miércoles, 8 de junio de 2011

¡INVENTAN EL JUEGO EN EL QUE NADIE GANA!

Yo creo que habría que
inventar un juego en el
que nadie ganara.

Jorge Luis Borges

Toda las coincidencias con la
 humorística realidad mexicana
 corresponden meramente a una
 chaquetita mental


¡Súbitamente germinó la maravillosa idea! Rumiando profundo y dilatado, todos los miembros del Ministerio de Educación para el Libro y la Lectura (MELAPELAS), concordaron en llevar al pueblo mexicano a su emancipación intelectual por medio de la  literatura. No podía ser posible el abominable promedio de 2.5 libros leídos al año. El repetido hecho brotaba cadencioso en toda la prensa internacional. El bochorno fluía rojo dentro de los cachetotes morenos, tornándolos rojizo cual graso pambazo de todos y cada uno de los diputad@s-senador@. Pero cómo colocarse en los primeros diez lugares si México estaba en el lugar 107 del ranking mundial de 108 países. Cual engranes de un reloj, sus cartesianas mentes trabajaban para mezclar y ordenar las siguientes ideas:
 Inyectar recursos, estandarizar, competir, evaluar, medir, etc. 
“El individuo mexicano debe de poder confrontarse y ganar en discusiones literarias hasta con el más culto de los sajones, esto claro aumentando considerablemente su promedio de lectura” Enunciaban serios y convencidos.
Elaborando los más inexactos cálculos precisaron el dato curioso de que cualquier indígena, de cualquier comunidad, por más lejos que estuviera, podría consumir un libro por semana (tomando en cuenta que su promedio de vida va de los 40 a los 50 años) fácilmente podría abatir el portentoso número de 2700 ejemplares, que para toda una vida campesina de miseria, enfermedades y sufrimiento no se escuchaba tan mal.

Pero todavía había un formidabilísimo problema: se debería extinguir cual Tiranosaurio Rex al abyecto “librito vaquero” que tanto mal hacía quedar a toda la clase político-intelectual del país. Para ello era imprescindible fijar como meta el desarrollo e implementación de un sistema de evaluación especializado sobre libros y lectura en México, además de la urgente Inversión en compra y mejora de la calidad de los acervos y colecciones destinados a consulta pública, todo esto a más tardar el 13 de noviembre del 2011, (o sea comprar libros en chinga).

Con este maravilloso y acertado programa se espera que los mexicanos sobre todo los más perezosos/pendejos para leer, se den un tiempo entre la asesina jornada de trabajo, los interminables quehaceres del hogar y los divertidísimos programas de chismes, esto con el fin de leer de perdis un libro por semana. Una de las principales propuestas es la de fomentar concursos intelectuales ya sea con compañeros de trabajo, amigos o familiares de a ver quién lee más libros. El chiste de este juego se centra en el consumo desmesurado de lecturas recomendadas por el estado; ya sea en una parranda, en el cine o a la hora de las kekas, no importa dónde, lo primordial es que la sociedad se vuelva más desafiante y precisa por medio del proceso y consumo de sentidos, así podrá hablar fluidamente con personas provenientes de países primermundistas que visiten la sierra madre occidental, oriental o alguna de esas. La Organización para la Generación y el Trabajo Económicos (OGETES) propone que no importa quién chingaos gane, sino que se consuman tantas lecturas como sea humanamente posible, para que así la economía y el desarrollo social del país avance y logre salir esta brecha de violencia, pobreza e ignorancia que tanto mancillan a esta maravillosa nación repleta de riquezas naturales.

lunes, 6 de junio de 2011

LA PIERNA LANUDA

¿Cuánto tiempo tendremos que esperar
hasta que los otros también se vuelvan pacifistas?
No es posible decirlo, pero acaso no sea una esperanza
utópica que el influjo de esos dos factores, el de la actitud
cultural y el de la justificada angustia ante los efectos
de una guerra futura, haya de poner fin a las guerras
en una época no lejana.


