viernes, 19 de julio de 2013

D

Dominado.
Demoniaco Demonio,
Dando domos donde dan.
Dedos densos; demás Damas de diseño.
Duendes dieran dinamos de Dinamarca.
Dame duplas de dátiles denigrados.
Dinero dame; Danos! Danos!
Delicada dulzura dimos.
Dentro de donde duermo dormiré.
Dorado despertar de decenas durarán donde,
Dientes descansan desesperados de desgarrar dolor.
Dime dudas;
Deséame.

“D”, de dedo!

miércoles, 17 de julio de 2013

NOCTURNIDAD




Horas nítidas de la creatividad,
Se entretejen risas de niños y lamentos de perros.
Los amores se vuelven crímenes contra la humanidad
Y las disecciones de anfibios el pan nuestro de cada día.
Levadura convertida en chubascos de esperma,
                                               son                     esporádicos,                    son
                                                muy                   recalcitrantes,                con
  la virtud de tocar    el alma    más condensada
                                                                en un       simple       pero
       perpetuo abrir y cerrar  de
         D     i      e     n    t    e   s,
        d   e        o   j   o   s,
        de sucias vinaterías. 

martes, 9 de julio de 2013

DE DÍA SUEÑO

Entre horrendas pesadillas y hallazgos de tesoros prehispánicos me llevaba mi vida de noche, mi vida en sueños. Rascaba por ahí, por cualquier lugar con tierra, y aparecían piezas prehispánicas, rostros fenecidos que me encaraban desde la tierra, esperando a ser vistos, esperando nada realmente. Los guardaba en mis bolsillos del pantalón o chamarra, piezas grandes, puntas de obsidiana. Luego, por lo general bajaban del cielo arañas del tamaño de un autobús, o explotaba un volcán o temblaba y toda la ciudad de veía abajo. Despertaba, abría el negocio, atendía a la gente, comía, cerraba el negocio y volvía a dormir. Ahora me encontraba en un pueblo mexicano, de esos con quiosco y gente arreglada para pasear el domingo. Un joven me decía que don Cosme tenía piezas para venderme; íbamos con don Cosme, un anciano fuerte, desconfiado, con bigote blanco y manos de madera pulida. Me enseñaba su colección, tlatoanis de gran penacho me observaban sentados, sus ojos de barro me susurraban “eternidaaaaad” con voz como de momia de película hollywoodense.

-Cuánto por este don Cosme.
-Mil quinientos.
-Aquí tiene.

Me despertaba la alarma, me paraba, vestía, bañaba y abría el negocio; atendía a la gente, comía, cerraba el negocio y volvía a dormir. Ahora me encontraba con Lola, mi amor de la primaria; claro que los años no eran en vano y se había puesto muy guapa, me seducía y se iba, la perseguía, mi alarma me despertaba, la apagaba y volvía a dormir para encontrar a Lola. Ya nada era igual, ahora caminaba por el centro y rascaba en una jardinera frente a una empresa de gas natural; de la tierra salían decenas de piezas de obsidiana. Mi alarma de quince minutos me despertaba otra vez.

Me paraba, no abría el negocio, tomaba el metro en dirección Taxqueña, me bajaba en las estación Bellas Artes, buscaba un poli y le preguntaba que para dónde estaba la sucursal de gas natural, me indicaba en Luis Moya. Caminaba mientras un pordiosero pedía en un negocio grande un vaso de agua, se lo negaban.

-¿Tienes sed?
-Sí.
-Espérame.

Le compraba una botella de agua y unas galletas.

-No te hubieras molestado manito.

