormir serás algo desigual. Puede ser que tú no vuelvas, que ya otra cosa, un megatherium duerma en tu cama, probablemente ésta te parezca pequeña, entonces querrás dormir en una altiplanicie, en la punta de una pirámide o en la espalda de un saurio emplumado. Probablemente te ha pasado o te pasará, ese día te partirá el cráneo dejando el asfalto manchado de tu incauta y desparramada conciencia; de tus más absurdas muecas y ascos inevitables brotará un astro ennegrecido que iluminará sulfurando la susceptibilidad, vomitando hiedras floridas, municiones del caldo de pollo que te hacía tu mamá cuando te enfermabas. Porque recordarás haber sido algo una vez, estarás seguro de haber crecido entre industrias vaporosas, rodeado de trillones de anuncios. Pero ahora, en tu nuevo nacimiento te roerán incesantes ácaros, te engullirán mientras más te auto-reproduzcas, una interminable ofensiva entre la polilla y la mariposa se celebrará en todos tus ensangrentados miembros. Te temblará el párpado, te dará fiera disentería; seco arrastrarás tu rostro por el hirviente chapopote, esforzándote, te levantarás arrancando tu cara del suelo, dejando trozos de piel sólo para ver la luz de frente, sin cáusticas lágrimas, con el cerebro en los pies y los pulmones en las manos.

TE AMO

Si murieras
Me volvería necrófilo
Arroparía a tus células muertas
Les leería cuentos de los Grimm
Al fulgor de los astros reflejados
En tu derrame cerebral.
Fantasear en tus pupilas inertes
Mordisquear tus labios paletita de hielo (uva)
…Probar el anal.
Apuñalaría a un artista y bebería su sangre con ron
Me vestiría de anciana y cobraría tu pensión
(Qué recurso tan barato, las rimas de pasión)
Te conservaría en mi refrigerador
Sacaría los abarrotes y moriría de inanición.
Si reencarnases como hombre
Me volvería puto.



martes, 14 de enero de 2014

SKETCH DE UNA NOVELA AUTOMÁTICA DEL SIGLO XXI

Somos un manojo de nervios, epidermis gelatinosa, un montón de vesículas apiladas, glándulas exaltadas, una cubeta de aminoácidos, células hipocondríacas, venas hierba-mala, encías inflamadas, protuberancias blanquecinas, dientes de esquite, fallas renales, el Excélsior, cirugía plástica, caviar, genocidios, hormonas en su punto de ebullición, máquina de besos, cheque en blanco, autómatas ejecutivos, pulmones góticos, perros sarnosos, uñas mordisqueadas, risa de esquizoide, erupción de neurosis, gafas negras, excesos de Válium, capas linfáticas, institutos bien jerarquizados, esternocleidomastoideo, lactobacilos Casei Shirota, sándwich sin corteza, fetiches damnificados, plazas erógenas, monumentos estériles, licencia de conducir renovable, rebanadas de ectoplasma, calcio expirado, moléculas cachondas, años bisiestos, vellos rubios en el recto, carnosidad en los párpados, páncreas, mandato irrevocable, bolsillos de mezclilla, tiroides amaestrada, serpentinas de fósforo y potasio, conjuntivitis, cuerdas para yoyo, Salinas de Gortari, organismos acéfalos, cicutas y cigotos, dimes y diretes, retículas y cutículas, pieles y mieles, orgasmos con espasmos, intestinos delgados y pitos parados, células y cédulas, glúteos lúteos…, como meados mareados, lípidos límpidos, vulvas con pulgas, esporas con toras, pezones cabrones, fleco de José Emilio Pacheco, castrados dopados, tórax y Kodaks. 
¿Qué somos realmente? ¿Qué hay dentro de todas estas nomenclaturas, detrás de los viajes al supermercado con carrito lleno, de la reunión AA, de la boda de un amigo, de las velas de un pastel, de las hipótesis en salvia Divinorum,  de las pupilas de un vagabundo, del trino de aves chamagosas,  de las alertas sísmicas, de las desvirgaciones precarias, de la guerra fría, de los sacapuntas inflamados, de las noches de cine, de las costras inexplicables, de los sitios web de citas a ciegas, de los bostezos vespertinos, de las novelas rusas del siglo XIX, de los camiones de bombero que usan peluca, del primer beso jugando botellita, de la ridícula cantidad de lápidas, de la galaxia de Andrómeda, de la entrevista con el ginecólogo, de los 30 minutos de recreo, del cerebro hecho tortilla por la llanta trasera de un Torton, del hedor a humedad en una chamarra de gamuza, de un Dios carpintero, del paseo por el parque tomados de la mano, de la contemplación de un oleo posmo, del suicidio de un vecino, de los renacuajos en la fuente municipal, del anillo de graduación, de las 11:37 a.m., de ayudar a un anciano a encender la radio, de usar el bigote a la Hitler, de las extremidades adormecidas, de los hot-cakes con tocino y maple, del calendario con chistes del ’52, de la prostituta chiqueada, de las llantas de entrenamiento para bicicleta?