“Carta del Dr. Freud al profesor Einstein sobre la violencia y la guerra “




Estúpido capitalismo, lo sobrellevo con mis repugnantes incongruencias, ya sabes, leyendo El fin de la ideología alemana mientras me chingo un refresco dietético de ese asqueroso/delicioso sabor CO-LA. Y me digo, no mames, ya te vendiste, todavía cuando tenías intenciones de ir a enseñarle a leer a gente empotrada en la sierra más lejana posible de este bello/horroroso país tercermundista, pero ¡Ahh no! El amor tenía que aparecer, tenía que reconfigurarte para aceptar hasta las condiciones más denigrantes de falsedad y contradicción. El puto calambre recorriéndome por las piernas, como pariendo un polacantus, abriéndome de culo cada que le respondía a mi nuevo suegro: “sí señor, la izquierda está constituida de puros revoltosos”, “esos hippies mugrosos, cómo los detesto señor” ¿Y Marx? Estúpido hipócrita, toda esa hermosa concepción de un mundo mejor se fue al carajo en 5 mi-nu-tos. En cuestión de segundos paraba las nalgas, asegurando sonriente a todos ¡CLAROOOO, EL PRESIDENTE HACE LO MEJOR SEÑOR, ES SIN DUDA EL MEJOR GOBIERNO, Y QUÉ DECIR DE LA POLICIA, UFF, PAPEL ESCENCIAL EN NUESTRO DIARIO ACONTECER! Hasta llegué a decir “osea mano” pero bueno, fue por amor, por un enamoramiento enculador. Recuerdo cuando mi chiqius me presentó a ese mastodonte que tenía como padre, lo primero que me vino a la mente “clase baja con poder” y por supuesto que así era, pero la chiquis, tan bella, ingenua, iletrada, me miraba con esos ojos como de marciano, grandes, cafés, a veces la imaginaba bajando de una nave espacial, tratando de hacer contacto entre civilizaciones planetarias, y pensaba que a mí me escogía para hacer ese encuentro histórico, que era el galán de la película. Pensando eso hasta se me olvidaba que mi suegro me estaba hablando, o que debía de reír en el momento adecuado, ya sabes, sonrisa perene, todo está bien, tu suegro es el judicial más divertido de toda la PGR, el de los zapatos más boleados en toda la primorosa/horripilante república mexicana.
-jojojo, jejeje, ohhhh siiiii señor, jajajaja ¿me pasa la sal?-
Qué embustero, hipócrita, mamón, la culpa no me dejaba dormir, y el Capital con la foto de Marx me miraba desde mi escritorio, diciéndome, no mames eres el marxista más pendejo de nuestra era, por lo menos el más cobarde. Y regresaba todos los sábados a cenar con mi nueva familia desclasada, y reía, comentaba lo más absurdo y leve que se me venía a la mente, qué feliz hacía a mi novia, qué hipócritamente feliz era yo. La chiquis me recitaba al oído palabras tan halagadoras que nunca me habían dicho, como por ejemplo: “me gustas”. La piel se me enchinaba tan ridículamente que al ir al cagadero sentía como si en lugar de mierda me saliera merengue, fastuoso merengue rosa. A la chingada con Marx, puras insalvables contradicciones, malos ratos, aislamiento, pinche-sin-vieja, es lo que me había conseguido. Y otra vez manejaba como dos horas para llegar el sábado con mi nueva familia, ¡Hasta hijo me decían! ¿Y se querían deshacer de la familia, que según era la esclavitud primitiva? “Yo de aquí soy” me dije un nauseabundo/soleado día a la mitad del inmenso tráfico. Pues cuando uno es el yerno del judicial más simpático del mundo y con los zapatos más boleados poco más se puede pedir, digo, no todos los mastodontes desclasados con poder pueden ser taaaaan malos. Pero bien me lo decía mi abuelito Marx: “lo sólido se desvanece en el aire” y dicho y hecho. Uno de esos sábados mi mastodonte-suegro-saurio recibió una de esas llamadas en las que solía salir corriendo hecho la chingada de la casa armado hasta el culo, era un tanto normal, así que la cena prosiguió sin él y yo mientras hice alarde de mi poco conocimiento acerca de las políticas internacionales, quedando bien con la suegra etc, etc, etc. Como mi suegro-puerco-donte no regresaba opté por dirigirme a mi desolada casa. La ruta de siempre, los alcoholímetros, las putas, la misma bazofia burocráticamente repetitiva. Acercándome ya al metro Camarones, elegí recordar viejos tiempos, puse El arado por supuesto de Jara, y pensé en esos grillos y mariposas mientras esperaba el color verde del semáforo. Girando como búmeran, un objeto de aproximadamente un metro de largo se estrelló contra mi parabrisas “aaaahhhh!” grité. Todo el vidrio se había teñido de rojo, sacadísimo de pedo me bajé para ver qué jodidos había destrozado el vidrio frontal de mi auto, una pierna lanuda descansaba sobre el cofre del carro, me acerqué un poco más y vi que un zapato muy boleado cubría el pie de la pierna, era el zapato más boleado de toda la puta república mexicana.