Llegaba a la jardinera frente a la agencia de gas, me sentaba y como que haciéndome el güey empecé a rascar. Decenas de piezas de obsidiana salieron, también una flecha.

jueves, 4 de julio de 2013

UNA LECCIÓN

Íbamos de regreso de una mala fiesta aquella noche un amigo, su padre, y yo. Estaba tan entretenido conteniendo mi frustración por no estar más ebrio que apenas me di cuenta cuando la conversación comenzó a girar en torno a las motocicletas, un tema tan anodino como cualquier otro. Un inesperado silencio hizo que me diera cuenta que esperaban a que dijera algo, probablemente la respuesta a una pregunta que no escuché.
-A mi me gustaría tener una chopper, tienen más actitud que las de pista.
Tal vez nunca sepa que me preguntaron, pero la respuesta pareció válida.
-Yo tenía una cuando era más chavo- dijo el padre de mi amigo mientras conducía- Una 300 cc que me acompañó a varios viajes con mis cuates a Acapulco, Oaxaca... pero la cambié por este chavo- completó mientras le daba una palmada en el hombro a su hijo.
“¿Cambió una moto por un bebé? ¿que no es eso ilegal?” pensé. Vale, tal vez no estaba taaan sobrio, pero bien pude haberme bebido otros 5 o 6 whiskys. Mi perpleja mirada se encontró en el retrovisor con la de nuestro conductor. No sé si notó mi duda o sólo estaba encarrerado, teniendo en cuenta que él sí se bebió esos whiskys, pero igual siguió hablando:
-Es que con familia ya no es lo mismo, imagínate que me pasa algo y ¿qué iba a hacer mi señora? Luego llegó el otro- su segundo hijo, supongo- y pues menos podía correr riesgos innecesarios en la moto. Y entonces la vendí y ya después compré el coche, que es más seguro. ¡Además en la moto no los podría llevar a todos!- y remató con una risita.
Me quedé mudo. El asombro y el miedo reemplazaron rápidamente a la perplejidad, expulsando con ella los últimos rastros de borrachera que pude haber tenido. Digo, ya sabía que tener hijos pasaba a joderte toda la existencia, pero nunca había pensado que también te quitara el derecho a morir como te diera la gana. De repente un condón roto, una pastilla caduca o una mujer mañosa tomaron una nueva y aterradora dimensión que no había considerado.
Pensé en las personas que conocía y que tuvieron descendencia, sombras de las sombras de lo que alguna vez fueron: aventureros osados, promiscuos incansables, bebedores incorregibles, yonkis atascados; todos reducidos ahora a padres de familia responsables y cuidadosos, ya no de su propia existencia si no de la de sus vástagos y, en los casos más deprimentes, también de la mujer que los había parido. ¿Dónde quedaba entonces su vida, su voluntad? ¿Enterrada bajo montañas de pañales sucios, asesinada por llantos en la oscura madrugada, ahorcada en el cruel yugo de la mandilonería? ¡No sólo perdieron su vida, sino la capacidad de entregarse totalmente a una pasión capaz de consumirlos completamente, de matarlos! Como si fueran esclavos, atados a una vida gris e insípida hasta que la muerte piadosa los agarre desprevenidos, sabedora de que ya no están en condiciones de ir a buscarla, retadores y burlones como antes, dueños absolutos de sus existencia y del final de la misma.



Llegamos a nuestro destino y me despido con manos frías y húmedas de mi amigo y le doy las gracias a su padre por llevarme en su auto. No le agradezco la valiosa lección que me deja. Ya no puede entenderla.

martes, 30 de abril de 2013

LA ESTATUA.