Filósofos y embusteros intentan entender y servirnos en una compleja charola de elaboradas trampas sistémicas al ser. Estamos condenados en el patíbulo  de sus fenomenologías, a una vida de abastecimiento eterno, de sortear tedios y encontrar a nuestra mitad homeopática entre cenas lujosas y revolcones en sábanas menstruadas. Escondido entre neuronas y jaquecas se encuentra el freno de este nauseabundo carrusel sinfín… Empresa quisquillosa.  

lunes, 9 de diciembre de 2013

ÚLTIMA CAJA DE ESTRELLAS

1.
Si tan sólo pudiera poner en orden mi mente,
mis pensamientos cruzarían la tierra para verte.
Nadie te mira en este mundo de vampiros;
nadie te mira como yo te miro.
Cada segundo va registrando cómo me transformo 
en pelos de óxido, nódulos de raíces marchitas y polvo.
Nadie te mira en este mundo de vampiros;
nadie te mira como yo te miro.

Estoy harto de las despidas:
la noche llega chupando mis sueños 
y arrastrándose por el suelo.

Estoy harto de las despedidas.





2.
Una bandada de cuchillos cortó el cielo
y quedó enterrada en mis ojos negros:
las nubes sangraron sobre mi cerebro:
la lluvia otoñal empapó los cauces secos. 

Tragué lágrimas de cristal manchadas
y absorbidas por el sol durante muchos años luz. 
Las luciérnagas anidaban en tu cabello;
mis concertinas rojas bajaban por las escaleras. 

El huracán de tus ojos sollozó largo rato
los cuchillos del verano.





3.
Regresaré a este lugar algún día,
a desenterrar mis huesos de la arcilla.

Aquí dejé uñas, cuerdas, cabellos 
y un colmillo que creí era de un oso viejo.

Sostuve mi mano en el fuego:
quemó todo mi cableaje interno. 

Se escondieron vampiros debajo de mi cama;
negros humos de piel que gentilmente sangraban.

Duermo cada noche con un gato sobre mi pecho:
detiene mi corazón, me roba el aliento. 

Al amanecer los monos se irán volando, 
pero dejarán en mis ojos monedas de un centavo. 





4.
Tú eras mi margarita, 
tú eras mi canción de cuna;
mi madreselva y mi claro de luna.

Tú trajiste el sol hasta que hiciste 
a mis perros desaparecer.

Tú eras mi Tierra Oscura,
el fuego que atraviesa mi columna: 
tus ondas magnéticas me hicieron nacer.
Yo era el que más te amaba,
pero no puedes abrazar a un fantasma. 

Algún dulce día, 
tú serás mía...

Pronto podremos ir a nuestro hogar, 
atravesando el viejo y frío mar. 

Tu amante está en la luna anciana, 
besando los huesos de tus rodillas. 

Todas tus dolencias están curadas:
sé que estás riendo debajo del agua. 

Bebimos whisky como nuestros papás, 
y nacimos para volver a ser arcilla, 
pero mi amor por ti, mi niña,
jamás morirá. 

Algún dulce día, 
tu serás mía...

¿Dónde te metiste?
¿Fuiste al sol o en dónde estás?
¿En cada gota contienes el mar,
o sencillamente te detuviste?