RUBÍ

(Todos los hechos, personajes, situaciones y sentimientos incluidos en este poema son ficticios; cualquier parecido con la  desabrida realidad es mera coincidencia) 

Estas líneas salen en un momento de lucidez única: la resaca de un tinto barato de tetra pack, mis órganos cuajándose como gelatinitas D’Gary, mi cerebro inestable, los pensamientos acechando desde lo alto como buitres que esperan la perdición, se me muestran pasajes incoherentes e inconexos, recuerdos ajenos, lugares que nunca he de conocer otra vez. Y tú, un puto tatuaje mal dibujado, de esos, de carcelero hechos con una aguja y tinta china: Eres un tatuaje rancio en mis sueños. Han pasado dos años de tu ausencia, mujer. Dos años en que me siento deshabitado, dos años de ser lote baldío con perros sarnosos, botellas rotas, periódicos con muerte viejos, y el pasto y la orina crecidos.
Tu ausencia me ha regalado un bello presente, me diste toda mi misantropía envuelta en papel celofán  amarillo y un moñito rojo. Me diste el don de ejercer remarcables apologías al suicidio, niña.  La tranquilidad y paciencia para aceptar el tiempo, el tiempo espeso, el tiempo que me acaricia con sus manos de navaja de afeitar oxidada y me besa con su saliva-nitroglicerina. Ahora te sé con alguien (enjuiciando sintéticamente con exactitud a priori) inepto y carente de pasión e intelecto. Alguien que siempre quisiste, mujer. Alguien que te permite ejercer tu voluntad de poder inculta y risible, me alegra tu felicidad, la mereces niña. Yo, por mi parte, procuraré mi muy propio Columbine en tu patio y/o mi corazón.
Soy un alcohólico mujeriego, hago el amor con la botella y me bebo a las mujeres, no encajo en tu vida de planeaciones y puntualidades, no seré nunca el gerente-banquero apropiado para ti. Yo soy un malabarista de cubetas, un esquizofrénico que juega a la poesía (y siempre pierde). Soy esa bonita progresión de acordes menores arpegiados, tú eres el power chord con distorsión que rompe la tranquilidad y desafina con misticismo  la bonita y triste melodía de mi perra vida. ¡Eres arte, niña! ¡Eres arte, mujer! ¿yo? Tú lo sabes muy bien, me conoces: yo soy Muerte y una nueva enfermedad de transmisión sexual y soy la noche y soy arcoíris y soy maripositas, pero sobretodo: la Muerte infinita. Mira: cuéntalas, ¿cuántas muertes ves en mis ojos, niña?
Y me liberé de ti, no me fue fácil: a sollozos, berrinches y garganta desgarrada en lágrimas saladitas. Jamás tú, nunca más tu bodrio de esencia. Tranquilidad. Por fin, me convierto en el Altazor del siglo XXI, el formulario de solicitud del empleo está completo, yo mismo lo llené con mi propio semen, esta vez sin paracaídas ni parasubidas, eso es para cobardes. Caigo y caigo, caigo por siempre, con mi soledad y mi desamparo y mis 19 orfandades abrigando las noches soleadas, sólo pido algo para hacer mi viaje tolerable: denme poquito Radiohead, pero sólo las canciones melancólicas y paranoicas, obvia excepción de Creep, en vez de eso reproduzcan Knives Out  40 veces continuas, diarias, y denme un poco de Baudelaire para el tedio, ¡Oh, el tedio! 
Eres la Salomé obesa de este Nietzsche autista, tus incontables rechazos me han obligado a hacerme un filósofo de la menstruación, llámenme teórico menstrual. Pinche tatuaje onírico. Yo sé muy bien encontrarte, sé dónde te escondes, te escondes en el interior del sexo de mis amantes, te siento en esa humedad aceitosa, eres un fluido pasional, mujer. Y me consuela el hecho de saber que nunca leerás este texto agridulce, y sí lo haces me consuela el saberte indiferente ante estas imprecaciones aburridas. Y no más llamadas etílicas a las 4:00 a.m. por favor.  Y,  sobre esta cuartilla, entiéndanse como una lavativa emocional inserta en el ano de mis sentimientos y lanzando chorritos de vinagre a presión, purificando todo el estómago y  demás vísceras de mi espíritu.
Y no estás, te borré. Mi sinapsis, donde te refugiabas en posición fetal, quedó destruida, ¡Gracias Satanás! ¡Gracias Buda! ¡Gracias Popeye! Las bonitas lobotomías que vienen gratis en el fondo de cada panal de rico Tonayan. Ahora me dedico a simplemente no ti. La ocupación más bella y con más días de asueto. ¡Tan no tú!