 Me bato entre multitudes. Con los poros segregando licor. ¡Qué majadería convertir la calle Francisco I. Madero en corredor peatonal! Todas estas inútiles conglomeraciones de sábado por la tarde. Siento empatía por Antoine Roquentin. Un muro de carne pestilente, de rostros fugaces, el pecho que ahoga suplicios. Todas esas sonrisas tomando su placebo semanal, mimetizándose en su entorno. Siendo uno más de los eternos paseantes que se desentienden de sus displicentes existencias  con el restriego de sus narices en el aparador.  Los chicos que se toman fotografías con adolescentes de disfraces elaborados: la chica de Ávatar, Edward Scissorhands, un Transformer. Una banda callejera que interpreta Sunshine Of Your Love en el cruce con Gante, el bajista luce muy drogado, el baterista muy viejo.  El tipo disfrazado de estatua me roba las cavilaciones, tan estático, cubierto por completo de pintura cromática. ¿Será tóxica para la piel? Seguro le daría una moneda si es que aún conservara una. Creo que ese es el trabajo perfecto, quedarse ahí, petrificado, como aquel hermoso ser que ha perdido el rumbo. Ver circular al interminable mar humano desde una distancia segura, completamente ajeno a esa procesión que se desentiende de la miseria. Ganarse el dinero desde el anonimato de una túnica y pintura tóxica para la piel. Con la prerrogativa de no tener que interactuar con nadie, solamente soportando en ocasiones sus flashes y sus bromas previsibles que intentan desesperadamente mostrar un poco de sagacidad y terminan varadas en el gesto bofo. Yo podría dedicarme toda la vida a eso, encontrar una posición cómoda y hacerme con  la inmovilidad del heroinómano en fase terminal. Con la mente buscando la doble adjetivación de todos mis sustantivos. Y hasta en dado punto podría convertirme en una sombra a la caza de luceros. Pero no. Tengo que soportar mis modos de niño bien, de carrera terminada y cuarenta horas de cubículo, corbateado. Repugnancia de padres orgullosos y diplomas en pared. Escribir sonetos románticos para mi esposa (con contratos y sacramentos incluidos.) mientras los elogios a la muerte se pudren en el cajón de los tabús. ¡Qué inútiles me resultan todas estas personas!

lunes, 11 de marzo de 2013

EL MÉTODO PARA LA CONQUISTA DEL AMOR


Para Ricardo Soto





El Dedos había visto a Palmera en circunstancias que le hacían creer que el destino estaba dispuesto a enfrentarlos en la eterna lucha por el amor. La encontraba caminando por la calle, con sus amigas en el parque, comprando chicharrones, comprando buñuelos, en la paletería; hasta una vez la vio tocando el bajo con una banda de rock en la chelería El Puekos. La gran cantidad de encuentros casuales en los últimos dos años era si no exagerada, probabilísticamente difícil. Al principio el Dedos nada más de verla corría despavorido, como si en las pecas faciales de Palmera se concentraran todos los infiernos imaginados por la humanidad. Si algo le debo reconocer al Dedos es que siempre tuvo valor para enfrentar (de manera ridícula) sus miedos. Recuerdo cuando para superar su desasosiego por la policía se puso a platicar toda una tarde con un poli sobre la ética y la justicia en el sistema penal mexicano y, si bien, no terminó de tenerle rencor a la fuerza represora del Estado, sí consiguió disminuir su pavor a caer en el algún separo de mala muerte. Así que siguiendo su espíritu terco ante el terror, el Dedos inventó el El Método para la Conquista del Amor, es decir: lograr hablarle a la chica en cuestión y en un plazo corto poder besarla (porque eso según quería, “besarla”). Al principio sonaba bastante estúpido: el primer paso consistía en conseguir trabajo en la miscelánea Balam, la cual se hallaba frente a la escuela donde la chica tomaba clases de inglés (luego de dos meses lo consiguió); el segundo paso era localizar por medio del Feisbuc a la doncella (cosa que no consiguió) y el tercer paso incluía una rigurosa agenda de acciones que yo tenía que llevar a buen fin, pero que me revelaría más adelante, ya que el asunto se acercara a su paroxismo. Debo destacar que en el tiempo en el que estos tres pasos se llevaban a cabo, el Dedos preparó su mente hasta que la vergüenza llegara a su límite, hasta que su semblante igualara el rojo del clamato.  En las pedas sacaba a bailar a la mujer más bella, le hacía la platica a las meseras más despampanantes, iba a las exposiciones de arte contemporáneo para hacerle la plática a lo que él denominaba “la fémina burguesía”; todo esto con el objetivo no salir despavorido cada que Palmera le pidiera algo en la miscelánea, para vencer el miedo a la pena. Una vez que el Dedos comenzó a laborar en Balam tuve la oportunidad de conocer a la susodicha, era menuda, pecosa, de tez blanca con cabello negro, ojos pequeños y cafés, su expresión era la de una mujer engreída e influenciable, pero cuando le pedía unas papitas y un agua de litro y medio al Dedos, de su boca salía una voz que expresaba un carácter campechano, de una buena persona. Total que el Dedos una tarde mientras tomábamos café de máquina me dijo:

-Güey, es hora de aplicar el paso 3, le comenzarás a hacer la plática, háblale bien de mí, que soy chido, que me gusta leer y que sí bebo, pero que no soy mala copa, también dile que espero entrar a una maestría y que mi trabajo actual sólo es temporal en lo que me aceptan, además de que me encanta el Speed Metal Pop (género que la chica tocaba). Pero eso sí, para que esto no me salga al revés y se vaya a enamorar de ti, tienes que ser bien patán y vulgar; cuando le hables sácate el chicle y dale vueltas, trata de hablar ñero, de a ratos ráscate la nariz y si se puede te sacas un moco y lo avientas, tampoco exageres, tú sabes.

-Sí mi Dedos, no hay falla, tampoco voy a ofenderla ni nada, pero no mames lo del moco qué puto asco, pero va güey, nada más porque eres mi valedor perrón.

Y así sin más al día siguiente fui y le hice la plática, de tanto que me había hablado el Dedos de esos maravillosos encuentros no pude evitar sentirme nervioso, tal vez hasta rojo me puse cuando comencé el diálogo, pero en el fondo no me interesaba, era bonita pero el Dedos era entrañable, nunca lo hubiera traicionado, jamás. 

-Hola amiga, oye ¿de casualidad tocas en una banda de rock? Es que el otro día en el Puerkos estaba con un amigo y me pareció verte tocar el bajo.

Así comenzó todo, se llamaba Patricia pero todos le decían Palmera que por sus largas pestañas (cosa que no coincidía con la realidad). Me dijo que vivía en la calle de Piña y que le gustaba mucho tocar Speed Metal Pop (cosa que ya sabía), que estudiaba inglés (cosa que también ya sabía) y que apenas iba a entrar a la UNAM. Ya más relajado le platiqué un poco de mí, que me gustaban las películas de ciencia ficción y que adoraba a Bach. Luego de un rato me acordé que debía hablar ñero, pero hubiera sido un cambio muy drástico ya para tan entrada la plática; en mi mente sólo debía estar El Método para la Conquista del Amor, por lo que me valió madres e inicié la extirpación de un largo y sangrón moco; sentí cómo era jalado desde una parte dentro de mi garganta, era de un café parduzco, muy pegajoso y morrocotudo. Palmera hizo una mueca de desmedida repugnancia, el moco era más grande de lo planeado, me avergoncé y le pedí perdón, le aseguré que estaba enfermo de sinusitis, que por favor me disculpara. El plan iba mal, el moco fue mala idea, todavía lo aventé (como el plan lo exigía) y se pegó en la banqueta como una enorme línea marrón, lo amarillo girasol de la banqueta sólo acentuaba a la alargada excreción. Mal, muy mal, la cosa iba a pique, me remordía la conciencia con el Dedos, su plan de meses se estaba arruinando por un gran moco. Con osadía comencé la plática de nuevo, le dije que me sentía estúpido y me reí de manera franca, ella entendió y me preguntó si siempre que le hablaba a una mujer me sacaba un moco, con una enorme carcajada reconocí que no. Ya con toda la fosa nasal derecha libre le fui sincero, le dije que la verdad le había hablado porque un amigo mío quería conocerla, que tal vez un día podrían salir por unas cervezas. Seguí con el plan, le platiqué todo lo que El Método me permitía platicarle sobre el Dedos. 

-Si tu amigo no es un mocoso como tú lo pensaré, mi feisbuc es palmeramoxxa, agréguenme, cómo es el tuyo para saber que no estoy agregando a un extraño.

-El mío es Caguamito Eguibles.