Algún dulce día, 
tu serás mía...





5. 
Puedo ver en tu rostro 
por miles de años;
es como una guerra civil
de dolor y alegría. 

Pero si fueras un caballo, 
te ayudaría con tus cadenas. 
Te cabalgaría por los campos
con tu melena de fuego,
y quizá tu sombra fuera dulce. 
Flotaríamos sobre los lagos, 
donde el sol está hecho de miel.

Atrapo diamantes, te escribo un poema, 
porque nadie aquí podrá salvarte. 
Ella está de regreso en la Tierra,
pero un día estará hecha de plata... 
En mi pecho hay estrellas muertas,
hasta que otra vez te vea. 

Ella nació con las alas de un halcón, 
peina su cabello con sangre;
y quizá su sombra sea dulce.   

Flotaríamos sobre los lagos, 
donde el sol está hecho de miel.

Y quizá tu sombra fuera dulce.





6.
Cada cabello de tu cabeza está contado:
vales cientos de gorriones.

El árbol que plantaste se volvió fecundo,
con tantos colibríes kamikazes.
Alas de cientos de latidos por segundo,
de personas cuyas alas no se distinguen,
con miedo de que nuestros ojos sean atravesados
por sus pequeños picos afilados.

De veras lo lamento:
mi espíritu rara vez está en mi cuerpo;
se la pasa vagando por el desierto,
buscando un buen lugar para conciliar el sueño;
tu cabeza sobre mi tórax, por ejemplo, 
o sintiendo la almohada de tu pecho.





7.
Los caballos empapados
con helado derretido
no escucharon mi aviso;
ahora sus pesados miembros 
terminarán quebrando con su peso
un destino murmurado.

Doctor, doctor, 
por favor...
A mi alrededor, 
en un mar ensangrentado, 
voy profanando cada colmena
y fumándome las abejas.

Tú podrías ser mi amiga. 
Tú podrías ser mi perra. 
Tú podrías ser mi vida. 
Tú podrías ser mi niebla. 

Doctor, doctor, 
por favor...
Las brujas volverán a sus árboles pegajosos;
mientras yo sentiré el sol caer sobre mi rostro. 

Ojalá tuviera 
una cabeza de caballo,
un corazón de tigre 
y una cama de manzana.





8.
Con piedras en mi vestido
y humo en el pelo,
caminé hacia el lago
y dormí durante un rato.

Con peces sobre el vientre
y en lo profundo de mis venas,
aquella luz me robó el aliento
e hizo diamantes con la tormenta.

Soñé que había nacido en una montaña en la luna,
donde nada se pudría ni brotaba nada nuevo...

Soñé que tenía una hija
como un caballo: así de magnífica.





9.
Abrí mis ojos y vi la luz del sol;
toda la noche estuvo afuera, 
para descansar y relajarse.

Me tumbé sobre la hierba
y dejé a los insectos hacer lo que quisieran;
entonces ella cubrió entre sus alas mi cabeza
y susurró "pobrecito", con tristeza.

Pronto vendrá un tiempo gigantesco:
las olas arrastrarán los desperdicios que guardé.
La luna explotará o se esfumará,
y no quedará nada de los recuerdos que fabriqué. 





10.
Tu cara es como el sol hundiéndose en el mar;
es como ver las flores creciendo a gran velocidad.

Me tragué cada uno de tus besos:
iluminaron mis mañanas y mis huecos,
y mis vides y raíces se fueron destejiendo.
Nena, tú eres mi rayo de sol:
no te lleves ese rayo, por favor.

Las luciérnagas son estrellas muertas:
puedo escuchar su llanto cuando vuelven a la tierra.
Son como las luces de navidad que un día me comí;
como el árbol vacío donde esa noche dormí;
el invierno que desde entonces no se quiebra.

Nena, tú eres mi rayo de sol:
no te lleves ese rayo, por favor.