miércoles, 1 de junio de 2011

UN AMOR VISCERAL

Se veía riquísima, estaba exponiendo enfrente de todo el salón, exponía a José Agustín y la literatura de onda. Ahí estaba, deslumbrándome con ese cuerpo, como un reflector apuntándote a la cara, como rayo laser en la cornea; lucía un hermoso vestido azul entallado, azul como el mismo cielo de tarde veraniega despejada, dejaba ver su silueta de diosa, sus senos redondos, bien levantados, hechos a la perfección para llenar mis manos, mis manos que juegan a la cuevita, al pocito; esa cintura y abdomen delgado, sobrio, tan firme, tan celestial, su cuerpo parecía al de Mystique de las películas de los X-Men, pero con un azul más pastel. Y sus caderas tan pegadas al vestido azul: excelentes, exuberantes, extraordinarias, exquisitas, exactas, excelsas, exclusivas, excitantes, excomulgadas , excepcionales, exotérmicas, éxtasis, extravagantes y demás adjetivos aplicables a engrandecerla con el prefijo ex; su culo también estaba bueno, delicioso, me gustaba, gracias a ese talle se transparentaba el calzón, un calzón de los llamados cacheteros, de esos que dejan el tercio inferior de las nalgas al descubierto, el vestido terminaba en una mini que dejaba a la vista sus piernas, largas y gorditas, blancas y de presumible piel de seda, mi tacto las pensó sin sentirlas, mi tacto las inventó sabiéndolas, mi tacto las exploró minuciosamente sin tocarlas, mi tacto las imaginó sin conocerlas, resbalándose por las yemas, cada fisura de mi huella digital saboreando esa carne lisa e infantil, mi palma degustando ese manjar de libertinos. Me dejó absorto, quizá por las 4 caguamas que refrescaron mi esófago preámbulo para entrar a clase, ya saben por eso de la inteligencia que proporcionan; se convirtió en un inagotable objeto del deseo, me perdí de todo salvo de ese cuerpo, ese cuerpo bamboleándose, tan deleitable, mis pupilas carcomidas y conjuntivíticas no paraban de asfixiarla, se abalanzaban sobre ella sin piedad, sin preguntar, devorándola, mis pupilas de caníbal, desgarrando toda esa juventud con sus dientes afilados, ensangrentando ese lindo vestido azul. Mis pupilas engullendo cada bocado de su cuerpo, no deteniéndose ni en las vísceras, traspasando toda esa piel de agua, mordiendo su bazo, lengüetazos oculares a su vesícula biliar, pasándome pedazos de páncreas completo, con ayuda del refresco extraído del riñón derecho. ¡Un tour autoguiado en el paraíso, baby!
Acabó su expo, el licor que mi corazón bombeaba a todo Villalón me dio el valor, me acerqué a ella, le dije que se veía bien pinche sabrosa en ese vestido, la tomé de la cintura sin esperar respuesta y en frente del grupo, que ya guardaban sus cuadernos de notas, le planté un beso, me correspondió, nos besamos tres veces, besos pulcros, con poca lengua, confinados a juegos de labios más que nada, a humectarnos mutuamente, más bien, ella me humectaba, mi boca estaba reseca por la pronta cruda, bonito juego de bocas: de arriba para abajo: su labio superior, mi labio superior, su labio inferior, mi labio inferior, pequeños mordisquitos de abuelito: sin dientes. Me despedí, con otro beso, creo que le gusto.