-Jajajaja ¿cómo, por qué te llamas así? Sería mejor el Moco Asesino jajaja.

-Jajajaja, jajaja, pues verás, me gustan las caguamas y me gusta el blues.

-Oquey, te agrego a ti y a tu amigo y vemos, me tengo que ir, muac.

-No te vayas a resbalar con el moco, jajaja.

-¡Asquerooooosoooooooo! jajaja.

El plan resultó, después de todo la asquerosidad no había arruinado El Método, le platiqué a detalle todo el encuentro al Dedos, se mostró feliz, nervioso reía y hasta fuimos a buscar el moco, que por obvias y naturales razones lucía un poco más seco pero, eso sí, seguía siendo enorme, hasta le tomé una foto y la subí al Feisbuc. Esa misma noche nos agregamos, el Dedos husmeó todas sus fotos, para él era oro puro, ese material valía la pena, todos esos meses de perseverante ardor daban gordos frutos. Toda esa fantasía, aquellas grandes historias que creó soñando un cálido y divertido amor al que no le importaría darle todo, al que no le sería infiel nunca jamás y con el que se sentiría acompañado y realizado para siempre.

Pasaron 10 meses, Palmera y Dedos sobrellevaban una fornida relación basada en planes futuros alcanzables, en comidas y cenas de puesto en la calle, de pequeños pleitos de borrachera, de amor terrenal. He escuchado a la gente decir que la felicidad ajena es molesta, reconozco que me ha sucedido, pero con el Dedos era otra cosa, estaba realmente muy contento porque además de haber sido pilar fundamental de El Método, él era un gran tipo, borracho, egoísta, mimado, pero un gran amigo al que hubiera defendido de cualquier malacopa, en cualquier fiesta, en cualquier parte del monstruoso Distrito Federal. 

Recuerdo que fue una tarde de viernes, el Dedos y Palmera habían peleado, él se encabronó y se fue a beber con sus amigos de la preparatoria (yo lo conocí en la secundaria); Palmera por su parte me contó toda la historia por mensajes en el Feisbuc, lo de siempre, se habían encabronado por unos nimios celos por no sé quién, me pidió que nos viéramos un ratito, me dijo que me invitaría una paleta de limón blanca en el parque Revolución. Así lo hizo, era un poco noche, me contó toda la historia nuevamente, le dije que yo sabía que se amaban y que también sabía que regresarían y que por supuesto sabía que sería una tontería que se separaran. La luz amarilla de la farola pegaba en el rostro de Palmera, sus lágrimas eran profusas y comencé a preocuparme porque este rompimiento fuera en serio. El busto de Miguel Hidalgo lanzaba su mirada fija al horizonte, Palmera continuaba con el llanto.

-Es que no maches güey, hay cosas que son inaceptables, simplemente impensables, me siento muy culpable, pero ya no aguanto más.

-No mames que engañaste al Dedos, pinche Palmera.

-No güey, es que no sé si decirte.

-Eso qué güey, sabes que puedes confiar en mí, o sea, si engañaste al Dedos qué poca madre, pero te escucho, prometo no decir nada.

Sus ojos terminaron de ser ríos para transformarse en mollejas de pollo, rojas y sanguinolentas mollejas; me pidió que cerrara los ojos, que no la mirara por un momento, cosa que hice temiendo que me fuera a besar o algo, estaba muy confundido por toda aquella escenita. Cerré los ojos y tras 5 segundos me pidió que los abriera; no supe cómo reaccionar ante espectáculo tan inusual, simplemente me reí.

-Jajaja qué mierda te pasa Palmera, qué tienes en la cara?

No obtuve respuesta alguna, me miraba fijamente, con inaudita fuerza, con impulso visceral, incomprensible, el amarillo de la farola fulguraba muy intenso en su rostro, su pantalón se había mojado de orín, un micro lago rodeaba sus tenis, no dejaba de verme, ninguno de los dos hablaba, lentamente comenzó a menear el enorme moco que había puesto en su cachete, daba círculos amplios, enfangaba sus labios, su frente, siempre mirándome, siempre amarillo en su rostro, siempre…

-Te amo papito.

martes, 19 de febrero de 2013

DESDE EL LIMBO.