 Mark Linkous, in memoriam

martes, 26 de noviembre de 2013

LA TUMBA DE MEDELLÍN

Conocí a esta persona. Un ser extraordinario. Aunque siendo meticuloso  podría decir que  lo extraordinario reside en las circunstancias que enmarcaron nuestros encuentros más que en él. ¿Alguna vez has sentido ternura por alguien que te recuerde a ti mismo? Un sentimiento que te llena de una efervescencia motivacional. Sería incorrecto designarlo como amor cuando se trata de egocentrismo, egocentrismo hacia el otro. Perdón si no me explico bien, es mi primera prosa y no he tenido la posibilidad de ejercitar mi conversación desde que falleció mi mujer hace unos años. Empezaré este relato desde lo que a mi parecer sería un práctico punto de partida, por no decir el comienzo, ya que sería arduo e inútil buscar un inicio concreto.
 He encontrado las delicias de la soledad en los cementerios, un lugar reconfortante donde poder llevar la existencia sin la abrumadora presencia de los otros. Los muertos son los mejores confidentes, la seguridad del interlocutor que sabe escuchar desde dos metros bajo tierra sin la necedad de decirte lo que debes pero no quieres saber. El trabajo de cuidador de tumbas es satisfactorio, trabajas poco y puedes estar en íntimo contacto contigo mismo todo el tiempo, además de tener las vicisitudes de la jardinería incluidas. Un lugar donde vida y muerte se mezclan en un ambiente de supersticiones iterativas. Pero no hablemos de mí, pasemos a él, que para el caso vendría a ser lo mismo.
En raras ocasiones entablo conversaciones trascendentes con los visitantes, sólo acordamos el precio de la mensualidad por conservar la tumba de su ser querido en perfecto estado y con flores frescas, cuando mucho uno que otro tópico sobre el clima o cualquier nueva disposición de la administración: cuestión de cortesía, respeto por su duelo. Este joven, de veintipocos años  acudía con mucha frecuencia a mi sección, una frecuencia excesiva tomando en cuenta que contemplaba la tumba de “Rosendo Medellín, 1908-1947, amado padre y esposo, talentoso escritor.”, un hombre que murió unos 50 años antes de que él naciera. Se sentaba por horas a ver la tumba, ensimismado, bebía cervezas sacadas de su mochila y fumaba sin parar, a veces sacaba un cuaderno y tomaba notas. Yo lo trataba al igual que a otros visitantes, dejándolo  a solas con sus penas, sin ocasionarle molestia alguna. ¿Quién soy yo para entender el dolor que pueda ocasionar la pérdida de un ser querido que murió antes del propio nacimiento? Estos años en el cementerio me han vuelto a la par de hipersensible al dolor ajeno, desinteresado, combinación que me resulta difícil explicar.
Durante la vejez hay que saber encontrarse pasatiempos, obsesionarse con las cosas más irrelevantes e intentar magnificarlas  o dotarlas de connotaciones místicas es la alternativa a quedarse en cama a morir. El joven sentando frente a la tumba se convirtió en mi propio misterio, llegar temprano al cementerio con la intensión de encontrarlo dotaba de sentido mi existencia, un vínculo me unía a él, no sabía explicármelo ni siquiera a mí mismo, pero había algo grande que nos relacionaba sin irme por la explicación floja de nuestro gusto por el cementerio. Tracé mi camino de investigación sobre la pista obvia de Rosendo Medellín, el escritor muerto hace medio siglo. Recorrí todas las bibliotecas de la ciudad sin encontrar dato alguno, la misma suerte tuve en mis paseos por las librerías de ediciones viejas en Donceles. Revisé la lápida con detenimiento, noté algo que me pareció nunca haber visto en todos estos años de rondar por el último lecho de Medellín. Justo arriba del año de nacimiento se encontraba casi totalmente deteriorado lo que supuse el mes del acontecimiento, un IV romano. En el año de su fallecimiento no quedaba vestigio alguno, o es lo que a mi vista le pareció, tras dar una lavada a la lápida, y pasar mi palma por donde supuse se encontraría el mes de fallecimiento de Medellín, pude sentir una X con un I. Noviembre de 1947.