La seguí sin que se diera cuenta, hipnotizado por ese culo azul cielo, con calzón cachetero reflejando la luz lunar, excelente espectáculo, sus nalgas moviéndose al compás de cada paso: nalga izquierda, nalga derecha, nalga izquierda, nalga derecha ...etc. en cada paso su calzón parecía buscar refugió en el interior de esa línea que dividía los dos supremos bultos de carne angelical. Se fue por un camino poco transitado de la escuela, salimos tarde de clase, casi no había nadie, una jardinera con el farol roto, pegada a un edificio deshabitado para esas horas de la noche, no pude resistir más, me abalance con furia sobre ella, como leopardo sobre antílope, la tacleé, derrumbándola en un arbusto, caímos al pastito de la jardinera sombría y desierta, le tapé la boca con mi mano, me volteó a ver con risa, creyó que estaba jugando, pero no, eso no era puto juego, la libido me llenó de furia asesina, con la mano que no sujetaba su boca para impedir sus obligatorios gritos ante mi plan, desgarré el bello vestido azul, lo desgarré por la espalda, mi mano como una garra, cortó un poco de la deliciosa carne, sangró. Se asustó, vio que no era un puto juego, me mordió la mano que la sujetaba, la aferré a su boca pese a la sangre y el dolor, sólo me procuraba más placer, la manoseé, le agarré las tetas, las exprimí, las estiré, las moldeé, ella siempre bajo de mí, bebí la sangre que brotaba de la herida que le regalé. Mi verga estaba completamente rígida, como pinche piedra de molcajete, me la saqué. Le bajé el calzón mientras adiviné lágrimas escurriendo por la mano que tapaba su boca. Di una embestida fría, de bala, a través de ese culo, sus nalgas se separaron para dar lugar al templo de Sodoma que mi glande exploraba lenta pero rigurosamente, cual párvulo con juguete nuevo, su ano y mi verga comenzaron a humedecerse, de hecho creo que ella me humedecía a mí, como anteriormente lo hizo con los labios. Mi verga comenzó una severa exploración del intestino, gemía, no sabía si de dolor, miedo o placer. Un amor verdaderamente visceral surgió, entré completo por esa estrecha ranura, completo, ya sólo se veía mi vello púbico, comencé con el clásico in & out mientras mordía sin lastimar su oreja, tuve una idea: saqué intrépidamente mi celular y puse mi canción de cabecera, esa canción tan perfecta en ese momento, comprendí todo, sentido total, a veces la música es simplemente tan mágica, tan alineada al momento: Kurt Cobain con una voz dulce y sufrida habló por ella, solicitándome un pequeñito favor: {Rape me/Rape me, my friend} sus intentos de liberarse cedieron, ya no mordía mi mano, la babeaba y embarraba de lágrimas, mocos y gemidos. Cada vez que mi verga salía de sus intestinos se veía sangre brotar, creo que la desgarré, perdón, la pasión me violentó. Me regaló su virginidad digestiva, no, no me la regaló, se la robé, se la arrebaté como la repetitiva frase del niño y el dulce. Eyaculé dentro de ella, Kurt gritó desgarrándose su heroinómana garganta {¡Rape meeeee!} El Dave Grohl preFoo Fighters secundaba los gritos de su colega: {¡Rape meeeee!} supongo que no hay un atajo o desviación del intestino al ovario, no había necesidad de pastillas del día siguiente. La liberé, me paré y me guardé el pito, me volteó a ver asustada, llorando, se paró y se lanzó a mis brazos, lloró un poco, se desahogó, después de todo era el único conocido que estaba cerca, necesitaba un apapacho. Cuando acabó de sollozar le enjugué los restos de lágrimas del rostro, su vestido estaba destrozado, lo amarré de modo tal que fue una bonita falda Grunge, me quité mi suéter y se lo ofrecí, lo aceptó, me dio un beso muy largo y romántico, creo que nos enamoramos y eso, después del beso me miró sonriente y me dijo: “nos vemos el lunes, que tengas lindo fin de semana” y se enfiló por la vereda solitaria, moviendo ese rico culo, un poco cojeando: nalga izquierda, nalga derecha, nalga izquierda, nalga derecha.