Estoy atrapado en el limbo, en un limbo interno, me arrastro por un interminable dossier de contradicciones personales, sé muy bien que me encuentro en el punto sin regreso, me preparo para unas vacaciones surrealistas, para retozar inmóvil en el más estrecho de mis pasillos sinápticos.

Soy como el feto, soy esa existencia polémica, estoy balanceándome en una cuerda floja, todos mis caprichos se han acabado. Ya no quiero vivir, he perdido cualquier posibilidad de anhelar la vida, no me importaría darme un tiro en la sien, beber cianuro, no me importaría abandonar a nadie, dejar a un lado esta farsa de cenas frías y paranoias. No soy feliz, inclusive olvidé por completo la última sonrisa que brotó sinceramente de esta reseca boca. Soy un exiliado en la soledad, soy un extranjero vagando en el perímetro de la felicidad, viendo como se me restriega en esta estúpida cara, envidiando a los niños que juegan en el parque, a las parejas compartiendo cafés y confidencias, a las aves alzándose majestuosamente en su irracionalidad. Estoy acabado, acabado, se los digo. He fracasado como ser humano, he fracasado como hijo, he fracasado como hermano, he fracasado como amigo, he fracasado como amante, he fracasado como padre, he fracasado como artista, he fracasado como ser. Soy un despojo que inútilmente intenta dar la cara a una lerda aberración, los motivos se han extinguido de mi corazón; extraño con toda la diminuta humanidad que queda en mi alma encontrar una respuesta, encontrar siquiera una pregunta, pero no. No queda más, lo siento pero realmente lo he intentado, lo he intentado con todo, pero no puedo seguir rehusando tanto absurdo, sería completamente contradictorio, inclusive hasta para mí. Sólo desearía no asfixiarme en este inmenso aislamiento, poder ver a un ser humano y desvestirme de este punzante egoísmo, dejar a un lado mi consciencia, aunque fuera por unos minutos y desentenderme de mí en esa persona, gozar del dulce cáliz de la empatía, reconstruirme en otro rostro, descubrirme en otra mente, reencontrarme en necesidades ajenas, sentir la calurosa presencia de otro ente, lanzándome al precipicio con la ignorancia y amabilidad del infante, abandonar todos los fríos y tristes conceptos que me he procurado para con los demás, volver a lo más básico, a reintegrarme sin juzgar ni cuestionar razones, a sonreír y cantar.

Pero aquí estoy, en esta interminable cloaca del día tras día, donde lo único que me limita es el miedo a la muerte, aquí es cuando las contradicciones chocan, donde la cobardía asciende envuelta en un gesto mustio, que casi intenta pasar desapercibido y camuflado en apatía. Donde aún puedo encontrar un rastro de humanidad en mí: el deplorable miedo a la muerte, esa pena milenaria con la que he sido condenado, el miedo ante la desabrida inexistencia, ante la majestuosa inexistencia, algo en mí me impide renunciar, el miedo, el miedo que se agolpa en la sangre y que vuelve los latidos sonoros tamborazos, que me baña en sudor frío, náuseas y desesperación, la imbécil espera por una misión, la cobardía, el hastío, el dolor, la cólera, las lágrimas, todos esos síntomas de que no estoy del todo acabado, esos mensajes que me mantienen en este ridículo limbo, estacionado entre la incompetencia y el error. Esta absurda existencia dónde busco la cordura en antidepresivos y alcohol, destruyendo lenta pero progresiva y firmemente a esta inmunda y fría persona en la que cada día me convierto. Yo sé que no hay marcha atrás, sé que podría haberla, pero la niego como al hijo bastardo de un amor obligado. Y en serio me asusta, sé que mi destino estará tapizado de enfermedades dolorosas, de órganos reventando, de insuficiencias, de aislamiento en hospitales apestosos, de máquinas, mangueras y tubos alimentando esta consciencia que se desentenderá de vez en cuando del dolor emocional para concentrarse en el físico. Pero no me importa, no quiero aceptar el futuro como algo real, soy un imbécil y lo sé, voy contra todo lo que yo creo que soy, el hombre racional no es más que un cobarde que no prevé le realidad, que procrastina ese inmenso sufrimiento por unos cuantos placeres efímeros, soy el eterno endeudado en el banco del infierno en vida, pero no me importa, y naturalmente no hay nada que pueda hacerme cambiar de opinión, todas esas cartas ya han sido jugadas desde antes, soy un plagio carnal malhecho de un personaje de Dostoievski, soy una farsa, soy el que condenó las sabías enseñanzas de Epicuro a padecer los ataques de todos esos idealistas mediocres. Y aquí sigo, con esta botella en la mano, con el único deseo, con la vaga esperanza de que la locura se adelante al deterioro físico y haga mi achacosa estancia un poco más tolerable.