Entusiasmado por el acontecimiento tracé un nuevo plan de trabajo y fui esa misma tarde a una gran hemeroteca en la que me había detenido brevemente en mi anterior paseo. Revisé minuciosamente  los diarios de noviembre del 47 en busca de alguna pista sobre el fallecimiento de Medellín.  Tras una ardua investigación de tres horas ahí estaba: un obituario del 13 de noviembre que incluía el epitafio que Rosendo Medellín había escrito para sí mismo, y que supongo por motivos de prudencia católica su familia decidió no usar.
El epitafio. Esos cuatro versos me cambiaron profundamente, fue una sacudida a todo lo que había creído en mi vida,  palabras tan exactas, una parte de mí estaba palpitando en ese viejo diario del 47. Me quedé helado, todo difería de lo que yo creía realidad, estaban escritas para mí. Por mí. Rosendo Medellín, el visionario. Prudentemente y sin despertar sospechas de la bibliotecaria recorté la página y la guardé procurando no maltratarla en mi abrigo, salí del edificio con pánico a lo que me esperaría a partir de ese momento.
El cementerio es el mejor lugar para despabilarte, dejar que la pluma se conecte directamente al sistema nervioso central y haga su trabajo sin la interferencia de la blanda carne. Sólo es cuestión de llevar algo para mantener la garganta fresca y los sentidos en esa atrofia del ensueño. Caguamas frías. Todos evitarán acercarse a un muchacho acongojado, ahogando las penas en la fría botella retornable, que te piensen sufriendo y te rehúyan por compasión o incomodidad. Dejarte guiar, que el tormento se convierta en cantos inmaculados, pulidos por los infiernos internos, por un criticismo que resultará en tendones acuchillados para el lector. Que las imágenes acechen la mente como buitres hambrientos. Esta es mi tumba. Rosendo Medellín. Resultaría más complejo explicarme mi propia decisión que darlo por sentado sin reclamo.   
“La poesía debe ser una forma de vida, diseccionar apasionadamente  todos los campos de consciencia e inconsciencia de uno mismo en ese gesto que se asemeja a hacer el amor tiernamente a una puta sádica. Cada estado mental tiene cabida en un canto, una obra tan compleja que abarque toda la vida del susodicho ángel tullido llamado poeta. Una especie de ADN espiritual. La vida de una persona, con sus altas y bajas engalanada en cantos. ” Le explicaba al viejo, que parecía entender todo a la primera, incluso me atrevería a decir que adivinaba mis palabras sin importar que tan incoherentes resultaran incluso para mí.
El viejo me resultó un compañero grato, es un hombre de aspecto fantasmal, de pocas palabras, de una seriedad que ronda lo tétrico. Un día sin decir más se acercó y me preguntó sobre la obra del poeta Rosendo Medellín. No creí que el cadáver que me servía de mesa de trabajo fuera un escritor reconocido, y mucho menos por un cuidatumbas. -Una ocasión, antes de conocer al viejo, investigué en internet por más aburrimiento que por curiosidad sobre ese nombre, como lo esperaba se mostraron cero resultados para el escritor  y unos tantos para personas que compartían el mismo nombre.- Me mostró una nota de un periódico viejo que guardaba en su billetera que incluía unos versos de Rosendo Medellín. Muy bueno para ser un poeta del siglo pasado: sus versos reflejaban odio, un grito desesperado, blasfemias disfrazadas de apologías a la humanidad, todo esto en cuatro líneas, maestro de la síntesis. Sin embargo no me resultaba tan espectacular como afirmaba el viejo.
Más que amigos nos hicimos cómplices, bebía conmigo y yo le enseñaba a mis escritores favoritos, poetas locos, suicidas, desencantados, toda clase de neuróticos que no tiraban burdas alabanzas a lo establecido. Le enseñé mi obra, quedó fascinado. Le enseñé a escribir, me superó.
Algo en los escritos del joven rememoraba mi pasado, esa rebeldía juvenil, el nihilismo obligado en esa etapa, las barreras poéticas que uno solamente es capaz de destrozar cuando está verdaderamente enfadado y con el futuro todo incierto, esos versos donde domina el fondo sobre la forma…, inexperiencia. Una especie de prefacio a mi propia obra, como la mía a la de Medellín... O viceversa. Algo que yo hubiera escrito en mi juventud, algo que Medellín hubiera escrito en la suya. Hablar de diferentes épocas es lo que menos importa cuando se trata del poemario de una sola vida.