miércoles, 25 de mayo de 2011

MI AMADA


He aquí un consejo útil chaval: “No confíes en la humanidad” Tarde o temprano todos te traicionarán. Sábete solo: como perro leproso. Familia, amigos, amores eternos; Sólo estorban, te decepcionarán más veces de las que puedas contar. Eres un perro, estás pinche solo, roído, pulguiento, apestoso y con las entrañas carcomidas en jugos gástricos y 3 tacos de suadero sin cilantro. Los amigos se vuelven innecesarios y aburridos; otras voluntades más bien débiles y tan falsas como tú, sólo que sin el talento para mentir, nauseabundos, sólo soportables en estado de embriaguez. Familia: la obligación de convivir con extranjeros asqueroso;, enciérrate en ti mismo y súbele a tu The Doors (“When The Music Is Over”, de preferencia) ¿De dónde verga vengo realmente? No les pertenezco.  Amores eternos, ¡bah!, ni siquiera vale la pena profundizar en ese tópico aburrido y deteriorado: gasto innecesario de tinta barata, lo más falso entre lo falso.  Soledad hermosa, sublime soledad, soledad de podredumbre, preciosa soledad, soledad erótica, retórica soledad. Asqueado de mí mismo, soy una calca de ti pendej@.
Pero llegó ella, el sentido de mí vida, de mí existencia. El amor verdadero sin duda, la más bella entre las bellas, entregada completamente a mí, tan inteligente, la que sabe escuchar. Estoy en tremendo estado de enamoramiento, Un amor tan puro como el cristal del auto limpiado por un crackómano de 13 años en busca de la dosis de las 16:00. Estoy dispuesto a morir por ella, no lo dudaría ni un segundo, no soportaría que me la arrebaten, no imagino mi vida sin ella, simplemente me volaría el cerebro. Sí intentas apartarla de mí, te mato pendejo, lo leíste bien ¡TE PINCHE MATO! Te arranco los putos ojos y cago diarrea en los orificios. Ella es para mí, desde el primer momento en que la vi lo supe, ese cuerpo, ¡Vaya cuerpo! Tan hermosa, tan perfecta, realmente perfecta, no miento. Ella siente lo mismo por mí, lo sé, lo noto, estamos conectados, la charla no es necesaria. Es mi alma gemela, cuándo estoy con ella, cerca de ella, cuando la veo, todo lo demás se hace superfluo y aburrido. Ella es la esencia misma de la vida, el sentido que tanto he buscado, me pierdo en sus exquisitos fluidos, la tomó por abajo, juego con mi dedo, sintiendo su humedad, tan refrescante, tan pasional, ese trasero tan bien formado, circunferencia perfecta. Piel tan lisa, mi salvadora, le debo mi vida. Y esos besos que me da, más bien que le doy, ella se sume a mis caprichos, nuestros fluidos intercambiándose, conociéndose, las bocas juntas, entrega total. Mi boca podría estar pegada a la suya por horas, días, años, segundos, toda una vida, lo juro, ¡lo juro!
Estaba en el hoyo, en mi más profundo abismo de soledad y desesperación, los días transcurrían lento, podía ver el paso de cada puñetero segundo, lento, mi alma destrozándose, los ojos inyectados de sangre y perdidos en el infinito, ojeras negro carbón envolviéndolos, mi mente surcada por muerte, muerte, aniquilación, muerte, suicidio. No había esperanza, no quería estar ahí, pérdida corrosiva del bazo, desahuciado, enfermo del pinche espíritu, mí espíritu nefrítico y gris se rehusaba a ver el sol. Sólo los bonitos e imbéciles son felices: yo estoy en el polo opuesto, desgraciada-afortunadamente: cuestión de cosmovisión. Pero llegó ella, mi superheroína, su mano tendida, la luz en lo más profundo del pozo lleno de ratas y cadáveres para nada exquisitos. Ella me dio seguridad, me dio toda la confianza en mí mismo,  la posibilidad de soportarlos a todos, solos ella y yo, en la cima del mundo. Todas esas largas y bellas noches a su lado, desvelándonos, conociéndonos a fondo, llegando a las últimas consecuencias de un mutuo psicoanálisis, confiándonos todo, ¡todo! La única para la que me vuelvo un libro abierto, ella conoce todos mis secretos, perversiones, mis miedos más enterrados, mis iras más violentas, mis más colosales anhelos y sueños, la confidente perfecta, la que sabe escuchar, la que nunca me reclama por la música y disfruta de las piezas que selecciono: siempre canta conmigo. Todas esas noches con el alba despertando por la música de nuestras confesiones, la única con la que puedo desvelarme sin la necesidad de erotizar. La amo, me llena completamente, sin ella soy solamente la mitad de un engendro del infierno, inseguro. Ella me hace aceptarme, me hace amarme, me hace amar, y sobretodo amarla.  Mi confianza hacía ella es ciega, ella nunca me va a dejar, lo sé. hasta le gusta compartirme con otras mujeres, no le importa, de hecho ella me incita a llevarme a otras a la cama, me ruega porque lo haga, supongo que le fascina ver a su hombre feliz, de todas formas ella sabe que sólo es sexo sin sentimientos, sexo frio y vacío; mi corazón le pertenece a ella eternamente, eso es lo único: la eternidad.
A veces peleamos, me pongo violento, con ganas de romperlo todo, grito, rayo las paredes con un plumón rojo: frases de Cioran, detesto a la humanidad, me pongo rabioso, me asqueó de ella, de su perfección supongo. La vomito con furia, lloro, lágrimas de desesperación y locura sobretodo. Pero ella me entiende, después de todo, a ella le gusta estar con un pinche orate, ella me escogió de entre todos. Me disculpo y nos contentamos con un largo beso refrescante, esos labios deliciosos entregándoseme, embriagantes, me bebo todos sus fluidos y me excuso riendo frenéticamente, ella siempre me perdona y me abre su ser, me ama. Esas peleas y corajes me terminaran matando, lo sé, frecuentarla con mi pasión raquítica me matará, lo sé, la doctora Palmerín me lo dijo; pero no importa estoy dispuesto a morir por ella: la más hermosa, la más buena, la más sabia, la más mística, la única que me entiende, la única digna de confianza, la consoladora eterna, la fuente de toda mi felicidad, ira y locura: mi amada botella de cerveza.     