¿Cuál es el motivo una vez que has fracasado? Soy un hombre de 33 años, todas las esperanzas fueron empeñadas, ni siquiera un mediocre intento valdría la pena, sólo caería más pronto en mi derrumbe, y realmente, la pereza y apatía me parecen la mejor forma de vida. Nunca habitaré en esa trascendencia tan soñada, pasaré desapercibido a ser una cifra más de un censo, una estadística sin alma, un número que perdió por completo su historia; tan insignificante como cualquier otro pedazo de materia, con el ego todo roído por lo mismo, por mis ilusiones desbancadas y sobretodo esa apatía que tanto me ha caracterizado, ese ver pasar trenes sin intentar abordar, ese ser inmundo, cobarde y malogrado que soy, en que me ha convertido toda esta farsa de resignaciones y silencios, soy una rata asustada, no me queda espíritu alguno para alzar la voz por mis ideales, por las creencias que después de tantos elaborados raciocinios se han convertido en mis verdades. Soy un hombre tísico, un luchador que ha tirado la toalla sin empezar el combate, estoy aterrado de las personas, las considero inferiores a mí pero sin embargo no tengo el coraje de enfrentarlas, hago lo que sea para evitar el contacto con alguien conocido, invento excusas, me cambio de acera, el hecho de pensar en saludar a un viejo conocido me revuelve el estómago y me hace tartamudear, soy un mero despojo, en verdad soy una rata asustada y sumisa, me odio, me siento tan solo, tan menospreciado, tan socavado, tan inservible para esta sociedad, tan lleno de prejuicios y falsos brotes de superioridad, pero no soy más que un mediocre, un mediocre que ha fracasado rotundamente en todo lo que ha intentado, que está destinado a vivir en su propio exilio, a ver, enjaulado, a las personas atragantándose de mentiras, de complejos, de revolcarse en su propia mierda con enormes sonrisas, mientras su hipocresía los carcome por dentro, mientras aceptan todo tipo de injusticias, mientras aceptan a esos falsos líderes que sólo buscan fines megalómanos, mientras acurrucan en su corazón al asesino, al violador consciente, mientras siguen órdenes cabizbajos, mientras son saqueados por el rico, mientras sus hijos son prostituidos, mientras su hogar es desmoronado, mientras su inteligencia es reemplazada por su comodidad, por una comodidad aparente, de saqueos y lavados cerebrales, viendo como el político, esa aberración al orden humano es vestido de traje y vendido como un legendario salvador. Y el futuro arderá, y el aislamiento será el placebo favorito, mientras nuestro sudor es subastado y las lágrimas serán la única fuente de nutrición. Pero no me opongo, sigo todas sus modas, sigo sus hipocresías, me amoldo a sus planes, trabajo en sus oficinas, consumo sus marcas, me siento miserable, atrapado en mi cobardía. Balanceándome en el sinsentido, traicionando mis causas, aislado, solo, arrepentido, incompetente, cobarde, condenado, soy un bufón.