LA BRUSCA Y EL SUAVECITO

Para Nani Nájera



Por si fuera poco, aparte de comerse mis máscaras de madera, ahora despreocupados e ingenuos también comenzaron a surcar sus caminitos por la pata de mi mesa nueva, de esa mesa que sostiene la jaula de mi cuyo. Ningún arma química hasta ahora me ha ayudado a resolver el problema, y esos malditos escarabajos siguen construyendo sus caminos por la pata de mi mesa. En las tardes cuando el sol es cálido, curiosos asoman su pequeña cabeza por esos circulares agujeritos que usan como ventanas. Por mi parte, recostado, miro cómo se asoman, espero, los asecho y una vez distraídos con una navaja les rebano la cabeza. Y mis máscaras estáticas  los observan. Y es que dichas máscaras también me observan, me cuidan de las pesadillas, por si viniera el mismísimo rey de las moscas se llevaría tremendo susto el muy putín al ver tremenda pared llena de monstruosos rostros, mientras despreocupado recuerdo a la Brusca, ¿qué pensaría de mis máscaras? probablemente diría:
 –Estás chavo.
Pero eso sí, cómo olvidar esa majestuosa tarde de viernes, pardo fuera del metro Camarones; ella tan sexy, tan increíblemente bella, en ese fulgurante auto rojo, diciéndome:
 -Qué tranza morro, te llevo o qué.
Cómo jodidos de estar sumergido en los pozos del más nauseabundo tedio aparece  de repente una hermosa mujer y me propone subir a su auto y lle-var-me. Por supuesto que pensé que me iba a secuestrar o algo peor, pero qué se supone que iba a decir ¿qué no? Obvio no, así que me trepé.
-Me dicen la Brusca.
-Hola, me dicen el suavecito- dije.
A cada alto me veía directito a los ojos, su mirada parecía la de una diosa, y bueno, digo esto porque no parecía para nada de este mundo, o por lo menos de esta dimensión, nunca había visto a un ser tan bello, claro que en la Tele aparecen modelos etc. Pero realmente esta mujer sí existía, estaba en su carro y me miraba a los ojos.
-Dónde vives- preguntó.
-En Azcapo- admití.
-Te voy a llevar a otro lado.
-Vergaaaaaa (pensé). ¿A dónde me vas a llevar?-
-A las estrellas-
-Jajajajajajaja- reí.
Me echó una mirada como de bazuca del che Guevara apuntándome y lista para disparar.
-¿No me crees?-
-Bueno, pues metafóricamente hablando… sí-
-Estás chavo, chavo-
En eso, apretando un botón que estaba en el tablero del carro hizo que surgiera una especie de consola con más botones, y el auto hecho la chingada aceleró a 200 km por hora. Pálido como momia azteca me aferré al asiento.
-Eres pequeño…- me dijo.
-Yaaaaaaa, por favoooor, frénate, andaa…- rogué.
Bajó de velocidad tan elegantemente que me enamoré.
-¿Qué me ves?- inquirió.
-Esteee… nada, nada, es que me pareces una mujer muy hermosa-
-¡Choro!-
-No en serio, me pareces una mujer mucho muy hermosa-
-¿Quieres ir a las estrellas o no?-
-Sí-
-Pues agárrate-
Y pulsando otro de los coloridos botones repentinamente la punta del carro empezó a dirigirse hacia el cielo, el sol comenzaba a meterse y en un ángulo de no sé cuantos grados pero apuntando muy hacia el rojo cielo defeño comenzó lo que por las tardes observando a esos escarabajos come madera recordaría.
-Y ahora el nitro chavo-
Apretó otro botón y el carro por la parte trasera escupió una ola de fuego que nos impulsó hacia arriba, íbamos tan rápido que el aire entraba por mis fosas nasales casi ahogándome, secándome los ojos. La ciudad se veía asquerosamente hermosa, y seguíamos avanzando, a nuestro lado empezaron a aparecer astronautas trabajando, algunos nos saludaban, pero a los gringos les devolvíamos la cortesía mostrándoles nuestro dedo de en medio, mientras las carcajadas nos dominaban, las lágrimas en vez de escurrirse por nuestros cachetotes se elevaban esféricas, perfectas hacia el estrellado universo, y mi mano tocando su pierna, soltando un calor como de brasa fogatera, mojando su mallón rosa con sudor, dejando mi mano marcada, como en una pintura rupestre, como cuando vivíamos en las cavernas. Y así siguió el recorrido, tanto y tan poquito.
-¿Y  cuándo termina el viaje?- pregunté.
-Cuando explotamos-
-¿Y cuando me despierte en dónde voy a estar?
-En mi regazo-
Nuestras pansas se hincharon tanto que parecíamos sapos, sapos queriendo reproducirse en un fecundo pantano, reventando en tripas y amor. Qué hermosos pechos, qué certeza de vida despertar sobre ese blanco tapiz de blanca piel, recubriendo un tórax de otro mundo, de un amor de otra dimensión.

lunes, 16 de mayo de 2011

LOS ACÉFALOS

Para Nani Nájera



"Stuck inside these four walls, 
Sent inside forever, 
Never seeing no one 
Nice again like you"


Paul McCartney



Siempre tan circulares las puertas y ventanas de mi hogar, el sólo hecho de dirigir mi rostro hacia arriba me colmaba en satisfacción, tantos círculos por donde la luz del sol se escurría para rebotar en las paredes, para pintar mi morada, para hacernos felices. Mi familia llevaba ya varias generaciones apropiada del lugar, era evidente que mi madre era la que más lo  disfrutaba; a pesar de que conocía bien las reglas siempre las andaba rompiendo, era ya su costumbre asomarse por alguna de las cientos de ventanas, claro que esto lo hacía cada que mi padre se distraía. Por las noches me contaba en secreto que afuera había muchos rostros, caras gigantes, coloridas, estáticas, me decía que no podíamos comprender del todo al universo, que éramos tan pequeños que nunca entenderíamos lo que hay afuera. Yo soñaba con sus historias, con esos rostros gigantes, pero no me atrevía a asomarme. Mi padre era muy estricto, siempre se hacía lo que él decía, escavábamos todo el día sin parar, con gritos nos explicaba que tal vez afuera existiera un infinito universo, pero era necesario ir al fondo, escarbar tanto hasta llegar al fondo, era la tradición querer llegar al fondo. Además ya eran muchos muertos en nuestra familia, todos decapitados por andar de chismosos, por asomarse; a mí siempre me daba asco comerme a mis parientes, pero eso también era tradición, como si el castigo fuera doble por asomarse: muerto y engullido por tu propia familia. -Todo por chismoso -señalaba mi padre mientras se comía la mano de mi tío.  Cada que había un acéfalo mi papá iba por él, arrastraba el cuerpo, lo tendía en el suelo, lo insultaba y nos ordenaba que nos lo comiéramos: –¡Vitaminas que la madera no nos da! -gritaba fúrico con los ojos brillosos, redondos como las puertas y ventanas. El olor de la madera siempre me hacía pensar en mamá, en sus historias, cada que escarbaba las astillas brincaban y una ola de exquisito olor me acariciaba el rostro, mi rostro (pensaba) bien podía estar también allá afuera, bien podría ser uno de esos que habla mamá, y seguía escarbando. Ya para entonces mi padre se había comido a su padre, que al mismo tiempo era su hermano, y teníamos que cooperar, después de todo no podíamos enterrar a nadie, sólo podíamos escarbar y reproducirnos. -¿Qué iba a pasar si llegábamos un día al fondo, qué habría en el fondo? -preguntaba mi madre; y mi padre harto le respondía –Cállate pendeja -y seguía escarbando. Mamá era para entonces también mi hermana, pero yo la quería más como madre, su olor a madera me hacía siempre pensar en los rostros, en la luz,  su silueta postrada un día en esta ventana, otro día en aquella, siempre moviendo su torso, feliz. Cuando llegó el último de nuestros días, la luz de las ventanas era un poco más cálida, recuerdo que al despertar imaginé lo bello que deberían lucir los rostros de fuera, resplandecidos, perennes. Mi madre no pudo resistir, yo estuve a punto de aventurarme también a mirar por primera vez, pero mi padre me observaba con sus redondos ojos como diciendo “te voy a comer”, así que me aguanté. El torso de mi madre cesó de moverse, su esbelto cuerpo se desplomó de la ventana. Inmutado mi padre dijo: –Por pendeja-, y procedió  a comérsela. Por mi parte decidí ir a escarbar, a oler la madera. Mientras más escarbaba, más lágrimas fluían por mi cara, pensaba en los rostros que seguramente seguían afuera observando la cabeza de mi madre, riéndose de nosotros, de nuestra ingenuidad, las lágrimas mojaban ya entero mi cuerpo. Si mi madre hubiera aguantado un poco más, sólo unas horas, podría haber visto el fondo, yo fui el que lo descubrió. Mi padre se acercó, lo miró, toda la familia estuvo mucho tiempo sin decir palabra, la verdad no esperé que el fondo fuera tan simple, consistía únicamente en una pared de piedra. Luego de un tenso rato mi padre se me acercó, mirándome con sus redondos ojos me tomó del hombro y dijo muy serio: –Tengo hambre.